Translate

miércoles, 7 de mayo de 2014

Él, su mujer y Kafka. 

Todas las noches, en la comodidad de su lecho, cogía su smart phone y, con una aplicación de lectura, abría la llamada Metamorfosis de Kafka, el checo. Siempre la misma cosa, la misma cantidad de páginas leídas hasta que el sueño lo iba venciendo.

No sabía cuánto tardaría en acabar esa lectura, no le interesaba. Su meta era disipar y saborear la historia poco a poco, para asimilarse mínimamente a Gregorio.

La oscuridad lo rodeaba como un manto de azabache, sólo el reflejo del aparato inteligente lo iluminaba hasta deslumbrar sus ojos con la furia del sol enceguecedor.

Pero esa rutina cambió en una sola noche en la que sintió que en la cortina del ventanal del aposento se formaban las siluetas de una delicada mujer, cada vez que el viento la tocaba. No estaba loco ni alucinaba, era el recuerdo de aquella mujer que tanto amó y dejó caer, aquella mujer con pelo cobrizo y piel caoba que sólo pedía ser amada eternamente, como se ama a los santos, a los mártires y a los héroes.

Volvió con el recuerdo que arrastra el viento para decirle al velador nocturno que debió amarla siempre, que su decisión la sepultó y la llevó a vagar en formas en que nada más los muertos suelen hacerlo.

La culpa le dolía, lo aturdía hasta desfallecer y, en ese instante, un sonido muy real lo reanimó: “amor, ya duérmete, mañana trabajas”. Sólo estaban él, su mujer y Kafka.

No hay comentarios:

Publicar un comentario