Translate

jueves, 6 de noviembre de 2025

 

Las sombras del proceso penal: una modificación legislativa que nos lleva al lado oscuro.

 

No es legal, pero hace mucho tiempo descubrí que el

lugar donde se abusa más fácilmente de la ley es precisamente un juzgado.

 

Jim Thompson, El asesino dentro de mí.

 

El maestro Julio Maier, en su extensa obra Derecho Procesal Penal establece que “la limitación de los poderes del Estado es la nota característica del Estado de Derecho”. Y cita textualmente al jurista Goldschmidt diciendo que “el proceso penal de una Nación es el termómetro de los elementos democráticos o autoritarios de su Constitución”, dejando claro que se observa al “Derecho procesal penal como sismógrafo de la Constitución del Estado, porque con razón se afirma que él es, al menos parcialmente, Derecho Constitucional reformulado o aplicado (pp. 90 y 91).

Este paradigma constitucional se intentó desarrollar con la conquista de la Ley 76-02 que instituye el Código Procesal Penal de República Dominicana. Fue un logro que transformó la justicia penal de tradición francesa y que descansaba sobre los hombros del Código de Procedimiento Criminal del 27 de junio de 1884, en el que se conservaba una fase inquisitorial (secreta, escrita y no contradictoria) y una acusatoria (oral, pública y contradictoria). El cambio se produjo y nos trajo un sistema penal acusatorio, en el que se habla de la constitucionalización del proceso, es decir, con reglas adecuadas a la descripción de la carta magna sobre los derechos fundamentales del individuo en torno a la tutela judicial efectiva y la libertad.

Más de veinte años han transcurrido desde la puesta en marcha del Código Procesal Penal y, sin criticar las adecuaciones legales que ha tenido con el paso del tiempo, ha traído más beneficios que problemas. A las personas perseguidas por el Estado se les ha reconocido un catálogo de garantías que no soportan disminución alguna; a las víctimas se les ha dejado de ver como convidados de piedra en los procesos, salvo algunas desviaciones interpretativas en la práctica; al Estado se le ha limitado el ejercicio arbitrario de su poder persecutor, investigador y sancionador; entre otras virtudes.

Hoy, con una modificación que quizás no sea necesaria, pero sí obligatoria por el yerro legislativo de la última modificación del año 2015, donde la reforma al Código Procesal Penal no cumplió con el procedimiento constitucional legislativo de naturaleza imperativa, y que el Tribunal Constitucional exhortó por sentencia TC/0765/24, de fecha 6 de diciembre de 2024, elaborar una nueva normativa que subsane la situación de inconstitucionalidad, se hace preciso destacar que estamos ante un ya advertido movimiento de contrarreforma, de regresión de las conquistas alcanzadas.

Y no vamos a tejer un pañuelo con el que citaremos la totalidad de los cambios que hoy pretende el Congreso dominicano realizar, porque sería un ejercicio en extremo formalista. Nos enfocaremos en dos aspectos que es importante destacar en esta nueva incursión para premiar la ineficiencia y disminuir el sistema de garantías que la Constitución reconoce en sus artículos 40 (libertad), 68 y 69 (debido proceso), por citar algunos.

Nos referiremos a la restricción de la libertad de tránsito con la regularización de las alertas migratorias, convertidas ahora en impedimentos de salida opuestos a principios esenciales del proceso penal, así como la creación de definiciones que ocultan persecuciones selectivas. También trataremos la irracional invitación a la persecución penal múltiple que ofrece esta modificación en perjuicio de las personas.

La cuestión de la libertad.

Imaginemos que una persona, sin conocer de la existencia de una investigación penal en su contra, pretenda ejercer su derecho a la libertad de tránsito (Art. 40 CRD) con un viaje a otro país por temas de salud y se encuentre en pleno aeropuerto, a la entrada del avión, con una alerta migratoria disponiendo la ejecución de un impedimento de salida ordenado a sus espaldas por un juez. Es lógico que se sorprenda, se moleste y hasta encuentre abusivo ese acontecimiento; pero, lamentablemente, esta actuación, reprochada hasta por una titular de la Procuraduría General de la República hace unos años cuando inició la consigna del ministerio público independiente, ya se considerará un asunto legal con la inserción del nuevo artículo 227 del Código Procesal Penal.

El ministerio público, según lo considere, podrá requerir el impedimento de salida sin necesidad de cita previa ni audiencia contradictoria, con el bemol de que la decisión a ese respecto no se le notificará a la persona afectada, hecho que le adelanta una ventaja al discurso del persecutor al momento de solicitar luego alguna otra medida de caución personal, porque dirá que “esa persona con una restricción para salir del país trató de sustraerse del proceso, intentó fugarse”. Pero nadie escapa de lo desconocido, a menos que seas Edipo e intentes evadir tu destino sin saber cuál es.

Los requisitos de procedencia del impedimento de salida son los mismos que los previstos para las demás medidas de coerción descritas ahora en el artículo 230 de la nueva norma. Y resulta que es esta misma regla la que obliga al juez a fijar una audiencia para escuchar a las partes, con la indispensable presencia de la persona imputada para que declare en su defensa, ciñéndose a las pautas de la contradicción, inmediación y oralidad. Pero han creado una excepción que vulnera la tutela judicial y la convierte en un eufemismo para la realización de actos arbitrarios, menoscabando la presunción de inocencia y el tratamiento que debe tener una persona en los procesos penales.

Nuestra Constitución, en su artículo 69, numeral 3, reconoce la presunción de inocencia como una garantía del debido proceso y reza que toda persona tiene “el derecho a que se presuma su inocencia y a ser tratada como tal, mientras no se haya declarado su culpabilidad por sentencia irrevocable”. Y la libertad, como derecho fundamental de toda persona, se cubre con el manto de esta institución jurídica aun con la existencia de una investigación penal.

El proyecto que el Congreso pretende hacer ley da la espalda a este principio que data de la última época del Imperio romano con el brocárdico Satius esse impunitum relinqui facinus nocentis quam innocentem damnari (es preferible dejar impune al culpable de un hecho punible que perjudicar a un inocente, Digesto, De poenis, Ulpiano, 1, 5). Partiendo de la lógica del legislador, “del tranquen y mañana vemos”, un inocente, ajeno del conocimiento de una indagatoria, puede ser tratado ferozmente por el Estado.

Y aquí es donde comienza el dilema normativo, la modificación que se pretende realizar construye una nueva dialéctica en torno al poder dado al ministerio público para restringir la libertad de una persona sin ella ni siquiera enterarse de la existencia de un proceso. Es decir, no basta con que el individuo tenga a todo el aparato punitivo en contra, también hay que permitirle a quienes persiguen y acusan hacer un uso discrecional de la fuerza a espaldas del afectado.

Además, con esta incursión legislativa también pretenden expandir las figuras de la prisión preventiva y el peligro de fuga. Al parecer los requisitos que bullen en la norma vigente no son caros al sistema represivo y por ello adicionan una condición peligrosista que no goza de una definición clara ni de una adecuación al principio de presunción de inocencia: hablamos de la reiteración delictiva.

¿A qué se refieren con reiteración delictiva? Si es a la reincidencia, la fórmula está dada ya por el nuevo código penal a entrar en vigor en el año 2026, que establece en su artículo 51 que “habrá reincidencia cuando una persona condenada por sentencia irrevocable de un tribunal nacional o extranjero cometa o incurra en una nueva infracción muy grave o grave o incurra nueva vez en la misma infracción u otra de igual naturaleza”. Sin embargo, tememos que no sea esa el aserto que anden buscando, sino uno abierto, ajeno al principio de ley estricta y a contrapelo de la presunción de inocencia, que admita cualquier interpretación que el ministerio público pretenda dar a comportamientos no sancionados con sentencia firme y tomar la simple imputación como base.

Y, por si fuera poco, adicionan como una circunstancia más del peligro de fuga, la figura de la “criminalidad organizada”, no definida legalmente, pero también sujeta a la interpretación del Estado para perseguir e imponer medidas de coerción de naturaleza personal. Convierten ese género penal en una especie de tipología blindada para asegurar la imposición de una caución física en el imputado que goza de la presunción de inocencia; transforma la imputación misma en una automática condena anticipada. Si eres señalado por “criminalidad organizada”, inercialmente sufrirás el castigo procesal de la prisión sin condena.

Quiere decir que la garantía de la presunción de inocencia se convertirá en una imagen de museo para apreciar a través de la vitrina de la Constitución. Y la duda, como bastión favorecedor del imputado no será más que una figura decorativa o, como decían antes con los derechos previstos en la carta magna, se convertirá en poesía jurídica.

El derrotero que lleva esta modificación o nueva ley está dentro del criterio in dubio contra reum, como una aspiración autoritaria, de derecho penal totalitario, en el que los jueces, parafraseando al maestro Ferrajoli en su Derecho y razón (pp. 115 y 116), “se atendrá[n] al principio in dubio pro republica, que en el estado totalitario toma el lugar del antiguo in dubio pro reo. […] Allí donde la ley sea oscura, o incluso calle, será fuente del derecho penal 'la voluntad del jefe', que es la ley de toda ley; el jefe, bien entendido, de un gobierno totalitario, que no habla a través de los parlamentos y sus leyes, sino que se expresa dirigiéndose directamente, al pueblo, de cuyo sentimiento y de cuyos ideales es el único intérprete”. Todo esto anula las conquistas de la otrora reforma, donde la presunción de inocencia era el blasón contra el autoritarismo.

La cuestión de la persecución penal múltiple.

                El derecho al recurso está consagrado en el artículo 69, numeral 9, de la Constitución dominicana y establece que “toda sentencia puede ser recurrida de conformidad con la ley…”. Así las cosas, el Código Procesal Penal vigente regula la actividad recursiva como derecho fundamental conforme a su contenido esencial y a la razonabilidad.

                La reforma que hoy se discute promueve el mantenimiento del recurso como actividad crítica a las decisiones jurisdiccionales. Pero su problema no subyace ahí, sino en aspectos formales que van a disminuir las garantías de los individuos perseguidos.

                Empezaremos por lo más fácil, la eliminación de la figura de la doble exposición que aún está en el artículo 423 del Código Procesal Penal. Esta garantía existe para evitar el exceso de persecución en contra de una persona que ha sido absuelta en dos ocasiones, restringiendo la actividad de impugnación cuando, luego de la celebración de un nuevo juicio, la persona resulte otra vez declarada no culpable. Entonces, al excluir esta institución con el nuevo código trabajado en el Congreso, la doble persecución ya no estaría en veda, sino que aun siendo descargado el imputado en primera instancia, con una sentencia en sede de apelación que también descargue, faculta a la parte acusadora a poder impugnar la segunda absolución.

                Hagamos esto más digerible. En la actualidad, la norma aún vigente niega a los acusadores la posibilidad de recurrir cuando hay dos sentencias absolutorias (primer y segundo juicios). Pero con la modificación no existirá esta limitación porque se eliminó, al menos superficialmente, la figura del nuevo juicio.

Sin embargo, el segundo juicio en contra de un imputado absuelto seguirá existiendo, pero se recreará en la Corte de Apelación, donde pudiera ser confirmada la absolución u ordenada una condena. Y, haciendo un paréntesis, es necesario tomar en cuenta que, en torno a la audiencia de apelación de sentencia, descrita en el nuevo artículo 438, son otorgados poderes discrecionales muy amplios a los jueces para poder lograr una producción probatoria que respete la inmediación como principio esencialísimo para la sustanciación de un juicio. Y no es que pongamos en duda la capacidad de los jueces, pero abrir una brecha de esa naturaleza, es invitarlos, como humanos que son, al error.

Pero digamos que, en el mejor de los escenarios, luego del ejercicio del recurso de apelación –con efecto devolutivo de por medio– y por el que se practicó la totalidad de la prueba, resulta confirmada la sentencia absolutoria, ¿qué dispone la nueva ley? Faculta al acusador al ejercicio del recurso de casación, saltándose la garantía del ne bis in idem (única persecución), de categoría constitucional (artículo 69, numeral 5, CRD); es decir, a pesar de que el imputado, luego de pasar por el tamiz del juicio en dos ocasiones y en dos ocasiones considerado no culpable (primer grado y en apelación con efecto devolutivo), tendrá que, cual Sísifo, subir y subir una roca hasta la cima de una montaña, para luego de haber recorrido tan cruel camino, verla rodar otra vez hasta su falda, como salido de la filosofía del absurdo, con la que Camus nos recuerda en su ensayo El mito de Sísifo que “no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza”, a lo que podríamos dedicar largos tiempos de pensamiento para entender que el double jeopardy es una persecución múltiple que debe estar prohibida por la “necesidad de poner fin en algún momento a la discusión” (Maier, T. II, p.108).

Ese escenario, de consentir al acusador recurrir en casación, permitiría, in abstracto, en caso de éxito, la posibilidad de que se celebre una vez más el recurso de apelación para buscar condena contra un inocente declarado no culpable dos veces; pero también con esta nueva ley, en casación existe la posibilidad de revertir una doble absolución con una sentencia directa de la Suprema Corte de Justicia, de acuerdo lo contempla el nuevo artículo 444. Es decir, a los acusadores se les ofrecen, mínimo, cinco oportunidades para enjuiciar a una persona: 1) primer juicio, 2) juicio en la Corte de Apelación por efecto devolutivo del recurso, 3) en la Suprema Corte de Justicia (casación que hace comprobaciones de hecho), 4) nueva valoración de recurso de apelación en Corte por mandato de la Suprema Corte de Justicia y 5) nueva oportunidad para el acusador recurrir en casación.

Estaríamos ante un aparato punitivo totalmente desbordado en el ejercicio de la persecución. En otras latitudes se marcan límites, como, por ejemplo, en Estados Unidos de Norteamérica. Allí, desde 1957, con el caso Green v. U. S., partiendo de la Quinta Enmienda, se enfatizó lo siguiente sobre la prohibición de la múltiple persecución: “…es uno de los principios elementales de nuestro Derecho penal que el Estado no puede obtener un nuevo juicio por medio de una apelación aun cuando la absolución pueda aparecer como errónea”. Esa decisión de Estado tuvo una simiente clara en la decisión emitida por la Corte Suprema de los Estados Unidos en el 1896 al respecto del caso United States v. Ball, cuando estableció: “Si el acusado es absuelto, la cláusula sobre doble proceso prohíbe en términos absolutos que se le vuelva a juzgar por ese delito, aunque la absolución haya sido consecuencia de un error”[1].

En nuestro país, de una forma más sutil o conservadora, con la institución de la doble exposición en la legislación vigente, contamos con una limitación a la múltiple persecución, hecho que razonablemente confina el ejercicio del recurso en aras de preservar la garantía de la única persecución. Pero ya no más, ahora el Estado podrá perseguir sin señales de ALTO a los individuos que sean señalados penalmente; y lo que quizás resulte un alivio de trabajo para los actores del sistema, terminará siendo una multiplicación de los quehaceres cotidianos en los que eternamente el individuo tendrá que defenderse.

 

Bibliografía consultada:

-        CAMUS, Albert. El mito de Sísifo. Barcelona: Debolsillo, 2021.

-      FERRAJOLI, Luigi. Derecho y razón. Teoría del garantismo penal, 10ª ed., Madrid: Editorial Trotta, 2011.

-      MAIER, Julio B. J. Derecho procesal penal. Tomos I y II, 2ª ed., Buenos Aires: Editores del Puerto, 2004.

-       WITT, Elder. La Suprema Corte de Justicia y los derechos individuales, México: Ediciones Gernika, 1995.

 



[1] WITT, Elder. La Suprema Corte de Justicia y los derechos individuales, México: Ediciones Gernika, 1995, p. 285.

miércoles, 9 de abril de 2025

Música y silencios

Música y silencios.


La aguda nota de su canto

selló el sonido, marcó el silencio,

abrió una brecha hacia el cielo

con un relámpago que calla voces, almas.


Una, dos, tres, diez, veintisiete, decenas, cientos de vidas,

coincidentes todas en aquella trampa musical,

volaron a otro plano, donde el ruido no llega,

donde dejamos de ser forma para ser memoria u olvido...


A nosotros, los vivos, quienes a deber quedamos

sólo nos resta llorar, recordar y reír,

agradecer el aire, los sueños, los despertares,

la paradójica tragedia del dolor que nos recuerda la vida,

tan frágil, tan corta, pero tan bella.

Agradecer por nuestros hijos, por nuestra comunión familiar, 

por el legado de nuestros ancestros, por todos los problemas.


Estamos aquí, sin esos espíritus quedos,

sin la algarabía de sus latidos,

en este indiferente orbe a las tragedias animales,

tratando de entender el azar  o a esa ensoñación llamada destino


Tañen las campanas el camino hacia lo eterno

por esas almas que nos dejan,

entre escombro y sufrimiento,

adelantando su partida hacia tierras más tranquilas

recordando poco a poco

que este baile por la vida

es prestado y siempre termina.


9 de abril de 2025.

martes, 19 de septiembre de 2023

 

RAYITOS DE SOL

 

 Rayitos de sol escapan

díscolos, traviesos, sin hacer daño,

del frondoso árbol, quedo y huraño,

buscando tierra para descansar.

 

Unos cuantos,

enredados entre hojas,

reposan aquí y allá.

Otros, en pleno movimiento de pétalos,

retozan, tocándose, siendo muchos, a veces uno.

 

Rayitos que iluminan y capturan sombras

en ramas balancean su etérea faz

plenos, ahítos y nerviosos,

basculan en los quietos troncos,

sin descanso ni pesar,

rumbo al suelo…

 

Juntos son uno que acalora y ya nomás

pero en sus juegos, con saltos y escondites,

pululan como muchos

y más divertidos son.

 

Su recreo en la fronda no quema

y, tal vez, curiosos e indiscretos,

visiten una gruta en el ramaje

tropezando con alguna hormiguita,

inquieta, desprevenida y algo frágil…

 

Por otro lado,

corre, raudo, tembloroso,

hacia el desprevenido lomo de un ave,

el rayito, perdido en los brotes,

la monta y escapa en ella hacia otra lejanía, extraviado.

 

Buscando descanso,

algunos se esconden bajo oscuras hojas,

marrones, crujientes, a punto de caer,

y, tras ese asomo, las confunden

entre rojos, verdes y amarillos,

las cambian, las llenan de vida…

 

Ya en la cresta,

en inapelable mediodía,

todos duermen, son uno

y, al filtro de las hojas,

caen como gotas, como lluvia,

marcando puntos definidos

que se desfiguran sólo cuando hay viento.


Rayitos se inclinan, luego del reposo,

mirando al lugar donde nacieron

escapan, lentos, algo furiosos y distraídos,

como resabio, queman, fatigan,

marcharse no quieren.

 

Pesarosos, unidos ya,

incapaces son de retozar en la enramada,

no juegan,

no bailan,

no cabalgan en aves,

no irrumpen el sueño de los insectos,

sólo quedos, como el árbol.

 

En silencio,

como apagando el cielo,

marchan a otros horizontes,

juntos, tibios, melancólicos y algo nostálgicos,

su tiempo ha pasado,

ahora es lento, afligido.

 

Ignífugos, dejan al que, por un largo rato,

fue su mundo, su aislado universo, su lúdica morada.

Ya no son voraces

es más, ni siquiera se ven en el firmamento

y dejan que sus hermanos de otros hemisferios agiten todo.

 

Esos rayitos volverán mañana,

agitarán sus cuerpos sin forma

sobre el señorío de aquella flora y sus vecinos.

Volverán a quemar y seguirán siendo felices.

miércoles, 17 de mayo de 2023

 

La dialéctica entre artes plásticas y literatura.

    Sin ser pretenciosos, observamos que la narrativa dominicana es una obra inacabada y aún no conoce techo. Una muestra de ello es la variopinta antología “50 escritores dominicanos de hoy”, presentada por Ediciones 4 ojos, bajo el cuidado de René Peguero Rodríguez. En esta selección, sin desmerecer las excelsas figuras de la literatura dominicana, se presenta un catálogo de escritores que, en su intento por mostrar el estado actual de lo que en República Dominicana se escribe, hacen gala de distintos estilos narrativos, entre relato y cuento, que pudieran ser juzgados como excelentes, buenos o malos, según los gustos, pero nunca como indiferentes.

    Llena de colores, contrastes y figuras, el arte de su portada ­­­­­la del libro­­es un ejemplo de la fluida comunicación que hay y debe haber entre las distintas manifestaciones artísticas. Marcos Anziani, pintor que asumió el compromiso de poner ante nuestros ojos la orilla que nos lleva a los mares de la antología con su obra “Se fue”, es una muestra elemental de que la interacción entre pintura y literatura sigue siendo ineludible, a pesar de la proliferación de lo digital.

    Para Ediciones 4 ojos, desde su nacimiento, ha sido santo y seña mostrar una estética, un concepto general y unitario que no sólo promueva la obra literaria sino la pictórica o visual, mostrando en cada publicación, como la reseñada, artistas de distintas geografías, de diferentes estilos y que su obra tenga un diálogo, una conversación capaz de reflejar lo de adentro en lo de afuera. Tales son los casos de la novela “La semana” y el misterio que nos atrapa al igual que la portada que la artista Nathalie Ramírez adornó; así como del discreto, pero poético libro, “Curro y yo”, en cuya imagen aristocrática de portada el artista Nervin Pepén nos hace un avance visual de lo que hallaremos en cada hoja; sin complejo alguno, está el caso de “La libélula”, breve novela, pero intensa historia, en cuya portada, la talentosa Estefanía Acosta Dumé nos da una verdadera muestra de los problemas que afrontará la heroína del libro; y, en un caso muy curioso, se nos presenta en la obra “Memorias de un anfibio”, la imagen de un artista de los Balcanes, el croata Neno Mikulić, quien, gracias a la cercanía de un clic, acompaña la empresa literaria dominicana con su expresión visual titulada “Fishman”, evocando al personaje que narra y vive la historia. Estas novelas, firmadas por René Peguero Rodríguez, forman parte, entre otras, del acervo universal de esa casa editorial, que ha tenido el privilegio de presentar una publicación de la obra “Amoricidio”, del escritor Rey Andújar.

    Dicen que no se debe leer un libro por su portada, pero en el caso de Ediciones 4 ojos, créanme, es necesario hacerlo. Cada composición artística situada en portada es más que una ventana, es una gran puerta, un puente que comunica esta pálida realidad con la fantasía que los autores se han comprometido a imaginar para que suspendamos la incredulidad y soñemos junto a ellos, como ha sido el caso de “50 escritores dominicanos de hoy”.

miércoles, 12 de abril de 2023

 

Pandémico

(soneto)

Por Nassir Rodríguez Almánzar

 

En una provincia china empezaste

de raudo andar llegaste al orbe entero

sin forma de impedir tu derrotero

en esta mundial ruta que trazaste.

 

Por todos los países avanzaste:

De bolsillos vacíos y dinero

visitando a los ancianos primero

y con muerte incluso nos abrazaste.

 

En mal la cercanía se convirtió

naciendo un nuevo amor en la distancia

cura que a la realidad pervirtió.

 

Sí, nos arrebataste la sustancia

pero no es un mal que todo lo invirtió

al final te venció la circunstancia.

 

 

8 de junio de 2020,

Santo Domingo, Distrito Nacional.

lunes, 5 de marzo de 2018


Vida.

Lluvia de alegrías
Noches silenciosas
Luna ensordecida
Callada, quieta y serena
Sueño dulce sin soñar
Árboles quedos y hojas muertas
Raíces empeñadas en buscar la oscuridad
En el agua primitiva que esconde secretos
Y oculta vida y la multiplica y la ve ceder.

Lluvia de alegrías
Sol ruidoso
En el murmullo de las aves y animales más pequeños
Al calor del movimiento transpirable
Jadeos, llantos y miradas inquietas
Pasos, saltos, vuelos
Sobre la tierra poblada de huellas del ayer
Del pasado explorado y a la vez sinuoso
Que a pesar de su recuerdo
Siembra dudas sin respuestas.

Lluvia de alegrías
Por la noche, que fue primera,
Por el día, que fracturó la calma,
Silencio y alboroto.

Vida… y siempre vida
No se termina, sólo cambia
Paradójicamente inalterada no acaba
Sino que migra de lugar
Y oculta el ayer
Y lo hace misterioso
Y lo vuelve interesante, complejo
Y lo dota de leyenda
Y de ciencias no exploradas.

Vida que no termina y nos hace imaginar
Vida que crea;
Que destruye;
Que colisiona;
Que se pierde;
Y que se halla.

Vida obsoleta y anacrónica
Cansada, agotada, pero presente, siempre presente
Y capaz de reinventarse y ascender
Cuando se la cree inexistente
Está en el ruido y en la calma
En la luz y oscuridad
Alegría interminable que se define a sí misma.

En todo… estás.







jueves, 28 de julio de 2016


La Libélula: Una tragedia bien contada.

El trabajo de René Peguero Rodríguez llegó a mi vida por accidente. Visitaba yo un día una de nuestras librerías y tropecé con la portada de un libro en la que aparece un hombre enmascarado como el Blue Demon mejicano, sentado frente a una máquina de escribir y rodeado de imágenes iconográficas de Jack Veneno, el campeón de la Bolita del Mundo. Ese libro era su segunda novela, Memorias de un Anfibio. Desde ese momento quedé atrapado en su literatura, en su manera de figurar el mundo a través de la ficción.

René Peguero Rodríguez es un escritor con ansias de expresarse y con una fertilidad para la creación que no muchos poseen. Sin embargo, no nos podemos llamar a confusión, a él le cuesta escribir, y cada línea, cada palabra, es la consecuencia de muchas horas de trabajo, de mucho pulir, de mucho analizar personajes, ambientes, tramas, matices, enfoques y un largo etcétera, hasta brindarnos una joya limpia, de prosa fluida y atrevida, que nos hace creer que la fantasía es parte de la realidad.

La Libélula, novela objeto de estas palabras, no es la excepción a su obra como escritor. Es una historia llena de colores, de pasiones y frustraciones, que resume muy exitosamente la intención de los personajes, sobre todo el de su protagonista y narradora. La Libélula, a través de un racconto en el que de manera inteligente nos va llevando a un desenlace quizás insospechado pero bien justificado, nos relata una tragedia en la que el personaje principal parece tan real que creemos que es una hija, una hermana o una prima de nuestra familia.

La prosa de La Libélula es desenfrenada, tanto como el personaje/narrador que, en su equisciencia, si se puede decir, cuenta las desgracias que viven los inmigrantes en la ciudad de Nueva York, muy especialmente los dominicanos de toda clase social. En ella observamos gente de todo tipo venida a menos, con sueños y esperanzas frustrados, con la ilusión de encontrar un porvenir en la Babel de Hierro, como muy acertadamente la llama el escritor que, de manera magistral, nos expone las vivencias de los migrantes en la década de los ochenta del siglo pasado, con un paseo que nos lleva a los años noventa y la idiosincrasia de aquella generación trashumante, hasta culminar en el inicio del milenio que vivimos. Basta con leer su primer párrafo para quedar prendados de ella:

Qué no te podría yo contar de esta ciudad de Nueva York, yo que he vivido en sótanos oscuros y sombríos. En complejos de apartamentos plagados de ratas, cucarachas y drogadictos. De afroamericanos, latinos y blanquitos que perdieron su dignidad mendigando los cupones de ayuda del gobierno a cambio de tener una nevera llena de  comida. Qué no te podría yo contar de esta foquin ciudad, con sus grandes parques repletos de ilusiones congeladas, avenidas llenas de almas entumecidas, y una red de trenes, moviendo día y noche, miles y miles de sueños que no llegarán a ningún lugar. Dime, qué no te podría yo contar de la llamada ciudad de las oportunidades, donde el que no tiene uñas, no se rasca. Bienvenido a la Babel de Hierro, lugar donde se desvanece el sueño Americano.

A pesar de la brevedad física de La Libélula, no podemos llamarnos a engaño, es un trabajo de profundad cualitativa. Es una novela colosal que, muy parecida a grandes obras latinoamericanas contemporáneas, como el quehacer de César Aira en El santo o en Cómo me hice monja, mutatis mutandis (cambiando lo que se debe cambiar) nos cuenta las cosas tristes de la manera más divertida posible; nos regala una historia con matices mágicos y espirituales en los que sólo creemos los ingenuos de este mundo, pero que en la trama juegan un papel imprescindible para alcanzar el cenit de lo narrado, cual Pedro Páramo de Juan Rulfo, si de algún clásico pudiéramos echar mano. Que el número de páginas no nos confunda, a través de ellas se lee todo lo necesario en una historia realista, supersticiosa e hilarante que nos exige reflexionar sobre las cosas buenas que tenemos y pretendemos sustituir por algo que promete ser mejor, sobre las glorias alcanzadas y rechazadas por el famoso “sueño americano”; sobre el abandono del confort, del prestigio, de los bienes materiales y hasta de la familia, a cambio de una vida de autómata en tierras extranjeras, donde nadie se preocupa por el prójimo y donde la conservación de la identidad es un privilegio que cuesta bastante, incluso, hasta la cordura.

Las palabras que utiliza René Peguero Rodríguez son, sin pretensiones de pontificar, las adecuadas. Ninguna de ellas está de más. Parece que hubiera construido un reflejo exacto de nuestra realidad, logrando ser la voz literaria de aquellos quienes se marcharon para “progresar” y, en cambio, empataron o perdieron, formando, tal como lo narra la carismática Libélula, “una ciudad llena de autómatas que hace tiempo perdieron el rumbo, y aún no lo saben”.

Esta novela, en un soliloquio admirable y desparpajado, con expresiones y palabras propias de quien combina el idioma español con el inglés sin complejos (sin llegar a ser un “foquin” espanglish), nos hace ver la tragedia a través de los ojos de un personaje que, en medio de tanta infelicidad y desgracia, pudo hallar momentos de paz, de amor, de sexo, de amigos, de brujería y hasta de encuentros con seres de otro mundo, para transportarnos a la nostalgia y terminar, en la última página del libro, con una sonrisa pintada en los labios.

La Libélula, a pesar de ser la historia de una tragedia, es una gran noticia para la literatura dominicana. Es la confirmación de un escritor que vino para quedarse. René Peguero Rodríguez no es una promesa, es una realidad.

martes, 24 de noviembre de 2015



Hoy… quizás mañana
(Prosa in/con/versa nacida de Brecht).

A quien duda

Dices que nos va mal. La oscuridad
crece. Las fuerzas flaquean.
Después de trabajar tantos años
nos encontramos ahora en una situación
más difícil que cuando
comenzamos.

El enemigo es ahora
aún más fuerte que nunca.
Parece que ha crecido su fuerza. Ha cobrado
una apariencia de invencibilidad.
Mientras que nosotros hemos cometido errores,
es inútil negarlo.
Cada vez somos menos. Nuestras
consignas son confusas. Una parte
de nuestras palabras
ha sido tergiversada por el enemigo hasta convertirla en
irreconocible.

¿Qué es erróneo, falso, de todo aquello que hemos dicho?
¿Una parte o todo?
¿Con quién contamos todavía?
¿Somos supervivientes, arrastrados
por la corriente? Quedaremos rezagados, sin
comprender ya a nadie, incomprendidos por todos.

¿O podemos contar con la buena fortuna?

Esto preguntas. No esperes
otra respuesta que no sea la tuya.

Bertolt Brecht (1898-1956).-


Hoy, quizás, estamos pasando por momentos complicados. Momentos que nos llenan de furia, de desesperación, de miedos, de dudas. Pero no hay tiempo para escapar, la vida continúa, respira en cada movimiento, en cada descanso, en cada éxito y fracaso, y no podemos hacernos a un lado. Nuestro deber es seguir hasta que el silencio de la muerte nos robe el aliento. El mañana es nuestro destino, la clave e inspiración de lo que debemos hacer ahora, confiando en nosotros mismos, en nuestra conciencia, en la bondad que hay en nuestros atribulados corazones; el mañana es ahora, mientras sufrimos y gozamos, mientras batallamos por alcanzar cada meta propuesta, mientras dialogamos con el eco de las palabras que se deshacen en el aire; el mañana es ahora, cuando luchamos en la incertidumbre, cuando sentimos que los brazos no resisten más peso que el de los músculos cansados; el mañana es ahora, en el momento en que buscas la comida de tus hijos, en el momento en que justificas con sudor lo que has ganado y mereces, el momento en que las cosas se vuelven personales, en que los problemas de uno se convierten en el problema de todos, como si los espejos confundieran las luces de la realidad; el mañana es ahora, cuando podemos hacer algo, cuando tenemos el destino en las manos, cuando tenemos las grises nubes sobre nosotros y podemos predecir la lluvia que preñará la tierra. Hoy, quizás, el mañana es nuestro.

Por Nassir Rodríguez Almánzar.

martes, 30 de junio de 2015

Pedro Henríquez Ureña, a 131 años de su nacimiento.
Por: Nassir Rodríguez Almánzar
(Publicado originalmente en el periódico El País Domininicano -elpaisdominicano.do- el día 29/6/2015)

En este breve espacio no intento hacer una biografía de quien podría decirse –hasta sin el “podría”– que es el mayor humanista que ha parido el suelo dominicano. Poco se habla de él en estos momentos de prisa, de caos y de miseria, siendo necesario recordarlo una vez más, cuando se cumplen 131 años de su natalicio. Pedro Henríquez Ureña, aún con el irremediable paso del tiempo, sigue ahí, fijo en la memoria, deambulando con sus gestos y breves palabras de maestro, el pensamiento intelectual y moral de nuestra nación, a pesar de que no contamos, hace ya mucho tiempo, con su presencia física.

Su primer aliento lo tuvo el 29 de junio del año 1884, en el seno mismo de la Zona Colonial. Hijo de la poetisa nacional, Salomé Ureña de Henríquez, quien no necesita carta de presentación,  y del prominente intelectual y político Francisco Henríquez y Carvajal. Desde muy pequeño, por la influencia de sus padres, demostró su talento por la literatura, componiendo, en nombre de su ilustre madre, hermosos versos de amor filial; representando, junto a su hermano Max, obras del bardo William Shakespeare.

El maestro Andrés L. Mateo, en su ensayo Pedro Henríquez Ureña. Errancia y creación, pone de manifiesto que nuestro mayor humanista fue un niño precoz y curioso, capaz de entender el secreto de la vida, mucho antes de vivirla. Y su proceso de formación cultural e intelectual fue sistemático, gracias a la colaboración conjunta de sus progenitores.

Tuvo contacto directo con Eugenio María de Hostos, El Ciudadano  de América, debido a la relación de amistad que guardaba con su familia y de él nutrió bastante su curiosidad las veces que pudo. Habiendo terminado sus estudios secundarios, Pedro, en busca del perfeccionamiento del idioma inglés, se trasladó a la ciudad de Nueva York, quedando completamente impactado por aquella urbe que de todo tenía, cambiando en él, y para siempre, la imagen dibujada en su mente por el prejuicio “arielista” contra el utilitarismo anglosajón. El contacto con el teatro, la música y las artes plásticas lo maravillaron y reforzaron su andar por la literatura.

Vivió en Cuba, México, Estados Unidos y Argentina, formando parte, en cada uno de esos países, de los grupos intelectuales de avanzada. En Cuba, por ejemplo, con apenas 21 años, publicó su primera obra, titulada Ensayos críticos. Ya en México, donde se hizo abogado en 1914 tuvo una vida intelectual más prolongada, siendo allí, incluso, precursor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional (hoy Universidad Nacional Autónoma de México), haciendo un paréntesis en Estados Unidos de América con la realización de sus estudios de maestría y doctorado en Artes y Literatura, respectivamente, en la universidad de Minnesota. En Argentina, a pesar de no tener cátedra universitaria, fue reconocido por los mejores y más encumbrados intelectuales, como el maestro que es –más allá de la muerte misma–, formando parte del grupo intelectual Sur, siendo su colaboración en la revista del mismo nombre un elemento importante para la conformación del mundo de las letras argentinas en los años 1930 y 1940, influyendo en un tal Jorge Luis Borges, en edad de plena producción fantástica.

El aporte bibliográfico de Pedro Henríquez Ureña no fue poco. En su esencia, era dirigido con intenciones didácticas, con mucho rigor científico y enfocado en las letras, la filosofía y el arte, siempre que estuviera el ser humano vinculado a ello. No hay glosador o biógrafo que pueda decir lo contrario, sino reafirmarlo. Nuestro humanista fue un pensador que se interesaba “en todo lo humano por más humilde que fuese” (José G. Gerrero: Pedro Henríquez Ureña: Crítica, teoría y método).

Y sus enseñanzas, “como todos los maestros genuinos”, dicho por Borges, allá en el año 1959, se basaban en un “método indirecto”, ya que “bastaba su presencia para la discriminación y el rigor”. Quizás, el mismo creador del Aleph, fue quien en una ocasión incurrió “en la ligereza de preguntarle si no le desagradaban las fábulas y él respondió con sencillez: No soy enemigo de los géneros”; siendo aquella respuesta una pequeña muestra de ese “manera abreviada” de educar.

El hijo se Salomé ocupó la posición de Superintendente de Educación en República Dominicana, en los inicios de la dictadura de Trujillo, comenzando sus funciones de manera oficial el 1º de enero del 1932, entre precariedades y decepciones por el estado de cosas que, con su capacidad perceptiva, notaba se avecinaba. De todas maneras, “a pesar de todo su malestar espiritual”, trabajó en la modernización del sistema educativo dominicano, introduciendo “los métodos positivistas de enseñanza de la ciencia”. No obstante haber hecho todo el esfuerzo para que las cosas acá fueran mejores, se sentía maniatado por el crecimiento de un régimen autoritario y, envuelto en “un silencio que lo acompañó el resto de su vida”, abandonó el país en junio de 1933 (L. Mateo, Andrés: 2001).

Su conocimiento y enseñanzas hicieron tanto eco que, incluso, en la universidad de Harvard dictó conferencias, las cuales fueron tituladas Plenitud de España, siendo él “la primera persona de habla no inglesa en ocupar la cátedra Charles Eliot Norton en esa universidad”, tal como lo advierte José G. Guerrero, citando a Enrique Krauze en El crítico errante.

Pedro Henríquez Ureña fue un superdotado con todas las condiciones para tener éxito y supo aprovechar sus posibilidades sin siquiera esperar a que alguien se las sirviera en bandeja de plata. Consagró su vida a los demás, a pesar de ser menospreciado en ciertas ocasiones. Un hombre totalmente abnegado, dispuesto siempre a decir: “Yo sólo sé de amores que hacen sufrir, y digo como el patriota: Mi tierra no es para mí triunfo, sino agonía y deber”.

Espiró su último aliento en 1946, iba en tren y el mismo nunca llegó a su destino. La eternidad era su última morada.

martes, 19 de mayo de 2015

Y él viejo y yo joven.

El hijo que no tuve ya es más viejo que yo. Su pelo es blanco y almidonado, nada oscuro en él se ve. Surca su rostro la selva que nunca cubrió mi cara, es un hombre maduro y realizado. Todos lo reconocen como alguien a quien seguir. Quizás me hubiera gustado ser como él, seguir sus pasos sin saber que es hoy lo que nunca imaginé que sería. Lleva mi nombre y lo llaman como a mí, pero no es a mí a quien llaman sino a él y sus victorias, sus logros, sus trofeos. Yo, en cambio, nada puedo decir a mi favor, al fin y al cabo, nadie me escuchará, mi voz querrá salir, pero no hará eco donde no entra el aire, así que chocará en seis paredes, unas más grandes que otras, y seguiré en ese mundo del olvido, tal vez del recuerdo de los que aún guardan alguna gota de amor por mí, que al ser derramada me lleva más al exilio de la infinita ausencia. Ahí está él, mientras tanto, cosechando los éxitos que no coseché, lo veo anciano, en una digna pose que nunca logré; habla con paciencia, con esa cordura que se adquiere con los años, con esa paz que otorgan las arrugas. Y yo, rendido, tomo nota de lo que soy, de lo que él es y de lo que a través de sus actos, con él viejo y con mi yo joven, acontece. Siempre seré el muchacho que admirará la obra de su hijo ya mayor, de ese que fue niño y adolescente y hombre adulto y que hoy es una bella extensión del árbol de la vida, que mientras cae toda marrón y arrugada y raramente inmarcesible, ya alimenta el presente y el futuro.

viernes, 1 de mayo de 2015

No hay visa sin pasaporte.

“Porque siempre hay ocasión para contar mejor y varias veces una sola historia”.

Palabras de un aprendiz hacia un “anfibio” que no coge corte.

Quién iba a imaginar que aquellos hombres pidiendo clemencia, suplicando por sus vidas, eran los que al inicio de ese día entraban como reyes. Yo, con la poca existencia que llevaba en este mundo, nunca había visto unos individuos tan extraños. Su llegada a mi humilde y polvoriento pueblo fue una gran sorpresa, pero mayor fue la impresión que tuve cuando el ambiente se tornó en algo más que una feria de violencia que no logré entender sino muchos años después, porque en aquel entonces vivía en ese pequeño universo en el que los niños apenas aprecian el amor básico de sus padres, la comida, las golosinas y la tranquilidad ofrecida por las canicas, los trompos y los calizos remendados con pinchos.

Eran tres, y uno de ellos, a pesar de verse y presentarse como subordinado del más buen mozo, parecía ser el líder. Su nombre, tal como se presentó ante la mirada escéptica de todos, era Yen. Él se destacaba por el olor nauseabundo que desprendía su ropa, que se sentía como si la hubiera sumergido en una cubeta llena de perfume detallado. Era un moreno que rayaba en lo morado, con una dentadura perlada que iluminaba todo a su alrededor; intimidaba a primera vista, pero tenía esa aura extraña que a los ojos de un niño provoca una admiración inexplicable. Hasta aquel día nunca hube visto una persona tan extravagante y comparona.

Los otros dos no pasaban de ser figuras decorativas, al menos es lo que a mí me pareció. Uno era un mulato alto, con uniforme de militar, de silencio sepulcral y de mirada bovina, de esas que no dicen nada. Mientras que el otro, era un rubio de ojos azules, hablaba sin hablar, gesticulaba, sonreía, asentía con la cabeza todo lo que Yen decía.

Mi pueblo era una tierra sin muchas riquezas materiales, sólo contaba con la bondad de su gente, la belleza de sus mujeres y la esperanza de sus hijos. Allí cualquier cosa sorprendía, pero ese día no sé que los llevó a reaccionar de aquella manera, daba la sensación de que la presencia de esos individuos y sus ofrecimientos de visa para viajar al país del Norte no fueran una novedad. Sólo bastó una chispa para que iniciara el acto de locura colectiva; y fue la propuesta de entrega de visa a cambio de los pasaportes y el pago de la “módica” suma de cien dólares por persona lo que desencadenó la ira. Ahí, luego de cinco segundos casi interminables, tronó la primera “galleta”… ¡plaf!... justo en la sien de aquel hombre de apariencia robusta; y la andanada de golpes sobre los tres no se hizo esperar. Yo simplemente veía desde lejos, no fuera a ser que se me contagiara la rabia, o peor, que me tatuaran un golpe en el pequeño rostro, porque el diablo es puerco y mueve el rabito.

No valían los ruegos ni los llantos. Incluso, los acompañantes de Yen, que antes no habían pronunciado una sola palabra, estaban recitando junto a él una letanía que se derretía con cada azote contra el suelo. Pero lo que me pareció más raro no era el clamor de los visitantes, sino la exaltación de la gente siempre mansa de mi pueblo. Pude ver, con cierta angustia, como mis padres, mis abuelos y hasta mis hermanos mayores se transformaban en bestias. No creía nada de lo que atestiguaban mis ojos, no podía comprender que de unas sencillas palabras se llegara a tales actos de salvajismo.

Yen y sus dos amigos derramaban lágrimas de sangre, con cada esfuerzo por respirar se agotaba su vida, no era necesario ser médico para darse cuenta de ello. Sin embargo, con la indiferencia de los niños ante los problemas, poco a poco, me fui desinteresando de aquel espectáculo y preocupándome más por lanzar el trompo y ponerlo a bailar en la palma de mi mano.

Mientras tanto, tres individuos, ahogados en su propia risa, iban montados en un carro que se desplazaba a toda máquina. Y en el preciso instante en que el conductor observaba por el espejo retrovisor, alcanzó a ver como una multitud enardecida arrojaba dentro de una pira improvisada tres cadáveres ensangrentados muy parecidos a él y a sus acompañantes. Yo, que en juegos y cosas de niño ya estaba, logré ver el vehículo, pero no diferenciaba si entraba o salía del pueblo.

lunes, 27 de abril de 2015

Sin pasaporte no hay visa.

Yen era un tipo de piel negra, de manos ásperas, más feo que pegarle a un padre, pero siempre andaba perfumado, y quien no podía verlo lo imaginaba como a un dios griego. Josué era alto, tan espigado como las plantas de trigo, su cabello crespo siempre estaba mojado, el keli era su marca de fábrica. Y Ricardo era un individuo rubio, con los ojos tan azules como el cielo de mediodía, con una sonrisa de vaquero estilo western, parecía un gringo cualquiera.

Los tres, en los no tan lejanos años ochenta del siglo XX, se dedicaron a la ardua tarea de recorrer toda la geografía nacional. Su misión era ir poblado por poblado a ofrecer visa estadounidense a todo el parroquiano que quisiera cumplir el sueño americano. Sus víctimas… perdón… sus clientes, sólo tenían que cumplir con el requisito del pasaporte y el módico pago de cien dólares o su equivalente en pesos para los impuestos, y voila: visa otorgada.

Cada uno tenía su rol, dependiendo de las habilidades que la naturaleza les había proveído, no fuera a ser que en una de esas metieran la pata, porque el diablo es puerco y mueve el rabito. Ricardo interpretaba el personaje de cónsul norteamericano, su apariencia daba para ello y la pronunciación de su inglés no era para nada despreciable, un digno representante de los Estados Unidos de Norteamérica. Josué, no por ser el más joven ni el más tonto e ignorante, representaba al personaje del militar; lo hacía porque el tamaño y la caradura que tenía permitía que pasara como un miembro más de las Fuerzas Armadas; no tenía que hablar, sólo debía observar con cuidado todo cuanto ocurría en torno al “cónsul”, ya que los agentes diplomáticos y consulares son intocables. La posición de Yen era la más delicada, pues a éste le correspondía hacer de intérprete, gestor, intermediario y “facilitador” entre el “cónsul” y las víctimas… perdón… los clientes; él, con su dominio preciso del inglés, cual cirujano con bisturí, se comunicaba locuazmente con el representante consular, impresionaba a la gente, la convencía, al parecer su perfume embriagador hipnotizaba a todo el mundo, de verdad que era un hombre con talento.

Para visitar todas las comunidades rurales donde engañaron… perdón… ayudaron a muchas personas, se servían de un Lincoln Continental negro del año 1979. Era un vehículo majestuoso, con techo corredizo y asientos de cuero, a cualquiera se le iban los ojos con esa máquina que parecía traída del futuro. Recorrieron parajes, caminos vecinales de fácil acceso, municipios y zonas cercanas a la frontera con nuestro país vecino.

Uno de los tantos lugares para realizar su estafa… perdón… su servicio, fue La Otra Banda, un pequeño distrito municipal de la provincia La Altagracia, ubicado al noreste del municipio cabecera Salvaleón de Higüey. Para aquel entonces, la población de aquella comunidad no sobrepasaba los mil habitantes, todos se conocían. Allí, como en casi todos los rincones del país, la gente tenía ansias de ser dominicanyork, pero no se sabe si por la cercanía a la isla del encanto o por la situación económica, sus aspiraciones eran mucho más marcadas. La gente sudaba deseo, angustia, desesperación por ser parte de la urbe gringa; machacaban el inglés como ellos entendían, los wan tu trompin, los pintinglis y los ayam jir no se guardaban entre los dientes y la boca. De verdad creían ser maestros de aquella lengua. Pero todo cambió el día en que aquel Apolo, vestido de cónsul llegó por allá junto a su Hermes y su titán.

Fue en una tarde soleada de abril cuando al ritmo de la canción No te monte en esa yola del merenguero Wilfrido Vargas, que sonaba en una bocina del ventorrillo más grande del pueblo, que llegaron Yen, Josué y Ricardo. Todos se impresionaron al ver entrar ese portentoso vehículo negro conducido por un militar grandísimo, usando un uniforme con más rayas que la del Coronel Trauman en Rambo, que tenía a su derecha, en el asiento del copiloto, a un señor oscuro con gafas negras parecidas a las de Ray Charles; y la emoción de la gente no fue menor cuando, luego de estacionado el carro, vieron salir al hombre de pelo dorado, escoltado por el mismo guardia que condujo el carro hasta allí, la verdad es que parecía un sol, todo giraba en torno a él.

Mr. consul, we have arrived to our destiny –dijo Yen con un inglés perfecto–, the people of this place need your help.

It`s true, it`s true. You are very perceptive. –Respondió ávidamente Ricardo, mientras Josué hacía uso del silencio más solemne que podía existir, incluso mayor que el de los guardias del Palacio de Buckingham de Londres.

Pero ninguna de esas palabras en inglés caló tanto como la palabra cónsul. Desque que ese sustantivo flotó por el sonido lo demás sobraba. Las personas de aquel tranquilo lugar sólo entendían de viaje. Su mayor anhelo era salir del país. Ellos asumían el hecho de tener visa como una profesión más y como el mayor de los sueños de un niño… Se escuchaban expresiones como estas: “¡Oh, Yurubeisi tiene novio! ¿Y qué hace ese muchacho?”, y la respuesta era contundente, “¡ese muchacho tiene visa americana!”… En efecto, los aparecidos tenían conciencia de esa debilidad del pueblo y fueron a aprovecharla.

Una multitud rodeó a los tres visitantes. Le preguntaban al guardia porque creían que este era más accesible, pero al verlo siempre callado se dieron cuenta que la persona adecuada era Yen, quien demostraba esa complicidad que sólo los hombres conectados pueden tener, por lo que inmediatamente cambiaron de intermediario. Era cierto, a ojos visto le traducía al cónsul todo lo que la gente quería comunicar y cada vez que él le hablaba la sonrisa de aquel rubio se explayaba de oreja a oreja.

De inmediato surgieron las inquietudes de viaje, de visa, oportunidades para poder viajar a los Estados Unidos. Muchos de los curiosos estaban dispuestos hasta a jurar por la bandera de barras y estrellas, renegando de la tricolor; ofrecían los mejores quesos y dulces que su región producía, a lo que no se negaba Yen, que depués de recibir un yes como respuesta por parte del cónsul, le ordenaba al militar depositar en la cajuela del carro todo lo recolectado.

Los habitantes de ese pequeño pueblo ya sentían que tenían un pie en “los países”, y Yen, parecido más a un tiburón que a un humano, olfateó la sangre y tras una breve charla con el cónsul –en inglés, claro–, les dijo que había posibilidades de que pudieran ellos recibir el visado. Tan sólo debían entregar sus pasaportes y la suma de los cien dólares o su equivalente en peso, tal como fue planeado en un inicio. La gente se volvió loca, parecía una escena de película en la que todos corren a buscar algo. En cuestión de minutos reaparecieron con la documentación y el dinero –sorprendentemente en dólares–, como si hubiesen estado preparados toda su vida para una oportunidad como la que se les presentó.

Al ver aquel espectáculo, Yen, Ricardo y Josué, no hicieron más que observarse con el rabillo del ojo y pensaron al unísono: “ya guisamos”. Frente a los estafados… perdón… los clientes, hubo manifestaciones solemnes de que el cónsul iba a agilizar todas esas visas para dentro de una semana y que al término de la misma estaban todos, ni uno más ni uno menos, recibiendo sus pasaportes con el sello de libertad. Ya no quedaba mucho por hablar, el cónsul pronunció un discurso de esperanza y unión entre los pueblos de Estados Unidos y República Dominicana, que iba traduciendo su hombre de confianza ante la actitud siempre recta del militar que cuidaba la integridad física del digno representante del Norte. La gente los despidió con un estruendoso aplauso; bailaban, cantaban, oraban al cielo las plegarias más hermosas, ni siquiera los cánticos del David bíblico los superaban. Y en lo que eso ocurría, el Lincoln Continental del 1979 iba a toda máquina con aquellos tres, que con mucho queso y dulce para comer, eran diez mil dólares más ricos.

A Yen y a los demás se les daba mejor la estrategia que la administración, no tardaron ni una semana en gastar toda esa plata, lo que los obligó a realizar la hazaña en otra pequeña comunidad, que al igual que La Otra Banda, después de varias décadas, aún sigue esperando la aparición de los dichosos pasaportes, pero esa ya es otra historia.

miércoles, 22 de abril de 2015

Un cummings cualquiera.


“…porque la vida no es un párrafo

Y la muerte no es un paréntesis”

e. e. cummings

Recuerdo vagamente un escritor estadounidense, nacido en las postrimerías del siglo XIX de nuestra era. En la literatura todo se le daba bien, sobre todo en la poesía. Hablo de e. e. cummings (Edward Estlin Cummings); y aunque pareciera que he escrito mal las siglas de su nombre y apellido, no es así, porque resulta que esto se deriva de la forma tan peculiar en la que él escribía.

Poseía una sintaxis única en sus escritos. Cualquier signo de puntuación podía significar cualquier cambio en el texto. Una coma podía ser fácilmente un punto, o ella misma podía atravesarse en una sola palabra. En el año 1926 escribió en un poema, recogido en la antología El uno y el innumerable quien, unos versos que reflejan –y no creo que por simple casualidad– su espíritu indómito:

ya que sentir está primero
quien alguna atención preste
a la sintaxis de las cosas
no te besará nunca por completo

De manera desparpajada, escribía como sentía, como pensaba, como le daba la gana. Creaba y creía en lo que creaba. Muchos hicieron algo parecido: Gabriel García Márquez, tan grande como fue, sigue siendo y –espero– será siempre, lo hizo en su novela El otoño del patriarca, cuando en descomunales párrafos y escasos puntos, relataba la historia del paradigma del dictador latinoamericano; me parece que Marcel Proust lo hizo antes que cummings, cuando se negaba al uso de los puntos y se sentía seducido por la coma, pero nunca como éste, que interrumpía una palabra con cualquier signo, inventaba sustantivos… alteraba hasta el tiempo.

Y cuál será el motivo de estas cortas líneas que inician con un homenaje a e. e. cummings. Quizás sea una tontería, pero tengo un amigo que se destaca por ser muy lacónico, siempre va al punto en las cosas que debe decir o hacer. Es peculiar y sencillamente me llevó al poeta.

Si viaja no lleva cámaras fotográficas. Dice que en un pestañeo capta para siempre las imágenes en su memoria. En una ocasión fue a Tailandia, y en Bangkok, su capital, visitó el fabuloso Wat Arun, un templo ubicado a orillas del río Chao Praya; disfrutó de la comida rica y condimentada del mercado público, sobre todo del som tam, con su combinación entre el dulce de la lechosa, el salado de la salsa de pescado y el picante del chile con ajo y tomate; soñó despierto con la belleza de sus mujeres, mientras paseaba por los canales de esa “Venecia del Oriente”. Pero lo más notable de esa travesía es que no hizo una sola foto.

Él toma alcohol, pero nunca más de lo debido, no vaya a ser que una borrachera le robe las ideas. Cuando ríe, controla que esa risa no le haga bombear más sangre que la que su frugal corazón permite. Cuando hace algún acto de humor, procura que no sea ligero, ni mucho menos negro… lo prefiere gris. Cuando escribe hasta las mayúsculas se ahorra, eso es cuestión de tiempo.

Sabe que la vida es un acto de rebeldía, que en un suspiro se va, y todo se lleva cuando acaba. La disfruta a su manera, con estilo propio, igual que e. e. cummings, su arte y sus signos.