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martes, 30 de junio de 2015

Pedro Henríquez Ureña, a 131 años de su nacimiento.
Por: Nassir Rodríguez Almánzar
(Publicado originalmente en el periódico El País Domininicano -elpaisdominicano.do- el día 29/6/2015)

En este breve espacio no intento hacer una biografía de quien podría decirse –hasta sin el “podría”– que es el mayor humanista que ha parido el suelo dominicano. Poco se habla de él en estos momentos de prisa, de caos y de miseria, siendo necesario recordarlo una vez más, cuando se cumplen 131 años de su natalicio. Pedro Henríquez Ureña, aún con el irremediable paso del tiempo, sigue ahí, fijo en la memoria, deambulando con sus gestos y breves palabras de maestro, el pensamiento intelectual y moral de nuestra nación, a pesar de que no contamos, hace ya mucho tiempo, con su presencia física.

Su primer aliento lo tuvo el 29 de junio del año 1884, en el seno mismo de la Zona Colonial. Hijo de la poetisa nacional, Salomé Ureña de Henríquez, quien no necesita carta de presentación,  y del prominente intelectual y político Francisco Henríquez y Carvajal. Desde muy pequeño, por la influencia de sus padres, demostró su talento por la literatura, componiendo, en nombre de su ilustre madre, hermosos versos de amor filial; representando, junto a su hermano Max, obras del bardo William Shakespeare.

El maestro Andrés L. Mateo, en su ensayo Pedro Henríquez Ureña. Errancia y creación, pone de manifiesto que nuestro mayor humanista fue un niño precoz y curioso, capaz de entender el secreto de la vida, mucho antes de vivirla. Y su proceso de formación cultural e intelectual fue sistemático, gracias a la colaboración conjunta de sus progenitores.

Tuvo contacto directo con Eugenio María de Hostos, El Ciudadano  de América, debido a la relación de amistad que guardaba con su familia y de él nutrió bastante su curiosidad las veces que pudo. Habiendo terminado sus estudios secundarios, Pedro, en busca del perfeccionamiento del idioma inglés, se trasladó a la ciudad de Nueva York, quedando completamente impactado por aquella urbe que de todo tenía, cambiando en él, y para siempre, la imagen dibujada en su mente por el prejuicio “arielista” contra el utilitarismo anglosajón. El contacto con el teatro, la música y las artes plásticas lo maravillaron y reforzaron su andar por la literatura.

Vivió en Cuba, México, Estados Unidos y Argentina, formando parte, en cada uno de esos países, de los grupos intelectuales de avanzada. En Cuba, por ejemplo, con apenas 21 años, publicó su primera obra, titulada Ensayos críticos. Ya en México, donde se hizo abogado en 1914 tuvo una vida intelectual más prolongada, siendo allí, incluso, precursor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional (hoy Universidad Nacional Autónoma de México), haciendo un paréntesis en Estados Unidos de América con la realización de sus estudios de maestría y doctorado en Artes y Literatura, respectivamente, en la universidad de Minnesota. En Argentina, a pesar de no tener cátedra universitaria, fue reconocido por los mejores y más encumbrados intelectuales, como el maestro que es –más allá de la muerte misma–, formando parte del grupo intelectual Sur, siendo su colaboración en la revista del mismo nombre un elemento importante para la conformación del mundo de las letras argentinas en los años 1930 y 1940, influyendo en un tal Jorge Luis Borges, en edad de plena producción fantástica.

El aporte bibliográfico de Pedro Henríquez Ureña no fue poco. En su esencia, era dirigido con intenciones didácticas, con mucho rigor científico y enfocado en las letras, la filosofía y el arte, siempre que estuviera el ser humano vinculado a ello. No hay glosador o biógrafo que pueda decir lo contrario, sino reafirmarlo. Nuestro humanista fue un pensador que se interesaba “en todo lo humano por más humilde que fuese” (José G. Gerrero: Pedro Henríquez Ureña: Crítica, teoría y método).

Y sus enseñanzas, “como todos los maestros genuinos”, dicho por Borges, allá en el año 1959, se basaban en un “método indirecto”, ya que “bastaba su presencia para la discriminación y el rigor”. Quizás, el mismo creador del Aleph, fue quien en una ocasión incurrió “en la ligereza de preguntarle si no le desagradaban las fábulas y él respondió con sencillez: No soy enemigo de los géneros”; siendo aquella respuesta una pequeña muestra de ese “manera abreviada” de educar.

El hijo se Salomé ocupó la posición de Superintendente de Educación en República Dominicana, en los inicios de la dictadura de Trujillo, comenzando sus funciones de manera oficial el 1º de enero del 1932, entre precariedades y decepciones por el estado de cosas que, con su capacidad perceptiva, notaba se avecinaba. De todas maneras, “a pesar de todo su malestar espiritual”, trabajó en la modernización del sistema educativo dominicano, introduciendo “los métodos positivistas de enseñanza de la ciencia”. No obstante haber hecho todo el esfuerzo para que las cosas acá fueran mejores, se sentía maniatado por el crecimiento de un régimen autoritario y, envuelto en “un silencio que lo acompañó el resto de su vida”, abandonó el país en junio de 1933 (L. Mateo, Andrés: 2001).

Su conocimiento y enseñanzas hicieron tanto eco que, incluso, en la universidad de Harvard dictó conferencias, las cuales fueron tituladas Plenitud de España, siendo él “la primera persona de habla no inglesa en ocupar la cátedra Charles Eliot Norton en esa universidad”, tal como lo advierte José G. Guerrero, citando a Enrique Krauze en El crítico errante.

Pedro Henríquez Ureña fue un superdotado con todas las condiciones para tener éxito y supo aprovechar sus posibilidades sin siquiera esperar a que alguien se las sirviera en bandeja de plata. Consagró su vida a los demás, a pesar de ser menospreciado en ciertas ocasiones. Un hombre totalmente abnegado, dispuesto siempre a decir: “Yo sólo sé de amores que hacen sufrir, y digo como el patriota: Mi tierra no es para mí triunfo, sino agonía y deber”.

Espiró su último aliento en 1946, iba en tren y el mismo nunca llegó a su destino. La eternidad era su última morada.

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