Translate

jueves, 29 de mayo de 2014

Las mil facetas de Rafael.

En la vida hay personas pícaras, que de todo saben y hacen. Cuando era niño, Rafael Rodríguez, mi padre, formaba parte de ese conjunto de personas; era un todólogo, nadie sabía más que él sobre las cosas. Siempre andaba inventando, elucubrando negocios, lo malo es que casi ninguno florecía y yo nunca entendí el porqué si en el fondo eran ideas tan geniales, al menos eso creía.

Se puede decir que pocas de sus pintorescas incursiones fueron llevadas con relativo éxito. El negocio más recordado por mí, además de sus afanes con las artes plásticas –siempre presentes en su vida–, fue la Óptica Dominicana, ubicada en la calle Las Mercedes, casi esquina Sánchez, número 319, de la Zona Colonial. Ahí, frente al parquecito de la iglesia Las Mercedes, pasé muchos días observando como mi papá, optometrista certificado, buscaba el sostén para su familia.

Una imagen que nunca olvido era la de los vendedores ambulantes ofreciendo sus productos. El cafetero, con su café y su frasco especial de “cremora”; el vendedor de maní tostado, que como todos los de su tipo, debajo de la lata grande con maní, llevaba una latita llena de carbón incandescente para mantener el calor en tan fina leguminosa.

Una mención especial es el recuerdo de los “buzos”, aquellas personas que escarbaban en basura ajena, extrayendo tesoros a los que todo el tiempo encontraban venta en la persona de mi papá, que podría decirse era todo un coleccionista de antigüedades. Sables antiguos que terminaron sustraídos por “gente de confianza”, mapas de la época de La Colonia que terminaron destruidos en un acto de sonambulismo, figuras de deidades que ya ni recuerdo donde fueron a parar. Esas y muchas cosas más las tenía Rafael.

En aquel lugar fantástico, la óptica de mi padre, siempre me quedaba contemplando unas figuras que estaban en la estantería principal. Parecían eternas y con una historia que sin conocerla mucho sabía que alguna importancia tenía para mí. Eran dos estatuillas hechas de alambre muy parecido al cobre. Una de ellas era alargada, un jinete espigado, con armadura y montado en un caballo largo y flaco; la otra era regordeta y pequeña, un hombrecito rodondo con sombrero y encima de un jumento de regular tamaño. Eran El Quijote de la Mancha y su noble escudero Sancho Panza, ambos cabalgando sus nobles animales, Rocinante y “el rucio”. Una tarde mi papá me preguntó si me gustaban y me explicó de dónde venían esos personajes. Dijo que había leído el Quijote unas diecinueve veces y que ese año lo volvería a hacer. Tiempo después descubrí, buscando entre las cosas de la casa, que él ni siquiera tenía el libro, no estaba en su agenda leerlo.

Otro de sus inventos, fue Destreza, un negocio para reparar electrodomésticos, de lo cual nada sabía. Lo puso en el mismo local donde su óptica estuvo por muchos años. Su socio era un “ingeniero doble”, como solía llamarlo su esposa. Era Rafael Sarante, originario de La Vega, igual que mi padre, hombre agudo en las matemáticas y la historia, pero con un conocimiento práctico un poco desfasado, y de quien tendría que abrir en otro momento un capítulo aparte sobre su peculiar vida. Abanico que llegara a él, terminaría doblemente dañado; licuadora que tocaba no volvía a funcionar jamás. Mi papá, como socio capitalista y ejecutivo frente a los clientes, tenía que dar la cara cada vez que Sarante estropeaba un electrodoméstico llevado con un “fallito” al negocio. Por eso tenía que recurrir a otros técnicos para que repararan las piezas doblemente dañadas. Las ganancias, por supuesto, eran nulas. El negocio no duró mucho.

Muchas fueron las inventivas de mi padre. Vendió cinturones con grandes hebillas para mujeres; fue diseñador y sastre; fabricó muebles de bambú, luego de caoba; vendió pinturas Power Rider para carros; y un largo etcétera.

Al final sé que, cual Leonardo da Vinci de esta época, mi padre hizo su mejor invento: luchar por sus hijos. Por ellos concibió tantas ideas, por ellos se arriesgó a crear, por ellos cada día se reinventó. Su amor era el motor que lo dirigía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario