Un cummings cualquiera.
“…porque la vida no es un
párrafo
Y la muerte no es un
paréntesis”
e. e. cummings
Recuerdo vagamente un escritor estadounidense, nacido en las postrimerías
del siglo XIX de nuestra era. En la literatura todo se le daba bien, sobre todo
en la poesía. Hablo de e. e. cummings
(Edward Estlin Cummings); y aunque pareciera que he escrito mal las siglas de
su nombre y apellido, no es así, porque resulta que esto se deriva de la forma
tan peculiar en la que él escribía.
Poseía una sintaxis única en sus escritos. Cualquier signo de puntuación
podía significar cualquier cambio en el texto. Una coma podía ser fácilmente un
punto, o ella misma podía atravesarse en una sola palabra. En el año 1926
escribió en un poema, recogido en la antología El uno y el innumerable quien, unos versos que reflejan –y no creo
que por simple casualidad– su espíritu indómito:
ya que sentir está primero
quien alguna atención preste
a la sintaxis de las cosas
no te besará nunca por
completo
De manera desparpajada, escribía como sentía, como pensaba, como le daba la
gana. Creaba y creía en lo que creaba. Muchos hicieron algo parecido: Gabriel
García Márquez, tan grande como fue, sigue siendo y –espero– será siempre, lo
hizo en su novela El otoño del patriarca,
cuando en descomunales párrafos y escasos puntos, relataba la historia del paradigma
del dictador latinoamericano; me parece que Marcel Proust lo hizo antes que cummings, cuando se negaba al uso de los
puntos y se sentía seducido por la coma, pero nunca como éste, que interrumpía
una palabra con cualquier signo, inventaba sustantivos… alteraba hasta el
tiempo.
Y cuál será el motivo de estas cortas líneas que inician con un homenaje a e. e. cummings. Quizás sea una tontería,
pero tengo un amigo que se destaca por ser muy lacónico, siempre va al punto en
las cosas que debe decir o hacer. Es peculiar y sencillamente me llevó al
poeta.
Si viaja no lleva cámaras fotográficas. Dice que en un pestañeo capta para
siempre las imágenes en su memoria. En una ocasión fue a Tailandia, y en Bangkok,
su capital, visitó el fabuloso Wat Arun,
un templo ubicado a orillas del río Chao
Praya; disfrutó de la comida rica y condimentada del mercado público, sobre
todo del som tam, con su combinación
entre el dulce de la lechosa, el salado de la salsa de pescado y el picante del
chile con ajo y tomate; soñó despierto con la belleza de sus mujeres, mientras
paseaba por los canales de esa “Venecia del Oriente”. Pero lo más notable de
esa travesía es que no hizo una sola foto.
Él toma alcohol, pero nunca más de lo debido, no vaya a ser que una
borrachera le robe las ideas. Cuando ríe, controla que esa risa no le haga
bombear más sangre que la que su frugal corazón permite. Cuando hace algún acto
de humor, procura que no sea ligero, ni mucho menos negro… lo prefiere gris. Cuando
escribe hasta las mayúsculas se ahorra, eso es cuestión de tiempo.
Sabe que la vida es un acto de rebeldía, que en un suspiro se va, y todo se
lleva cuando acaba. La disfruta a su manera, con estilo propio, igual que e. e. cummings, su arte y sus signos.
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