La canquiña no mata el hambre
(3.75).
Muchos veranos de mi niñez los pasé en casa de una mis tantas tías, la hermana
menor de mi papá. Allá en el sector Mata Hambre del Distrito Nacional, cuando
el verano más atacaba, atacábamos mis primos y yo. Recuerdo que el mayor de
ellos, con el que más confraternizaba junto a mi hermano, tenía una banda
enorme de amigos, unos inteligentes, otros hábiles físicamente y algunos un
poco tontos.
Hubo un verano en el que nos pasábamos los días practicando todo tipo de
cosas para matar el tiempo, pues no éramos niños ricos para ir de campamento,
pero sí lo suficientemente creativos para divertirnos más que cualquiera.
Teníamos peceras con betas, esos pececitos que peleaban mostrando sus
colores como arco iris, y nos dedicábamos a enfrentarlos con todo el que pasara
por nuestras calles. Muchas veces ganamos, pero muchas otras nos zarandearon a
los pobres animalitos, que luego de esos enfrentamientos se volvían “monas”, es
decir, incapaces de pelear. Los más veteranos siempre decían que nunca, pero
nunca, debíamos poner los peces en latas de salsa de tomate porque eso también los
volvía “monas”; era cierto, pero tenía una explicación que vine a conocer
después: los químicos preservativos adheridos al metal del frasco envenenaban a
los animales, sólo eso.
Pasada la fiebre de los betas, iniciábamos la temporada de vitilla. Creo
que pocos ignoran lo que es, pero son las tapas de los botellones de agua
potable, que luego de cumplir con la tarea de proteger el sagrado líquido, hacían
en las manos de los niños y jóvenes las veces de pelotas de béisbol, claro, con
la variante de que hacían una curva especial al momento de ser lanzadas, lo que
dificultaba el poder batearlas, no con un bate, sino con un palo de escoba
reducido en sus dimensiones para poder manipularlo cómodamente. Pero bien, en
esa temporada llevábamos los números de los jonrones, juegos ganados, hits,
mejores “fieldeadores”, etc. En ese juego, como en muchos otros, nuestra piel
terminaba tostándose bajo el sol de verano, pero poco importaba, era parte de
crecer y divertirnos.
También nuestros días fueron colmados de baloncesto, quizás el deporte que
más me entretenía y lo sigue haciendo hasta mis días de adulto. La cancha fue
nuestro hábitat natural desde el momento en el que
salía el sol. Tuvimos grandes juegos; grandes peleas por jugadas un
poco sucias y por una que otra palabra descompuesta… ¡Ay de quien osara
mencionarle la madre a otro!... En esos días en los que sólo llegabamos a
nuestros hogares a comer y a bañarnos, recibíamos en nuestra cancha, la Jiménez
Moya, rivales de los barrios cercanos y debo decir que eran mejores, siempre
nos ganaban: la calle da experiencias salvajes que en la civilidad del hogar no
aprendemos.
Un día, mientras el astro rey casi se despedía, llegó una persona
diferente. Era un joven adulto, moreno cenizo, con los dientes picados por las
caries y con una característica que nos deslumbró a todos, tenía el don de la
palabra y argumentaba mejor que cualquier abogado. El nombre de ese individuo
era Canquiña, o al menos eso nos hizo pensar.
Canquiña llegó a nosotros con una idea revolucionaria. Nos ofreció crear
una liga de pelota. Nos entrenaría y enseñaría los fundamentos básicos del béisbol
profesional. Dijo que disponía del equipo y material suficiente para lograr esa
meta. Prometió llevar bates, guantes, pelotas, cascos, máscaras y pecheras para
receptores, copas protectoras de las partes pudendas y muchas cosas más. A
cambio, todos nosotros, alrededor de quince chicos, teníamos que llevar la suma
de veinticinco centavos cada uno, lo que no era nada despreciable para aquel
entonces. En nuestras casas rogamos por ese dinero, dimos los mejores discursos
sobre nuestro futuro deportivo y, al final, con llantos de por medio, logramos
obtener el pase al conocimiento beisbolístico.
Al día siguiente llegamos puntuales a la cancha. Todos estábamos ansiosos
por la entrada de nuestro maestro-entrenador; y con media hora de atraso llegó
el hombre. Tenía en sus manos dos sacos de hilo, muy parecidos a los que usan
en los mercados para poner mercancías. Nos emocionamos ante esa imagen,
pensamos que equipo no nos iba a faltar. Canquiña, al vernos tan felices reparó
en decir que su palabra era palabra de Dios, pero que antes de iniciar debíamos
pagarle el dinero prometido. No dudamos, entregamos nuestra inversión y él, sin
pensarlo dos veces, vació los sacos: varios palos que parecían más garrotes que
bates de béisbol; pelotas hechas de hilo y medias; cascos y guantes hechos de
cajas de cartón y nada más. Nuestros rostros pasaron de lo sublime a lo
ridículo, empezamos a dudar, pero la esperanza aún no moría; al menos nos daría
el néctar del conocimiento táctico del juego.
Nuestro maestro-entrenador inició con sus enseñanzas. Empezó a hacer los gestos
y señales que supuestamente él, en sus años de experiencia, había aprendido de
los equipos de ligas mayores. Hizo una sarta de señales que ni siquiera
entendíamos y cada vez que le pedíamos las repitiera, terminaba haciendo
señales diferentes a las primeras, pero según él, mantenían el mismo
significado. Era todo un maestro… pero de la invención.
Nos empezó a colocar de manera arbitraria en posiciones imaginarias.
Desconocía las ubicaciones de los jugadores a nivel defensivo u ofensivo; no
tenía idea de cómo sujetar un bate; lejos de su conocimiento estaba el saber
cómo se anotaba una carrera; todo lo ignoraba. Nuestra decepción fue tan grande
que nos desesperamos y le dijimos que sabíamos más que él, sin embargo, nos
dijo que lo nuestro era pelota de calle y la técnica nunca la entenderíamos,
por lo que, indignado, decidió recoger su equipo y marcharse con nuestro dinero
sin pasar ni siquiera treinta minutos de “entrenamiento”.
Jamás volvimos a ver a Canquiña por el área de Mata Hambre y en ese verano
las aguas volvieron a su cauce natural, pero con un sabor a realidad en
nuestras papilas y veinticinco centavos menos en el bolsillo. Pero como los
niños perdonan y a veces olvidan, volvimos a jugar pelota, pero nuestra pelota
de calle, la que de verdad nos hacía felices.
No fue hasta muchos años después que nos enteramos que Canquiña, para
lograr su hazaña, duró haciendo un trabajo de inteligencia sobre el grupo de
Mata Hambre por el período de un mes. Desde la mañana hasta la noche estudió
nuestra conducta grupal y para eso se encaramaba en una mata que permitía ver
todos los ángulos de nuestra zona. Ahí aprendió nuestros gustos y disgustos,
nombres, afinidades y enemistades. Él, como cualquier genio de investigaciones,
lo sabía todo y necesitaba algo.