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miércoles, 14 de mayo de 2014

El mango con carne.

Allá por los ochenta, cuando aún no llegaba a la decena de años ni lo quería, vivía en la ciudad de La Vega. Mi rango de movimiento no pasaba del barrio Villa Rosa, calle Dr. Morillo, esquina Concepción Taveras. Una casa de dos niveles, pintada de rosado y gris todo el tiempo, y, ante mis ojos de niño, descomunal en el tamaño.

Mi barrio era un lugar donde casi todos se conocían. Mi abuela, la mamá de mi papá, Ramona Hernández, de apodo Monga, quien se encargaba de mi crianza para aquel entonces, resultaba ser muy popular entre sus vecinos, de los cuales sabía más de lo que yo imaginaba. De entre todos los vecinos hubo una que conocí muy superficialmente, era doña Negra, quien vivía al doblar la esquina de mi casa, cruzando la calle Concepción Taveras.

Negra vivía en una casita verde de madera, con una de esas galerías rurales en las que, como mucho, cabía una mecedora vieja. Nunca me atreví a entrar en aquella vivienda, tenía cierto temor porque desde afuera, desde la acera, sólo se veía oscuridad y la silueta de los que caminaban allí dentro. Recuerdo que sí tenía un hijo, de quien no sé su nombre, pero del que recuerdo que estaba en clara edad para casarse y aún vivía con su madre, no sé si cuidándola o ella cuidándolo a él, pero ahí estaba.

Eran como personas congeladas en el tiempo. Siempre la misma posición, los mismos hábitos, al menos los que alcanzaba a ver desde la acera del frente. Parecían estatuas de piedra, como si la Medusa de los griegos los hubiera atacado con su mirada. Tal vez, en mi ingenuidad, la de niño, esa era la razón por la que no me atrevía a acercarme mucho a aquel lugar.

Pero hubo un día, en un venturoso verano, en el que me puse pantaloncitos cortos, franela desmangada y calizos, mi ropita de valiente, y decidí ir hacia allá, pero no sólo por la vestimenta, sino porque colocaron frente a su casa una lata de metal, de aquellas de aceite La Manicera, de la Sociedad Industrial Dominicana. Hasta el tope, la lata estaba llena de mangos, de esos medianos, dulzones, con manchas negras, bien carnosos. Cuando vi esa imagen como caída del cielo, en una época en la que las golosinas y chucherías escaceaban para mí, me pregunté de dónde esa gente de Dios había sacado tan rico manjar, cuando ni siquiera se atrevían a cruzar la calle; y mi duda fue contestada cuando vi que detrás del techo de la casa de doña Negra sobresalía una mata de mangos bien tupida, cuya copa dublicaba la altitud de ese bohío del siglo XX. ¡Increíble!, los frutos siempre estuvieron ahí y no me di cuenta hasta ese día.

Pero bien, en ese acto de valor, luego de cruzar la calle como me enseñó mi abuela, me acerqué apertrechado con dos monedas de diez centavos a la lata maravillosa y le pregunté al señor en edad de casarse, al hijo de doña Negra, el precio de sus mangos. Desde que me dijo que cada fruta costaba la mitad del dinero que yo cargaba no hice más que elegir y tomar el ejemplar que más atractivo me pareció y entregué la tan importante suma.

Ese mango era como una bendición, mis pequeñas manos no alcanzaban abarcarlo completo, pero no importaba, era mío. Mientras volvía a mi casa no pude contenerme, con los dientes empecé a pelarlo. Miraba al cielo suspirando mientras quitaba la cáscara y mordía como fiera salvaje, no necesitaba verlo, era un fenómeno de la naturaleza en mi boca.

De repente, al doblar la esquina, como si hubiera cambiado de dimensión, se me ocurrió ver el mango que tanto disfrutaba. La sorpresa fue enorme, alguien o algo me acompañaba en el festín. Cuando me fijé bien, después de tragarme el último bocado, reaccioné y distinguí una familia de gusanos, algunos muertos sin cabeza y la otra parte compitiendo por tragar y tragar lo que con tanto valor compré. Todo quedó ahí, vencieron, se habían ganado el derecho a comer primero; y yo, derrotado, aprendí una lección de vida difícil de olvidar: ¡No hay nada mejor que un mango con carne!

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