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lunes, 9 de junio de 2014

De camino al colegio.


“Echáronse a reír, y, convenidos en la cantidad, marchó [Alejandro] al punto donde estaba el caballo, tomóle por las riendas y, volviéndole, le puso frente al sol, pensando, según parece, que el caballo, por ver su sombra, que caía y se movía junto a sí, era por lo que se inquietaba”.
Plutarco,
Vidas Paralelas, Tomo V.

Cuando vivía en La Vega estudiaba en un colegio de monjas, el Cardenal Sancha, un poco alejado de mi casa, que estaba en el barrio Villa Rosa. Junto a mis hermanos solía ir caminando hacia aquel lugar que tanto me gustaba. Pero no siempre fue así, pasé a la vida de peatón luego de grandes aventuras.

Al inicio de nuestras incursiones al colegio, cuando cursaba el primero de primaria, solíamos ir en distintos medios de transporte. Pasolas, bicicletas y coches tirados por caballos. Iguales todos, pero diferentes.

Con la pasola era sencillo. Recuerdo que nos llevaba y traía, en una Chapi, un primo de mi abuelo paterno; el nombre del familiar del padre de mi padre nunca lo supe porque siempre lo llamaron por su apodo Atájala, que al resultarme tan cómico preferí usarlo siempre y así reprimí mi curiosidad sobre el santo nombre dado a su persona. Él era un hombre de baja estatura, blanco, de ojos verdes y con un pelo hecho cenizas, debido a su edad madura; siempre sonreía y nunca le faltó un cuento gracioso para hacernos reír.

En su Chapi nos desplazábamos a velocidades fascinantes, rompíamos el viento y nuestro cabello se alborotaba exultante cada vez que Atájala tocaba al fondo con el acelerador. Con él siempre llegamos a tiempo a las clases y al almuerzo en casa. Era casi tan puntual como la muerte.

Problemas hubo después, cuando al colegio nos llevaba un primo. Para esa tarea usaba una bicicleta aro 26. La primera dificultad era abordar los pequeños pasajeros: uno en la barra, otro en el timón y el último en los conos traseros. La segunda era que llegáramos sin caer al suelo y no nos raspáramos el cuerpo cada vez que un hoyo se nos atravesaba. Y la tercera, que llegáramos a tiempo, antes de que sonara la campana de inicio de clases. Debo aclarar que nunca llegamos sanos y salvos y mucho menos temprano, por lo que mi abuela descontinuó ese medio de transporte y tomó la decisión más inteligente: contrató un cochero.

En aquella época, entre la gente de mi barrio, había dos opciones de coches tirados por caballos. Uno de ellos era Piculín, hombre de piel negra, de facciones fuertes, con bigote bien tupido, muy feo, pero responsable; su coche era rojo y un solo caballo tiraba de él. Muchos niños eran transportados por Piculín, casi no daba abasto. El otro cochero era Antonio, un hombre mayor, “indio claro”, de nariz bulbosa con tono escarlata y ojos bondadosos; él, aún cobrando menos que su rival, contando con un coche pintado de un amarillito girasol, tenía menos clientela, lo que resultaba extraño a ojos de muchos.

Mi abuela, entre esas dos opciones, por asuntos de economía, eligió a Antonio, ignorando lo que ocultaban su mirada y nariz. Al inicio, en la primera semana, su servicio era impecable, siempre puntual, sobrio y respetuoso; incluso, superaba con creces a su antagonista Piculín. La felicidad no pasó de ahí. La segunda semana salió el verdadero rostro de Antonio, su nariz se veía más roja de lo habitual, un tufo nauseabundo de alcohol dominaba su entorno, creo que hasta su caballo, llamado Caballo, era esclavo del ron, porque muchas fueron las veces que vi al pobre animal trastabillarse con el suelo.

Antonio vociferaba a los cuatro vientos lo que pensaba, le importaban un bledo los sermones de mi abuela; decía palabras obscenas a las maestras que salían caminando de mi colegio; cantaba boleros improvisados a su bestia Caballo. A los niños que transportaba nos ponía a hacer los coros de sus canciones. Y mientras él cantaba el verso: “Caballo me dice”; nosotros respondíamos a coro: “No pueeeeeedooo…”

Con Antonio todo eso era normal y los niños lo disfrutábamos. Pero la cosa más extraña ocurrió un día de retorno a casa. Piculín y Antonio se encontraron en el camino; ambos dirigiéndose al mismo lugar y con ansias de vencer a su rival; las miradas lo decían todo. En una esquina, mientras se encontraban uno al lado del otro, decidieron poner a correr a sus caballos con toda la fuerza que la naturaleza les había dado. Estábamos observando una carrera de cocheros dentro de la misma acción, no lo podíamos creer. Los caballos parecían expulsar fuego por sus bocas, los jinetes se veían como seres endemoniados detrás de almas incautas.

No puedo negar mi asombro por el esfuerzo que Antonio ponía en aquel duelo de titanes. Exigía a Caballo, cual inspector suizo, que corriera sin fallas. De verdad me deslumbró. Y ya en la recta final de ese encuentro pude notar como mi cochero hizo, junto a su animal, un último esfuerzo para derrotar a su rival Piculín. Ganó por una nariz y en las cercanías de mi casa.

Esa es una de las imágenes imborrables de mi niñez. Aquel hombre victorioso, con la cara al sol, se parecía al divino Alejandro Magno montado en Bucéfalo, luego de derrotar a Darío III, el persa, en las batallas de Issos y Gaugamela. El orgullo no le cabía en el pecho.

Mis andanzas con Antonio hasta ahí llegaron, esa fue la gota que derramó el vaso. Mi abuela se enteró de todo y pasé de niño privilegiado, transportado en coche, a simple niño peatón. 

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