El mango con carne.
Allá por los ochenta, cuando aún no llegaba a la decena de años ni lo
quería, vivía en la ciudad de La Vega. Mi rango de movimiento no pasaba del
barrio Villa Rosa, calle Dr. Morillo, esquina Concepción Taveras. Una casa de
dos niveles, pintada de rosado y gris todo el tiempo, y, ante mis ojos de niño,
descomunal en el tamaño.
Mi barrio era un lugar donde casi todos se conocían. Mi abuela, la mamá de
mi papá, Ramona Hernández, de apodo Monga, quien se encargaba de mi crianza
para aquel entonces, resultaba ser muy popular entre sus vecinos, de los cuales
sabía más de lo que yo imaginaba. De entre todos los vecinos hubo una que
conocí muy superficialmente, era doña Negra, quien vivía al doblar la esquina
de mi casa, cruzando la calle Concepción Taveras.
Negra vivía en una casita verde de madera, con una de esas galerías rurales
en las que, como mucho, cabía una mecedora vieja. Nunca me atreví a entrar en
aquella vivienda, tenía cierto temor porque desde afuera, desde la acera, sólo
se veía oscuridad y la silueta de los que caminaban allí dentro. Recuerdo que
sí tenía un hijo, de quien no sé su nombre, pero del que recuerdo que estaba en
clara edad para casarse y aún vivía con su madre, no sé si cuidándola o ella
cuidándolo a él, pero ahí estaba.
Eran como personas congeladas en el tiempo. Siempre la misma posición, los
mismos hábitos, al menos los que alcanzaba a ver desde la acera del frente.
Parecían estatuas de piedra, como si la Medusa de los griegos los hubiera
atacado con su mirada. Tal vez, en mi ingenuidad, la de niño, esa era la razón
por la que no me atrevía a acercarme mucho a aquel lugar.
Pero hubo un día, en un venturoso verano, en el que me puse pantaloncitos
cortos, franela desmangada y calizos, mi ropita de valiente, y decidí ir hacia
allá, pero no sólo por la vestimenta, sino porque colocaron frente a su casa
una lata de metal, de aquellas de aceite La Manicera, de la Sociedad Industrial
Dominicana. Hasta el tope, la lata estaba llena de mangos, de esos medianos,
dulzones, con manchas negras, bien carnosos. Cuando vi esa imagen como caída
del cielo, en una época en la que las golosinas y chucherías escaceaban para
mí, me pregunté de dónde esa gente de Dios había sacado tan rico manjar, cuando
ni siquiera se atrevían a cruzar la calle; y mi duda fue contestada cuando vi
que detrás del techo de la casa de doña Negra sobresalía una mata de mangos
bien tupida, cuya copa dublicaba la altitud de ese bohío del siglo XX. ¡Increíble!,
los frutos siempre estuvieron ahí y no me di cuenta hasta ese día.
Pero bien, en ese acto de valor, luego de cruzar la calle como me enseñó mi
abuela, me acerqué apertrechado con dos monedas de diez centavos a la lata
maravillosa y le pregunté al señor en edad de casarse, al hijo de doña Negra,
el precio de sus mangos. Desde que me dijo que cada fruta costaba la mitad del
dinero que yo cargaba no hice más que elegir y tomar el ejemplar que más atractivo
me pareció y entregué la tan importante suma.
Ese mango era como una bendición, mis pequeñas manos no alcanzaban abarcarlo
completo, pero no importaba, era mío. Mientras volvía a mi casa no pude
contenerme, con los dientes empecé a pelarlo. Miraba al cielo suspirando
mientras quitaba la cáscara y mordía como fiera salvaje, no necesitaba verlo,
era un fenómeno de la naturaleza en mi boca.
De repente, al doblar la esquina, como si hubiera cambiado de dimensión, se
me ocurrió ver el mango que tanto disfrutaba. La sorpresa fue enorme, alguien o
algo me acompañaba en el festín. Cuando me fijé bien, después de tragarme el
último bocado, reaccioné y distinguí una familia de gusanos, algunos muertos
sin cabeza y la otra parte compitiendo por tragar y tragar lo que con tanto
valor compré. Todo quedó ahí, vencieron, se habían ganado el derecho a comer
primero; y yo, derrotado, aprendí una lección de vida difícil de olvidar: ¡No
hay nada mejor que un mango con carne!
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