Las mil facetas de Rafael.
En la vida hay personas pícaras, que de todo saben y hacen. Cuando era
niño, Rafael Rodríguez, mi padre, formaba parte de ese conjunto de personas;
era un todólogo, nadie sabía más que él sobre las cosas. Siempre andaba
inventando, elucubrando negocios, lo malo es que casi ninguno florecía y yo
nunca entendí el porqué si en el fondo eran ideas tan geniales, al menos eso
creía.
Se puede decir que pocas de sus pintorescas incursiones fueron llevadas con
relativo éxito. El negocio más recordado por mí, además de sus afanes con las
artes plásticas –siempre presentes en su vida–, fue la Óptica Dominicana, ubicada en la calle Las Mercedes, casi esquina
Sánchez, número 319, de la Zona Colonial. Ahí, frente al parquecito de la
iglesia Las Mercedes, pasé muchos días observando como mi papá, optometrista
certificado, buscaba el sostén para su familia.
Una imagen que nunca olvido era la de los vendedores ambulantes ofreciendo
sus productos. El cafetero, con su café y su frasco especial de “cremora”; el
vendedor de maní tostado, que como todos los de su tipo, debajo de la lata
grande con maní, llevaba una latita llena de carbón incandescente para mantener
el calor en tan fina leguminosa.
Una mención especial es el recuerdo de los “buzos”, aquellas personas que
escarbaban en basura ajena, extrayendo tesoros a los que todo el tiempo
encontraban venta en la persona de mi papá, que podría decirse era todo un
coleccionista de antigüedades. Sables antiguos que terminaron sustraídos por
“gente de confianza”, mapas de la época de La Colonia que terminaron destruidos
en un acto de sonambulismo, figuras de deidades que ya ni recuerdo donde fueron
a parar. Esas y muchas cosas más las tenía Rafael.
En aquel lugar fantástico, la óptica de mi padre, siempre me quedaba
contemplando unas figuras que estaban en la estantería principal. Parecían
eternas y con una historia que sin conocerla mucho sabía que alguna importancia
tenía para mí. Eran dos estatuillas hechas de alambre muy parecido al cobre.
Una de ellas era alargada, un jinete espigado, con armadura y montado en un
caballo largo y flaco; la otra era regordeta y pequeña, un hombrecito rodondo
con sombrero y encima de un jumento de regular tamaño. Eran El Quijote de la
Mancha y su noble escudero Sancho Panza, ambos cabalgando sus nobles animales,
Rocinante y “el rucio”. Una tarde mi papá me preguntó si me gustaban y me
explicó de dónde venían esos personajes. Dijo que había leído el Quijote unas
diecinueve veces y que ese año lo volvería a hacer. Tiempo después descubrí,
buscando entre las cosas de la casa, que él ni siquiera tenía el libro, no
estaba en su agenda leerlo.
Otro de sus inventos, fue Destreza,
un negocio para reparar electrodomésticos, de lo cual nada sabía. Lo puso en el
mismo local donde su óptica estuvo por muchos años. Su socio era un “ingeniero
doble”, como solía llamarlo su esposa. Era Rafael Sarante, originario de La
Vega, igual que mi padre, hombre agudo en las matemáticas y la historia, pero
con un conocimiento práctico un poco desfasado, y de quien tendría que abrir en
otro momento un capítulo aparte sobre su peculiar vida. Abanico que llegara a
él, terminaría doblemente dañado; licuadora que tocaba no volvía a funcionar
jamás. Mi papá, como socio capitalista y ejecutivo frente a los clientes, tenía
que dar la cara cada vez que Sarante estropeaba un electrodoméstico llevado con
un “fallito” al negocio. Por eso tenía que recurrir a otros técnicos para que
repararan las piezas doblemente dañadas. Las ganancias, por supuesto, eran
nulas. El negocio no duró mucho.
Muchas fueron las inventivas de mi padre. Vendió cinturones con grandes
hebillas para mujeres; fue diseñador y sastre; fabricó muebles de bambú, luego
de caoba; vendió pinturas Power Rider
para carros; y un largo etcétera.
Al final sé que, cual Leonardo da Vinci de esta época, mi padre hizo su
mejor invento: luchar por sus hijos. Por ellos concibió tantas ideas, por ellos se
arriesgó a crear, por ellos cada día se reinventó. Su amor era el motor que lo
dirigía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario