Pedro
Henríquez Ureña, a 131 años de su nacimiento.
Por: Nassir Rodríguez Almánzar
(Publicado originalmente en el periódico El País Domininicano -elpaisdominicano.do- el día 29/6/2015)
En este breve espacio no intento hacer una biografía de quien podría
decirse –hasta sin el “podría”– que es el mayor humanista que ha parido el
suelo dominicano. Poco se habla de él en estos momentos de prisa, de caos y de
miseria, siendo necesario recordarlo una vez más, cuando se cumplen 131 años de
su natalicio. Pedro Henríquez Ureña, aún con el irremediable paso del tiempo,
sigue ahí, fijo en la memoria, deambulando con sus gestos y breves palabras de
maestro, el pensamiento intelectual y moral de nuestra nación, a pesar de que
no contamos, hace ya mucho tiempo, con su presencia física.
Su primer aliento lo tuvo el 29 de junio del año 1884, en el seno mismo de
la Zona Colonial. Hijo de la poetisa nacional, Salomé Ureña de Henríquez, quien
no necesita carta de presentación, y del
prominente intelectual y político Francisco Henríquez y Carvajal. Desde muy
pequeño, por la influencia de sus padres, demostró su talento por la
literatura, componiendo, en nombre de su ilustre madre, hermosos versos de amor
filial; representando, junto a su hermano Max, obras del bardo William
Shakespeare.
El maestro Andrés L. Mateo, en su ensayo Pedro Henríquez Ureña. Errancia y creación, pone de manifiesto que
nuestro mayor humanista fue un niño precoz y curioso, capaz de entender el
secreto de la vida, mucho antes de vivirla. Y su proceso de formación cultural
e intelectual fue sistemático, gracias a la colaboración conjunta de sus
progenitores.
Tuvo contacto directo con Eugenio María de Hostos, El Ciudadano de América,
debido a la relación de amistad que guardaba con su familia y de él nutrió
bastante su curiosidad las veces que pudo. Habiendo terminado sus estudios
secundarios, Pedro, en busca del perfeccionamiento del idioma inglés, se
trasladó a la ciudad de Nueva York, quedando completamente impactado por aquella
urbe que de todo tenía, cambiando en él, y para siempre, la imagen dibujada en
su mente por el prejuicio “arielista” contra el utilitarismo anglosajón. El
contacto con el teatro, la música y las artes plásticas lo maravillaron y
reforzaron su andar por la literatura.
Vivió en Cuba, México, Estados Unidos y Argentina, formando parte, en cada
uno de esos países, de los grupos intelectuales de avanzada. En Cuba, por
ejemplo, con apenas 21 años, publicó su primera obra, titulada Ensayos críticos. Ya en México, donde se
hizo abogado en 1914 tuvo una vida intelectual más prolongada, siendo allí,
incluso, precursor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad
Nacional (hoy Universidad Nacional Autónoma de México), haciendo un paréntesis
en Estados Unidos de América con la realización de sus estudios de maestría y
doctorado en Artes y Literatura, respectivamente, en la universidad de
Minnesota. En Argentina, a pesar de no tener cátedra universitaria, fue
reconocido por los mejores y más encumbrados intelectuales, como el maestro que
es –más allá de la muerte misma–, formando parte del grupo intelectual Sur, siendo su colaboración en la
revista del mismo nombre un elemento importante para la conformación del mundo
de las letras argentinas en los años 1930 y 1940, influyendo en un tal Jorge
Luis Borges, en edad de plena producción fantástica.
El aporte bibliográfico de Pedro Henríquez Ureña no fue poco. En su
esencia, era dirigido con intenciones didácticas, con mucho rigor científico y
enfocado en las letras, la filosofía y el arte, siempre que estuviera el ser
humano vinculado a ello. No hay glosador o biógrafo que pueda decir lo
contrario, sino reafirmarlo. Nuestro humanista fue un pensador que se
interesaba “en todo lo humano por más humilde que fuese” (José G. Gerrero:
Pedro Henríquez Ureña: Crítica, teoría y método).
Y sus enseñanzas, “como todos los maestros genuinos”, dicho por Borges,
allá en el año 1959, se basaban en un “método indirecto”, ya que “bastaba su
presencia para la discriminación y el rigor”. Quizás, el mismo creador del Aleph, fue quien en una ocasión incurrió
“en la ligereza de preguntarle si no le desagradaban las fábulas y él respondió
con sencillez: No soy enemigo de los
géneros”; siendo aquella respuesta una pequeña muestra de ese “manera
abreviada” de educar.
El hijo se Salomé ocupó la posición de Superintendente de Educación en
República Dominicana, en los inicios de la dictadura de Trujillo, comenzando
sus funciones de manera oficial el 1º de enero del 1932, entre precariedades y
decepciones por el estado de cosas que, con su capacidad perceptiva, notaba se
avecinaba. De todas maneras, “a pesar de todo su malestar espiritual”, trabajó
en la modernización del sistema educativo dominicano, introduciendo “los
métodos positivistas de enseñanza de la ciencia”. No obstante haber hecho todo
el esfuerzo para que las cosas acá fueran mejores, se sentía maniatado por el
crecimiento de un régimen autoritario y, envuelto en “un silencio que lo
acompañó el resto de su vida”, abandonó el país en junio de 1933 (L. Mateo,
Andrés: 2001).
Su conocimiento y enseñanzas hicieron tanto eco que, incluso, en la universidad
de Harvard dictó conferencias, las cuales fueron tituladas Plenitud de España, siendo él “la primera persona de habla no
inglesa en ocupar la cátedra Charles Eliot Norton en esa universidad”, tal como
lo advierte José G. Guerrero, citando a Enrique Krauze en El crítico errante.
Pedro Henríquez Ureña fue un superdotado con todas las condiciones para
tener éxito y supo aprovechar sus posibilidades sin siquiera esperar a que
alguien se las sirviera en bandeja de plata. Consagró su vida a los demás, a pesar
de ser menospreciado en ciertas ocasiones. Un hombre totalmente abnegado,
dispuesto siempre a decir: “Yo
sólo sé de amores que hacen sufrir, y digo como el patriota: Mi tierra no
es para mí triunfo, sino agonía y deber”.
Espiró su último aliento en 1946, iba en tren y el mismo nunca llegó a
su destino. La eternidad era su última morada.
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