Él, su mujer y Kafka.
Todas las noches, en la comodidad de su lecho, cogía su smart phone y, con una aplicación de
lectura, abría la llamada Metamorfosis de Kafka, el checo. Siempre la misma
cosa, la misma cantidad de páginas leídas hasta que el sueño lo iba venciendo.
No sabía cuánto tardaría en acabar esa lectura, no le interesaba. Su meta
era disipar y saborear la historia poco a poco, para asimilarse mínimamente a
Gregorio.
La oscuridad lo rodeaba como un manto de azabache, sólo el reflejo del
aparato inteligente lo iluminaba hasta deslumbrar sus ojos con la furia del sol
enceguecedor.
Pero esa rutina cambió en una sola noche en la que sintió que en la cortina
del ventanal del aposento se formaban las siluetas de una delicada mujer, cada
vez que el viento la tocaba. No estaba loco ni alucinaba, era el recuerdo de
aquella mujer que tanto amó y dejó caer, aquella mujer con pelo cobrizo y piel
caoba que sólo pedía ser amada eternamente, como se ama a los santos, a los
mártires y a los héroes.
Volvió con el recuerdo que arrastra el viento para decirle al velador
nocturno que debió amarla siempre, que su decisión la sepultó y la llevó a
vagar en formas en que nada más los muertos suelen hacerlo.
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