Pari passu: Balones, bananas
y discriminación.*
Hace varios días, en distintos escenarios relacionados al deporte, se escenificaron algunos acontecimientos con un tema común: discriminación.
Hace varios días, en distintos escenarios relacionados al deporte, se escenificaron algunos acontecimientos con un tema común: discriminación.
El primer evento al que voy a referirme se presentó con las declaraciones
que profirió Donald Sterling, dueño del equipo de Los Ángeles Clippers, de la
Liga Nacional de Baloncesto (NBA, en sus siglas en inglés), en Estados Unidos
de Norteamérica. Resulta que fue grabado mientras le manifestaba a su novia que
no le interesaba que a los partidos de su equipo fuera con gente “negra” o que
se estuviera retratando con ellas. Esto provocó gran revuelo en esa liga
deportiva y en todo el mundo, tanto así que hasta el mismo presidente de esa
nación se pronunció, detractando aquellas palabras discriminadoras; los
jugadores de aquel equipo, en su mayoría de color, hicieron firme reclamo, así
como el entrenador (también de color); las empresas patrocinadoras rechazaron esas
palabras y, algunas –en reclamo– dieron fin al contrato con el equipo; al
final, la oficina del Comisionado de la liga suspendió de por vida en su
participación en la NBA al señor Donald Sterling, imponiendo una multa de
varios millones de dólares, adicionando un conjunto de medidas para garantizar
la operatividad del equipo.
El otro acontecimiento –quizás menos grave, quizás peor, por las vías de
hecho–, se dio en España, en un partido de fútbol de la Liga BBVA, entre el
Villareal y el FC Barcelona. ¿Qué sucedió? Mientras Dani Alves, jugador del
Barcelona, de nacionalidad brasileña, de rasgos mulatos, se disponía a ejecutar
un tiro de esquina, le arrojaron una banana como símbolo de racismo, queriendo
compararlo con un primate. La idea era hacerlo sentir menos que persona y,
evidentemente, discriminado; no obstante, quizás por la costumbre de los desafueros
racistas de unos cuantos, el futbolista tomó la situación de una manera
graciosa e inteligente. Su respuesta sentenció el momento: simplemente, en
plena ejecución de jugada, tomó la banana arrojada, le quitó la cáscara y se la
comió. Esto desató una campaña viral por las redes sociales y otros medios de
comunicación que terminó sumando adeptos a la causa contra el racismo: todos
con banana en mano.
Estas anécdotas del ámbito deportivo sólo son un reflejo de la
discriminación que en algunas mentes retorcidas aún persiste. Es cierto que no
somos iguales, que cada ser tiene sus propias características y condiciones,
incluyendo los talentos, las virtudes, los vicios y los defectos, pero ello no
hace a nadie superior o mejor a los demás.
Por eso, en nuestra media ínsula, el canon normativo proscribe tajantemente
toda forma de discriminación. Y el artículo 39 de la Constitución Política de
la República Dominicana, de manera concreta, nos dice lo siguiente: “Todas las
personas nacen libres e iguales ante la ley, reciben la misma protección y
trato de las instituciones, autoridades y demás personas y gozan de los mismos
derechos, libertades y oportunidades, sin ninguna discriminación por razones de
género, color, edad, discapacidad, nacionalidad, vínculos familiares, lengua,
religión, opinión política o filosófica, condición social o personal”.
Es decir, el Estado no sólo debe la garantía de la igualdad a nivel de
instituciones y autoridades públicas, sino que esa protección elemental también
se circunscribe al aseguramiento de la no discriminación por parte de los
particulares, de las demás personas, porque al final del camino, todos estamos
–al menos en el papel– en igualdad de condiciones.
Estamos pari passu, en igual
paso, a pesar de nuestras diferencias.
Con balones y con bananas, nuestro trato mutuo aún es de iguales.
*Artículo publicado en
el periódico elpaisdominicano.do el día 13/5/2014.
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