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martes, 13 de mayo de 2014

Pari passu: Balones, bananas y discriminación.*

Hace varios días, en distintos escenarios relacionados al deporte, se escenificaron algunos acontecimientos con un tema común: discriminación.

El primer evento al que voy a referirme se presentó con las declaraciones que profirió Donald Sterling, dueño del equipo de Los Ángeles Clippers, de la Liga Nacional de Baloncesto (NBA, en sus siglas en inglés), en Estados Unidos de Norteamérica. Resulta que fue grabado mientras le manifestaba a su novia que no le interesaba que a los partidos de su equipo fuera con gente “negra” o que se estuviera retratando con ellas. Esto provocó gran revuelo en esa liga deportiva y en todo el mundo, tanto así que hasta el mismo presidente de esa nación se pronunció, detractando aquellas palabras discriminadoras; los jugadores de aquel equipo, en su mayoría de color, hicieron firme reclamo, así como el entrenador (también de color); las empresas patrocinadoras rechazaron esas palabras y, algunas –en reclamo– dieron fin al contrato con el equipo; al final, la oficina del Comisionado de la liga suspendió de por vida en su participación en la NBA al señor Donald Sterling, imponiendo una multa de varios millones de dólares, adicionando un conjunto de medidas para garantizar la operatividad del equipo.

El otro acontecimiento –quizás menos grave, quizás peor, por las vías de hecho–, se dio en España, en un partido de fútbol de la Liga BBVA, entre el Villareal y el FC Barcelona. ¿Qué sucedió? Mientras Dani Alves, jugador del Barcelona, de nacionalidad brasileña, de rasgos mulatos, se disponía a ejecutar un tiro de esquina, le arrojaron una banana como símbolo de racismo, queriendo compararlo con un primate. La idea era hacerlo sentir menos que persona y, evidentemente, discriminado; no obstante, quizás por la costumbre de los desafueros racistas de unos cuantos, el futbolista tomó la situación de una manera graciosa e inteligente. Su respuesta sentenció el momento: simplemente, en plena ejecución de jugada, tomó la banana arrojada, le quitó la cáscara y se la comió. Esto desató una campaña viral por las redes sociales y otros medios de comunicación que terminó sumando adeptos a la causa contra el racismo: todos con banana en mano.

Estas anécdotas del ámbito deportivo sólo son un reflejo de la discriminación que en algunas mentes retorcidas aún persiste. Es cierto que no somos iguales, que cada ser tiene sus propias características y condiciones, incluyendo los talentos, las virtudes, los vicios y los defectos, pero ello no hace a nadie superior o mejor a los demás.

Por eso, en nuestra media ínsula, el canon normativo proscribe tajantemente toda forma de discriminación. Y el artículo 39 de la Constitución Política de la República Dominicana, de manera concreta, nos dice lo siguiente: “Todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, reciben la misma protección y trato de las instituciones, autoridades y demás personas y gozan de los mismos derechos, libertades y oportunidades, sin ninguna discriminación por razones de género, color, edad, discapacidad, nacionalidad, vínculos familiares, lengua, religión, opinión política o filosófica, condición social o personal”.

Es decir, el Estado no sólo debe la garantía de la igualdad a nivel de instituciones y autoridades públicas, sino que esa protección elemental también se circunscribe al aseguramiento de la no discriminación por parte de los particulares, de las demás personas, porque al final del camino, todos estamos –al menos en el papel– en igualdad de condiciones.

Estamos pari passu, en igual paso, a pesar de nuestras diferencias.

Con balones y con bananas, nuestro trato mutuo aún es de iguales.

*Artículo publicado en el periódico elpaisdominicano.do el día 13/5/2014.

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