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miércoles, 22 de abril de 2015

Un cummings cualquiera.


“…porque la vida no es un párrafo

Y la muerte no es un paréntesis”

e. e. cummings

Recuerdo vagamente un escritor estadounidense, nacido en las postrimerías del siglo XIX de nuestra era. En la literatura todo se le daba bien, sobre todo en la poesía. Hablo de e. e. cummings (Edward Estlin Cummings); y aunque pareciera que he escrito mal las siglas de su nombre y apellido, no es así, porque resulta que esto se deriva de la forma tan peculiar en la que él escribía.

Poseía una sintaxis única en sus escritos. Cualquier signo de puntuación podía significar cualquier cambio en el texto. Una coma podía ser fácilmente un punto, o ella misma podía atravesarse en una sola palabra. En el año 1926 escribió en un poema, recogido en la antología El uno y el innumerable quien, unos versos que reflejan –y no creo que por simple casualidad– su espíritu indómito:

ya que sentir está primero
quien alguna atención preste
a la sintaxis de las cosas
no te besará nunca por completo

De manera desparpajada, escribía como sentía, como pensaba, como le daba la gana. Creaba y creía en lo que creaba. Muchos hicieron algo parecido: Gabriel García Márquez, tan grande como fue, sigue siendo y –espero– será siempre, lo hizo en su novela El otoño del patriarca, cuando en descomunales párrafos y escasos puntos, relataba la historia del paradigma del dictador latinoamericano; me parece que Marcel Proust lo hizo antes que cummings, cuando se negaba al uso de los puntos y se sentía seducido por la coma, pero nunca como éste, que interrumpía una palabra con cualquier signo, inventaba sustantivos… alteraba hasta el tiempo.

Y cuál será el motivo de estas cortas líneas que inician con un homenaje a e. e. cummings. Quizás sea una tontería, pero tengo un amigo que se destaca por ser muy lacónico, siempre va al punto en las cosas que debe decir o hacer. Es peculiar y sencillamente me llevó al poeta.

Si viaja no lleva cámaras fotográficas. Dice que en un pestañeo capta para siempre las imágenes en su memoria. En una ocasión fue a Tailandia, y en Bangkok, su capital, visitó el fabuloso Wat Arun, un templo ubicado a orillas del río Chao Praya; disfrutó de la comida rica y condimentada del mercado público, sobre todo del som tam, con su combinación entre el dulce de la lechosa, el salado de la salsa de pescado y el picante del chile con ajo y tomate; soñó despierto con la belleza de sus mujeres, mientras paseaba por los canales de esa “Venecia del Oriente”. Pero lo más notable de esa travesía es que no hizo una sola foto.

Él toma alcohol, pero nunca más de lo debido, no vaya a ser que una borrachera le robe las ideas. Cuando ríe, controla que esa risa no le haga bombear más sangre que la que su frugal corazón permite. Cuando hace algún acto de humor, procura que no sea ligero, ni mucho menos negro… lo prefiere gris. Cuando escribe hasta las mayúsculas se ahorra, eso es cuestión de tiempo.

Sabe que la vida es un acto de rebeldía, que en un suspiro se va, y todo se lleva cuando acaba. La disfruta a su manera, con estilo propio, igual que e. e. cummings, su arte y sus signos.


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