Esparta y la caída por
Taigeto: Molde o libertad.*
En Esparta, una de las polis (ciudades estado) más importantes de la Grecia
Antigua, se practicaba –en germen– la eugenesia, con la finalidad de preservar el
poderío de guerra. Aquel nacido con rasgos de debilidad, era arrojado desde la
cima del monte Taigeto, luego de que
una comisión gubernamental lo concluyera así. Los “cortos de talla” no eran
aptos para esa sociedad que no tenía ejército, porque en sí misma lo era en su
totalidad, tal como nos revelara Indro Montanelli en su obra Historia de los griegos: una sociedad
sostenida sobre la base del moldeado de personas, para lograr la sensación de
estabilidad y unidad que forjaría su poder. El que no se ajustara a esas
condiciones, simplemente era excluído del todo.
La idea del perfeccionamiento humano no es cosa de ahora, siempre ha
existido el deseo de mejorar al hombre y la mujer en el campo de la salud, del
deporte, del desarrollo de las capacidades cognoscitivas, así como en otras
áreas. Y puede que esta idea de mejoramiento signifique la eliminación de
caracteres débiles en el ADN, la extinción de enfermedades a las que la ciencia
no ha podido dar solución; el alcance de metas físicas e intelectuales
inimaginables, para así lograr una sociedad lo más cercana al ideal con el que
fue concebida. Pero frente a ello es válido preguntarnos el costo ético-moral
que representa.
¿Significaría la manipulación genética –como nuevo paradigma
de solución– la respuesta para crear una estructura social perfecta?
¿Implicaría esta incursión en el campo de la eugenesia un nuevo modo de
segregar a las personas, en aptos o no aptos, válidos o no válidos?
Esas preguntas nos llevarían, inevitablemente, a pensar en los regímenes totalitaristas,
en los que la visión de uno es la visión de todos; donde todos, de manera
sistémica, responden sin queja alguna, en obediencia sin reproches, a las
órdenes superiores, lo cual destruye el fin de la libertad humana y, honestamente,
no es lo que se busca en nuestra sociedad de hoy.
Es posible que haya humanos más sanos; atletas superdotados, con cocteles
de ADN superiores; genios intelectuales prefabricados y algo más. Sin embargo, esto
no implica que sean personas con mejor espíritu, con mejores intenciones o con
mayores probabilidades de hacer las cosas bien: sólo logra dar herramientas que
no bastan para alcanzar la felicidad real, la que se conquista con la voluntad
individual, en una lucha diaria.
Es preferible una sociedad construída sobre la base de nuestros propios
vicios y virtudes; del afán constante por el alcance de nuestros ideales; del
ensayo y del error, que es lo que nos hace humanos; de las victorias y las
derrotas, porque ambas nos enseñan el camino a seguir.
Las sociedades artificiales, eugenésicas, reducen al humano a ser un ente
“perfecto”, pasible de caer en lo obsoleto e inadecuado (no válido); mientras
que las construidas a fuego, lágrimas y sangre, nos convierten en algo más que
carne, nos hace querer ser algo más de lo que nacimos para ser.
El espíritu humano es inquebrantable, indomable. A pesar de los límites,
siempre trasciende, no importa que nazca lejos de una cuna lujosa, o que sus
capacidades físicas no sean las más óptimas: siempre hallará la forma de
superar sus debilidades, de sobrevivir a la caída del Taigeto.
* Publicado originalmente en el periódico elpaisdominicano.do.
No hay comentarios:
Publicar un comentario