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viernes, 1 de mayo de 2015

No hay visa sin pasaporte.

“Porque siempre hay ocasión para contar mejor y varias veces una sola historia”.

Palabras de un aprendiz hacia un “anfibio” que no coge corte.

Quién iba a imaginar que aquellos hombres pidiendo clemencia, suplicando por sus vidas, eran los que al inicio de ese día entraban como reyes. Yo, con la poca existencia que llevaba en este mundo, nunca había visto unos individuos tan extraños. Su llegada a mi humilde y polvoriento pueblo fue una gran sorpresa, pero mayor fue la impresión que tuve cuando el ambiente se tornó en algo más que una feria de violencia que no logré entender sino muchos años después, porque en aquel entonces vivía en ese pequeño universo en el que los niños apenas aprecian el amor básico de sus padres, la comida, las golosinas y la tranquilidad ofrecida por las canicas, los trompos y los calizos remendados con pinchos.

Eran tres, y uno de ellos, a pesar de verse y presentarse como subordinado del más buen mozo, parecía ser el líder. Su nombre, tal como se presentó ante la mirada escéptica de todos, era Yen. Él se destacaba por el olor nauseabundo que desprendía su ropa, que se sentía como si la hubiera sumergido en una cubeta llena de perfume detallado. Era un moreno que rayaba en lo morado, con una dentadura perlada que iluminaba todo a su alrededor; intimidaba a primera vista, pero tenía esa aura extraña que a los ojos de un niño provoca una admiración inexplicable. Hasta aquel día nunca hube visto una persona tan extravagante y comparona.

Los otros dos no pasaban de ser figuras decorativas, al menos es lo que a mí me pareció. Uno era un mulato alto, con uniforme de militar, de silencio sepulcral y de mirada bovina, de esas que no dicen nada. Mientras que el otro, era un rubio de ojos azules, hablaba sin hablar, gesticulaba, sonreía, asentía con la cabeza todo lo que Yen decía.

Mi pueblo era una tierra sin muchas riquezas materiales, sólo contaba con la bondad de su gente, la belleza de sus mujeres y la esperanza de sus hijos. Allí cualquier cosa sorprendía, pero ese día no sé que los llevó a reaccionar de aquella manera, daba la sensación de que la presencia de esos individuos y sus ofrecimientos de visa para viajar al país del Norte no fueran una novedad. Sólo bastó una chispa para que iniciara el acto de locura colectiva; y fue la propuesta de entrega de visa a cambio de los pasaportes y el pago de la “módica” suma de cien dólares por persona lo que desencadenó la ira. Ahí, luego de cinco segundos casi interminables, tronó la primera “galleta”… ¡plaf!... justo en la sien de aquel hombre de apariencia robusta; y la andanada de golpes sobre los tres no se hizo esperar. Yo simplemente veía desde lejos, no fuera a ser que se me contagiara la rabia, o peor, que me tatuaran un golpe en el pequeño rostro, porque el diablo es puerco y mueve el rabito.

No valían los ruegos ni los llantos. Incluso, los acompañantes de Yen, que antes no habían pronunciado una sola palabra, estaban recitando junto a él una letanía que se derretía con cada azote contra el suelo. Pero lo que me pareció más raro no era el clamor de los visitantes, sino la exaltación de la gente siempre mansa de mi pueblo. Pude ver, con cierta angustia, como mis padres, mis abuelos y hasta mis hermanos mayores se transformaban en bestias. No creía nada de lo que atestiguaban mis ojos, no podía comprender que de unas sencillas palabras se llegara a tales actos de salvajismo.

Yen y sus dos amigos derramaban lágrimas de sangre, con cada esfuerzo por respirar se agotaba su vida, no era necesario ser médico para darse cuenta de ello. Sin embargo, con la indiferencia de los niños ante los problemas, poco a poco, me fui desinteresando de aquel espectáculo y preocupándome más por lanzar el trompo y ponerlo a bailar en la palma de mi mano.

Mientras tanto, tres individuos, ahogados en su propia risa, iban montados en un carro que se desplazaba a toda máquina. Y en el preciso instante en que el conductor observaba por el espejo retrovisor, alcanzó a ver como una multitud enardecida arrojaba dentro de una pira improvisada tres cadáveres ensangrentados muy parecidos a él y a sus acompañantes. Yo, que en juegos y cosas de niño ya estaba, logré ver el vehículo, pero no diferenciaba si entraba o salía del pueblo.

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