La hormiguita que no quería.
Hace mucho tiempo existió una hormiguita que se avergonzaba de ser parte
del hormiguero en que vivía. Sentía que su lugar no era otro que el que
habitaban los grandes animales, los cuales gozaban de su entera admiración.
Nunca quiso saber de las otras hormigas, le resultaba repugnante que trabajaran
tanto para el conjunto y nunca para ellas mismas, se sentía superior.
Sus redes de comunicación química las dirigía expresamente hacia el perro,
el gato y los cerdos, nunca hacia sus pares, porque, en su interior, le parecía
que no podrían entenderla como los animales grandes. Sin embargo, a pesar del
odio hacia las demás hormigas, fingía quererlas y las engañaba todo el tiempo diciéndoles
que sus acciones eran para el bien del hormiguero, chiquito, pero con muchos
seres.
Un día, después de muchos engaños, mientras planificaba con los animales
más grandes otra más de sus hazañas, se le ocurrió que era hora de acabar con
las demás hormigas. El plan era simple, la hormiguita iba a convocar a todas
las demás hacia la parte superior del hormiguero, con la promesa de que algo
mágico sucedería. Pero lo milagroso y taumatúrgico era que el perro, el gato y
los cerdos, contando con el apoyo de su socia, iban a comérselas a todas.
Cuando llegó el momento en el que todas las hormigas estaban en el umbral
de su hogar, aparecieron de repente el perro, el gato y los cerdos, atacando
con sus lenguas todo lo que veían, pues el instinto no les permitía diferenciar
a quién o qué comían, olvidando completamente que su admiradora, confundida en
el tumulto, también se encontraba allí; y ella, ante esta horrible situación, en
un último aliento, cuando estaba a punto de ser devorada, levantó afligida las
antenitas hacia el cielo, pensando de manera lúcida por una sola vez en su
vida: “Olvidé que siempre fui una hormiga”.
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