De camino
al colegio.
“Echáronse a reír, y, convenidos en la cantidad, marchó
[Alejandro] al punto donde estaba el caballo, tomóle por las riendas y,
volviéndole, le puso frente al sol, pensando, según parece, que el caballo, por
ver su sombra, que caía y se movía junto a sí, era por lo que se inquietaba”.
Plutarco,
Vidas Paralelas, Tomo V.
Cuando vivía en La Vega estudiaba en un colegio de monjas, el Cardenal
Sancha, un poco alejado de mi casa, que estaba en el barrio Villa Rosa. Junto a
mis hermanos solía ir caminando hacia aquel lugar que tanto me gustaba. Pero no
siempre fue así, pasé a la vida de peatón luego de grandes aventuras.
Al inicio de nuestras incursiones al colegio, cuando cursaba el primero de
primaria, solíamos ir en distintos medios de transporte. Pasolas, bicicletas y
coches tirados por caballos. Iguales todos, pero diferentes.
Con la pasola era sencillo. Recuerdo que nos llevaba y traía, en una Chapi,
un primo de mi abuelo paterno; el nombre del familiar del padre de mi padre
nunca lo supe porque siempre lo llamaron por su apodo Atájala, que al resultarme tan cómico preferí usarlo siempre y así
reprimí mi curiosidad sobre el santo nombre dado a su persona. Él era un hombre
de baja estatura, blanco, de ojos verdes y con un pelo hecho cenizas, debido a
su edad madura; siempre sonreía y nunca le faltó un cuento gracioso para
hacernos reír.
En su Chapi nos desplazábamos a velocidades fascinantes, rompíamos el
viento y nuestro cabello se alborotaba exultante cada vez que Atájala tocaba al fondo con el
acelerador. Con él siempre llegamos a tiempo a las clases y al almuerzo en
casa. Era casi tan puntual como la muerte.
Problemas hubo después, cuando al colegio nos llevaba un primo. Para esa
tarea usaba una bicicleta aro 26. La primera dificultad era abordar los
pequeños pasajeros: uno en la barra, otro en el timón y el último en los conos
traseros. La segunda era que llegáramos sin caer al suelo y no nos raspáramos
el cuerpo cada vez que un hoyo se nos atravesaba. Y la tercera, que llegáramos a
tiempo, antes de que sonara la campana de inicio de clases. Debo aclarar que
nunca llegamos sanos y salvos y mucho menos temprano, por lo que mi abuela
descontinuó ese medio de transporte y tomó la decisión más inteligente:
contrató un cochero.
En aquella época, entre la gente de mi barrio, había dos opciones de coches
tirados por caballos. Uno de ellos era Piculín,
hombre de piel negra, de facciones fuertes, con bigote bien tupido, muy feo,
pero responsable; su coche era rojo y un solo caballo tiraba de él. Muchos
niños eran transportados por Piculín,
casi no daba abasto. El otro cochero era Antonio, un hombre mayor, “indio
claro”, de nariz bulbosa con tono escarlata y ojos bondadosos; él, aún cobrando
menos que su rival, contando con un coche pintado de un amarillito girasol, tenía
menos clientela, lo que resultaba extraño a ojos de muchos.
Mi abuela, entre esas dos opciones, por asuntos de economía, eligió a
Antonio, ignorando lo que ocultaban su mirada y nariz. Al inicio, en la primera
semana, su servicio era impecable, siempre puntual, sobrio y respetuoso;
incluso, superaba con creces a su antagonista Piculín. La felicidad no pasó de ahí. La segunda semana salió el
verdadero rostro de Antonio, su nariz se veía más roja de lo habitual, un tufo
nauseabundo de alcohol dominaba su entorno, creo que hasta su caballo, llamado Caballo, era esclavo del ron, porque
muchas fueron las veces que vi al pobre animal trastabillarse con el suelo.
Antonio vociferaba a los cuatro vientos lo que pensaba, le importaban un
bledo los sermones de mi abuela; decía palabras obscenas a las maestras que
salían caminando de mi colegio; cantaba boleros improvisados a su bestia Caballo. A los niños que transportaba
nos ponía a hacer los coros de sus canciones. Y mientras él cantaba el verso: “Caballo me dice”; nosotros respondíamos
a coro: “No pueeeeeedooo…”
Con Antonio todo eso era normal y los niños lo disfrutábamos. Pero la cosa
más extraña ocurrió un día de retorno a casa. Piculín y Antonio se encontraron en el camino; ambos dirigiéndose
al mismo lugar y con ansias de vencer a su rival; las miradas lo decían todo.
En una esquina, mientras se encontraban uno al lado del otro, decidieron poner
a correr a sus caballos con toda la fuerza que la naturaleza les había dado.
Estábamos observando una carrera de cocheros dentro de la misma acción, no lo
podíamos creer. Los caballos parecían expulsar fuego por sus bocas, los jinetes
se veían como seres endemoniados detrás de almas incautas.
No puedo negar mi asombro por el esfuerzo que Antonio ponía en aquel duelo
de titanes. Exigía a Caballo, cual
inspector suizo, que corriera sin fallas. De verdad me deslumbró. Y ya en la recta
final de ese encuentro pude notar como mi cochero hizo, junto a su animal, un
último esfuerzo para derrotar a su rival Piculín.
Ganó por una nariz y en las cercanías de mi casa.
Esa es una de las imágenes imborrables de mi niñez. Aquel hombre victorioso,
con la cara al sol, se parecía al divino Alejandro Magno montado en Bucéfalo,
luego de derrotar a Darío III, el persa, en las batallas de Issos y Gaugamela.
El orgullo no le cabía en el pecho.
Mis andanzas con Antonio hasta ahí llegaron, esa fue la gota que derramó el vaso. Mi abuela se enteró de todo y pasé de niño privilegiado, transportado en coche, a simple niño peatón.
Mis andanzas con Antonio hasta ahí llegaron, esa fue la gota que derramó el vaso. Mi abuela se enteró de todo y pasé de niño privilegiado, transportado en coche, a simple niño peatón.
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