No hay visa sin pasaporte.
“Porque
siempre hay ocasión para contar mejor y varias veces una sola historia”.
Palabras de un aprendiz hacia un “anfibio”
que no coge corte.
Quién iba a imaginar que aquellos
hombres pidiendo clemencia, suplicando por sus vidas, eran los que al inicio de
ese día entraban como reyes. Yo, con la poca existencia que llevaba en este
mundo, nunca había visto unos individuos tan extraños. Su llegada a mi humilde
y polvoriento pueblo fue una gran sorpresa, pero mayor fue la impresión que
tuve cuando el ambiente se tornó en algo más que una feria de violencia que no
logré entender sino muchos años después, porque en aquel entonces vivía en ese
pequeño universo en el que los niños apenas aprecian el amor básico de sus
padres, la comida, las golosinas y la tranquilidad ofrecida por las canicas,
los trompos y los calizos remendados con pinchos.
Eran tres, y uno de ellos, a pesar de
verse y presentarse como subordinado del más buen mozo, parecía ser el líder.
Su nombre, tal como se presentó ante la mirada escéptica de todos, era Yen. Él se destacaba por el
olor nauseabundo que desprendía su ropa, que se sentía como si la hubiera
sumergido en una cubeta llena de perfume detallado. Era un moreno que rayaba en
lo morado, con una dentadura perlada que iluminaba todo a su alrededor;
intimidaba a primera vista, pero tenía esa aura extraña que a los ojos de un
niño provoca una admiración inexplicable. Hasta aquel día nunca hube visto una
persona tan extravagante y comparona.
Los otros dos no pasaban de ser
figuras decorativas, al menos es lo que a mí me pareció. Uno era un mulato
alto, con uniforme de militar, de silencio sepulcral y de mirada bovina, de
esas que no dicen nada. Mientras que el otro, era un rubio de ojos azules,
hablaba sin hablar, gesticulaba, sonreía, asentía con la cabeza todo lo que Yen decía.
Mi pueblo era una tierra sin muchas
riquezas materiales, sólo contaba con la bondad de su gente, la belleza de sus
mujeres y la esperanza de sus hijos. Allí cualquier cosa sorprendía, pero ese
día no sé que los llevó a reaccionar de aquella manera, daba la sensación de
que la presencia de esos individuos y sus ofrecimientos de visa para viajar al
país del Norte no fueran una novedad. Sólo bastó una chispa para que iniciara
el acto de locura colectiva; y fue la propuesta de entrega de visa a cambio de
los pasaportes y el pago de la “módica” suma de cien dólares por persona lo que
desencadenó la ira. Ahí, luego de cinco segundos casi interminables, tronó la
primera “galleta”… ¡plaf!...
justo en la sien de aquel hombre de apariencia robusta; y la andanada de golpes
sobre los tres no se hizo esperar. Yo simplemente veía desde lejos, no fuera a
ser que se me contagiara la rabia, o peor, que me tatuaran un golpe en el
pequeño rostro, porque el diablo es puerco y mueve el rabito.
No valían los ruegos ni los llantos.
Incluso, los acompañantes de Yen,
que antes no habían pronunciado una sola palabra, estaban recitando junto a él
una letanía que se derretía con cada azote contra el suelo. Pero lo que me
pareció más raro no era el clamor de los visitantes, sino la exaltación de la
gente siempre mansa de mi pueblo. Pude ver, con cierta angustia, como mis
padres, mis abuelos y hasta mis hermanos mayores se transformaban en bestias.
No creía nada de lo que atestiguaban mis ojos, no podía comprender que de unas
sencillas palabras se llegara a tales actos de salvajismo.
Yen y sus dos amigos derramaban lágrimas de sangre, con cada esfuerzo por
respirar se agotaba su vida, no era necesario ser médico para darse cuenta de
ello. Sin embargo, con la indiferencia de los niños ante los problemas, poco a
poco, me fui desinteresando de aquel espectáculo y preocupándome más por lanzar
el trompo y ponerlo a bailar en la palma de mi mano.
Mientras tanto, tres individuos,
ahogados en su propia risa, iban montados en un carro que se desplazaba a toda
máquina. Y en el preciso instante en que el conductor observaba por el espejo
retrovisor, alcanzó a ver como una multitud enardecida arrojaba dentro de una
pira improvisada tres cadáveres ensangrentados muy parecidos a él y a sus
acompañantes. Yo, que en juegos y cosas de niño ya estaba, logré ver el
vehículo, pero no diferenciaba si entraba o salía del pueblo.
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