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jueves, 8 de mayo de 2014

Esparta y la caída por Taigeto: Molde o libertad.*

En Esparta, una de las polis (ciudades estado) más importantes de la Grecia Antigua, se practicaba –en germen– la eugenesia, con la finalidad de preservar el poderío de guerra. Aquel nacido con rasgos de debilidad, era arrojado desde la cima del monte Taigeto, luego de que una comisión gubernamental lo concluyera así. Los “cortos de talla” no eran aptos para esa sociedad que no tenía ejército, porque en sí misma lo era en su totalidad, tal como nos revelara Indro Montanelli en su obra Historia de los griegos: una sociedad sostenida sobre la base del moldeado de personas, para lograr la sensación de estabilidad y unidad que forjaría su poder. El que no se ajustara a esas condiciones, simplemente era excluído del todo.

La idea del perfeccionamiento humano no es cosa de ahora, siempre ha existido el deseo de mejorar al hombre y la mujer en el campo de la salud, del deporte, del desarrollo de las capacidades cognoscitivas, así como en otras áreas. Y puede que esta idea de mejoramiento signifique la eliminación de caracteres débiles en el ADN, la extinción de enfermedades a las que la ciencia no ha podido dar solución; el alcance de metas físicas e intelectuales inimaginables, para así lograr una sociedad lo más cercana al ideal con el que fue concebida. Pero frente a ello es válido preguntarnos el costo ético-moral que representa.

¿Significaría la manipulación genética –como nuevo paradigma de solución– la respuesta para crear una estructura social perfecta? ¿Implicaría esta incursión en el campo de la eugenesia un nuevo modo de segregar a las personas, en aptos o no aptos, válidos o no válidos?

Esas preguntas nos llevarían, inevitablemente, a pensar en los regímenes totalitaristas, en los que la visión de uno es la visión de todos; donde todos, de manera sistémica, responden sin queja alguna, en obediencia sin reproches, a las órdenes superiores, lo cual destruye el fin de la libertad humana y, honestamente, no es lo que se busca en nuestra sociedad de hoy.

Es posible que haya humanos más sanos; atletas superdotados, con cocteles de ADN superiores; genios intelectuales prefabricados y algo más. Sin embargo, esto no implica que sean personas con mejor espíritu, con mejores intenciones o con mayores probabilidades de hacer las cosas bien: sólo logra dar herramientas que no bastan para alcanzar la felicidad real, la que se conquista con la voluntad individual, en una lucha diaria.

Es preferible una sociedad construída sobre la base de nuestros propios vicios y virtudes; del afán constante por el alcance de nuestros ideales; del ensayo y del error, que es lo que nos hace humanos; de las victorias y las derrotas, porque ambas nos enseñan el camino a seguir.

Las sociedades artificiales, eugenésicas, reducen al humano a ser un ente “perfecto”, pasible de caer en lo obsoleto e inadecuado (no válido); mientras que las construidas a fuego, lágrimas y sangre, nos convierten en algo más que carne, nos hace querer ser algo más de lo que nacimos para ser.

El espíritu humano es inquebrantable, indomable. A pesar de los límites, siempre trasciende, no importa que nazca lejos de una cuna lujosa, o que sus capacidades físicas no sean las más óptimas: siempre hallará la forma de superar sus debilidades, de sobrevivir a la caída del Taigeto.

* Publicado originalmente en el periódico elpaisdominicano.do.

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