Translate

martes, 24 de junio de 2014

La canquiña no mata el hambre (3.75).

Muchos veranos de mi niñez los pasé en casa de una mis tantas tías, la hermana menor de mi papá. Allá en el sector Mata Hambre del Distrito Nacional, cuando el verano más atacaba, atacábamos mis primos y yo. Recuerdo que el mayor de ellos, con el que más confraternizaba junto a mi hermano, tenía una banda enorme de amigos, unos inteligentes, otros hábiles físicamente y algunos un poco tontos.

Hubo un verano en el que nos pasábamos los días practicando todo tipo de cosas para matar el tiempo, pues no éramos niños ricos para ir de campamento, pero sí lo suficientemente creativos para divertirnos más que cualquiera.

Teníamos peceras con betas, esos pececitos que peleaban mostrando sus colores como arco iris, y nos dedicábamos a enfrentarlos con todo el que pasara por nuestras calles. Muchas veces ganamos, pero muchas otras nos zarandearon a los pobres animalitos, que luego de esos enfrentamientos se volvían “monas”, es decir, incapaces de pelear. Los más veteranos siempre decían que nunca, pero nunca, debíamos poner los peces en latas de salsa de tomate porque eso también los volvía “monas”; era cierto, pero tenía una explicación que vine a conocer después: los químicos preservativos adheridos al metal del frasco envenenaban a los animales, sólo eso.

Pasada la fiebre de los betas, iniciábamos la temporada de vitilla. Creo que pocos ignoran lo que es, pero son las tapas de los botellones de agua potable, que luego de cumplir con la tarea de proteger el sagrado líquido, hacían en las manos de los niños y jóvenes las veces de pelotas de béisbol, claro, con la variante de que hacían una curva especial al momento de ser lanzadas, lo que dificultaba el poder batearlas, no con un bate, sino con un palo de escoba reducido en sus dimensiones para poder manipularlo cómodamente. Pero bien, en esa temporada llevábamos los números de los jonrones, juegos ganados, hits, mejores “fieldeadores”, etc. En ese juego, como en muchos otros, nuestra piel terminaba tostándose bajo el sol de verano, pero poco importaba, era parte de crecer y divertirnos.

También nuestros días fueron colmados de baloncesto, quizás el deporte que más me entretenía y lo sigue haciendo hasta mis días de adulto. La cancha fue nuestro hábitat natural desde el momento en el que salía el sol. Tuvimos grandes juegos; grandes peleas por jugadas un poco sucias y por una que otra palabra descompuesta… ¡Ay de quien osara mencionarle la madre a otro!... En esos días en los que sólo llegabamos a nuestros hogares a comer y a bañarnos, recibíamos en nuestra cancha, la Jiménez Moya, rivales de los barrios cercanos y debo decir que eran mejores, siempre nos ganaban: la calle da experiencias salvajes que en la civilidad del hogar no aprendemos.

Un día, mientras el astro rey casi se despedía, llegó una persona diferente. Era un joven adulto, moreno cenizo, con los dientes picados por las caries y con una característica que nos deslumbró a todos, tenía el don de la palabra y argumentaba mejor que cualquier abogado. El nombre de ese individuo era Canquiña, o al menos eso nos hizo pensar.

Canquiña llegó a nosotros con una idea revolucionaria. Nos ofreció crear una liga de pelota. Nos entrenaría y enseñaría los fundamentos básicos del béisbol profesional. Dijo que disponía del equipo y material suficiente para lograr esa meta. Prometió llevar bates, guantes, pelotas, cascos, máscaras y pecheras para receptores, copas protectoras de las partes pudendas y muchas cosas más. A cambio, todos nosotros, alrededor de quince chicos, teníamos que llevar la suma de veinticinco centavos cada uno, lo que no era nada despreciable para aquel entonces. En nuestras casas rogamos por ese dinero, dimos los mejores discursos sobre nuestro futuro deportivo y, al final, con llantos de por medio, logramos obtener el pase al conocimiento beisbolístico.

Al día siguiente llegamos puntuales a la cancha. Todos estábamos ansiosos por la entrada de nuestro maestro-entrenador; y con media hora de atraso llegó el hombre. Tenía en sus manos dos sacos de hilo, muy parecidos a los que usan en los mercados para poner mercancías. Nos emocionamos ante esa imagen, pensamos que equipo no nos iba a faltar. Canquiña, al vernos tan felices reparó en decir que su palabra era palabra de Dios, pero que antes de iniciar debíamos pagarle el dinero prometido. No dudamos, entregamos nuestra inversión y él, sin pensarlo dos veces, vació los sacos: varios palos que parecían más garrotes que bates de béisbol; pelotas hechas de hilo y medias; cascos y guantes hechos de cajas de cartón y nada más. Nuestros rostros pasaron de lo sublime a lo ridículo, empezamos a dudar, pero la esperanza aún no moría; al menos nos daría el néctar del conocimiento táctico del juego.

Nuestro maestro-entrenador inició con sus enseñanzas. Empezó a hacer los gestos y señales que supuestamente él, en sus años de experiencia, había aprendido de los equipos de ligas mayores. Hizo una sarta de señales que ni siquiera entendíamos y cada vez que le pedíamos las repitiera, terminaba haciendo señales diferentes a las primeras, pero según él, mantenían el mismo significado. Era todo un maestro… pero de la invención.

Nos empezó a colocar de manera arbitraria en posiciones imaginarias. Desconocía las ubicaciones de los jugadores a nivel defensivo u ofensivo; no tenía idea de cómo sujetar un bate; lejos de su conocimiento estaba el saber cómo se anotaba una carrera; todo lo ignoraba. Nuestra decepción fue tan grande que nos desesperamos y le dijimos que sabíamos más que él, sin embargo, nos dijo que lo nuestro era pelota de calle y la técnica nunca la entenderíamos, por lo que, indignado, decidió recoger su equipo y marcharse con nuestro dinero sin pasar ni siquiera treinta minutos de “entrenamiento”.

Jamás volvimos a ver a Canquiña por el área de Mata Hambre y en ese verano las aguas volvieron a su cauce natural, pero con un sabor a realidad en nuestras papilas y veinticinco centavos menos en el bolsillo. Pero como los niños perdonan y a veces olvidan, volvimos a jugar pelota, pero nuestra pelota de calle, la que de verdad nos hacía felices.

No fue hasta muchos años después que nos enteramos que Canquiña, para lograr su hazaña, duró haciendo un trabajo de inteligencia sobre el grupo de Mata Hambre por el período de un mes. Desde la mañana hasta la noche estudió nuestra conducta grupal y para eso se encaramaba en una mata que permitía ver todos los ángulos de nuestra zona. Ahí aprendió nuestros gustos y disgustos, nombres, afinidades y enemistades. Él, como cualquier genio de investigaciones, lo sabía todo y necesitaba algo.

lunes, 9 de junio de 2014

De camino al colegio.


“Echáronse a reír, y, convenidos en la cantidad, marchó [Alejandro] al punto donde estaba el caballo, tomóle por las riendas y, volviéndole, le puso frente al sol, pensando, según parece, que el caballo, por ver su sombra, que caía y se movía junto a sí, era por lo que se inquietaba”.
Plutarco,
Vidas Paralelas, Tomo V.

Cuando vivía en La Vega estudiaba en un colegio de monjas, el Cardenal Sancha, un poco alejado de mi casa, que estaba en el barrio Villa Rosa. Junto a mis hermanos solía ir caminando hacia aquel lugar que tanto me gustaba. Pero no siempre fue así, pasé a la vida de peatón luego de grandes aventuras.

Al inicio de nuestras incursiones al colegio, cuando cursaba el primero de primaria, solíamos ir en distintos medios de transporte. Pasolas, bicicletas y coches tirados por caballos. Iguales todos, pero diferentes.

Con la pasola era sencillo. Recuerdo que nos llevaba y traía, en una Chapi, un primo de mi abuelo paterno; el nombre del familiar del padre de mi padre nunca lo supe porque siempre lo llamaron por su apodo Atájala, que al resultarme tan cómico preferí usarlo siempre y así reprimí mi curiosidad sobre el santo nombre dado a su persona. Él era un hombre de baja estatura, blanco, de ojos verdes y con un pelo hecho cenizas, debido a su edad madura; siempre sonreía y nunca le faltó un cuento gracioso para hacernos reír.

En su Chapi nos desplazábamos a velocidades fascinantes, rompíamos el viento y nuestro cabello se alborotaba exultante cada vez que Atájala tocaba al fondo con el acelerador. Con él siempre llegamos a tiempo a las clases y al almuerzo en casa. Era casi tan puntual como la muerte.

Problemas hubo después, cuando al colegio nos llevaba un primo. Para esa tarea usaba una bicicleta aro 26. La primera dificultad era abordar los pequeños pasajeros: uno en la barra, otro en el timón y el último en los conos traseros. La segunda era que llegáramos sin caer al suelo y no nos raspáramos el cuerpo cada vez que un hoyo se nos atravesaba. Y la tercera, que llegáramos a tiempo, antes de que sonara la campana de inicio de clases. Debo aclarar que nunca llegamos sanos y salvos y mucho menos temprano, por lo que mi abuela descontinuó ese medio de transporte y tomó la decisión más inteligente: contrató un cochero.

En aquella época, entre la gente de mi barrio, había dos opciones de coches tirados por caballos. Uno de ellos era Piculín, hombre de piel negra, de facciones fuertes, con bigote bien tupido, muy feo, pero responsable; su coche era rojo y un solo caballo tiraba de él. Muchos niños eran transportados por Piculín, casi no daba abasto. El otro cochero era Antonio, un hombre mayor, “indio claro”, de nariz bulbosa con tono escarlata y ojos bondadosos; él, aún cobrando menos que su rival, contando con un coche pintado de un amarillito girasol, tenía menos clientela, lo que resultaba extraño a ojos de muchos.

Mi abuela, entre esas dos opciones, por asuntos de economía, eligió a Antonio, ignorando lo que ocultaban su mirada y nariz. Al inicio, en la primera semana, su servicio era impecable, siempre puntual, sobrio y respetuoso; incluso, superaba con creces a su antagonista Piculín. La felicidad no pasó de ahí. La segunda semana salió el verdadero rostro de Antonio, su nariz se veía más roja de lo habitual, un tufo nauseabundo de alcohol dominaba su entorno, creo que hasta su caballo, llamado Caballo, era esclavo del ron, porque muchas fueron las veces que vi al pobre animal trastabillarse con el suelo.

Antonio vociferaba a los cuatro vientos lo que pensaba, le importaban un bledo los sermones de mi abuela; decía palabras obscenas a las maestras que salían caminando de mi colegio; cantaba boleros improvisados a su bestia Caballo. A los niños que transportaba nos ponía a hacer los coros de sus canciones. Y mientras él cantaba el verso: “Caballo me dice”; nosotros respondíamos a coro: “No pueeeeeedooo…”

Con Antonio todo eso era normal y los niños lo disfrutábamos. Pero la cosa más extraña ocurrió un día de retorno a casa. Piculín y Antonio se encontraron en el camino; ambos dirigiéndose al mismo lugar y con ansias de vencer a su rival; las miradas lo decían todo. En una esquina, mientras se encontraban uno al lado del otro, decidieron poner a correr a sus caballos con toda la fuerza que la naturaleza les había dado. Estábamos observando una carrera de cocheros dentro de la misma acción, no lo podíamos creer. Los caballos parecían expulsar fuego por sus bocas, los jinetes se veían como seres endemoniados detrás de almas incautas.

No puedo negar mi asombro por el esfuerzo que Antonio ponía en aquel duelo de titanes. Exigía a Caballo, cual inspector suizo, que corriera sin fallas. De verdad me deslumbró. Y ya en la recta final de ese encuentro pude notar como mi cochero hizo, junto a su animal, un último esfuerzo para derrotar a su rival Piculín. Ganó por una nariz y en las cercanías de mi casa.

Esa es una de las imágenes imborrables de mi niñez. Aquel hombre victorioso, con la cara al sol, se parecía al divino Alejandro Magno montado en Bucéfalo, luego de derrotar a Darío III, el persa, en las batallas de Issos y Gaugamela. El orgullo no le cabía en el pecho.

Mis andanzas con Antonio hasta ahí llegaron, esa fue la gota que derramó el vaso. Mi abuela se enteró de todo y pasé de niño privilegiado, transportado en coche, a simple niño peatón. 

jueves, 29 de mayo de 2014

Las mil facetas de Rafael.

En la vida hay personas pícaras, que de todo saben y hacen. Cuando era niño, Rafael Rodríguez, mi padre, formaba parte de ese conjunto de personas; era un todólogo, nadie sabía más que él sobre las cosas. Siempre andaba inventando, elucubrando negocios, lo malo es que casi ninguno florecía y yo nunca entendí el porqué si en el fondo eran ideas tan geniales, al menos eso creía.

Se puede decir que pocas de sus pintorescas incursiones fueron llevadas con relativo éxito. El negocio más recordado por mí, además de sus afanes con las artes plásticas –siempre presentes en su vida–, fue la Óptica Dominicana, ubicada en la calle Las Mercedes, casi esquina Sánchez, número 319, de la Zona Colonial. Ahí, frente al parquecito de la iglesia Las Mercedes, pasé muchos días observando como mi papá, optometrista certificado, buscaba el sostén para su familia.

Una imagen que nunca olvido era la de los vendedores ambulantes ofreciendo sus productos. El cafetero, con su café y su frasco especial de “cremora”; el vendedor de maní tostado, que como todos los de su tipo, debajo de la lata grande con maní, llevaba una latita llena de carbón incandescente para mantener el calor en tan fina leguminosa.

Una mención especial es el recuerdo de los “buzos”, aquellas personas que escarbaban en basura ajena, extrayendo tesoros a los que todo el tiempo encontraban venta en la persona de mi papá, que podría decirse era todo un coleccionista de antigüedades. Sables antiguos que terminaron sustraídos por “gente de confianza”, mapas de la época de La Colonia que terminaron destruidos en un acto de sonambulismo, figuras de deidades que ya ni recuerdo donde fueron a parar. Esas y muchas cosas más las tenía Rafael.

En aquel lugar fantástico, la óptica de mi padre, siempre me quedaba contemplando unas figuras que estaban en la estantería principal. Parecían eternas y con una historia que sin conocerla mucho sabía que alguna importancia tenía para mí. Eran dos estatuillas hechas de alambre muy parecido al cobre. Una de ellas era alargada, un jinete espigado, con armadura y montado en un caballo largo y flaco; la otra era regordeta y pequeña, un hombrecito rodondo con sombrero y encima de un jumento de regular tamaño. Eran El Quijote de la Mancha y su noble escudero Sancho Panza, ambos cabalgando sus nobles animales, Rocinante y “el rucio”. Una tarde mi papá me preguntó si me gustaban y me explicó de dónde venían esos personajes. Dijo que había leído el Quijote unas diecinueve veces y que ese año lo volvería a hacer. Tiempo después descubrí, buscando entre las cosas de la casa, que él ni siquiera tenía el libro, no estaba en su agenda leerlo.

Otro de sus inventos, fue Destreza, un negocio para reparar electrodomésticos, de lo cual nada sabía. Lo puso en el mismo local donde su óptica estuvo por muchos años. Su socio era un “ingeniero doble”, como solía llamarlo su esposa. Era Rafael Sarante, originario de La Vega, igual que mi padre, hombre agudo en las matemáticas y la historia, pero con un conocimiento práctico un poco desfasado, y de quien tendría que abrir en otro momento un capítulo aparte sobre su peculiar vida. Abanico que llegara a él, terminaría doblemente dañado; licuadora que tocaba no volvía a funcionar jamás. Mi papá, como socio capitalista y ejecutivo frente a los clientes, tenía que dar la cara cada vez que Sarante estropeaba un electrodoméstico llevado con un “fallito” al negocio. Por eso tenía que recurrir a otros técnicos para que repararan las piezas doblemente dañadas. Las ganancias, por supuesto, eran nulas. El negocio no duró mucho.

Muchas fueron las inventivas de mi padre. Vendió cinturones con grandes hebillas para mujeres; fue diseñador y sastre; fabricó muebles de bambú, luego de caoba; vendió pinturas Power Rider para carros; y un largo etcétera.

Al final sé que, cual Leonardo da Vinci de esta época, mi padre hizo su mejor invento: luchar por sus hijos. Por ellos concibió tantas ideas, por ellos se arriesgó a crear, por ellos cada día se reinventó. Su amor era el motor que lo dirigía.

martes, 20 de mayo de 2014

La hormiguita que no quería.

Hace mucho tiempo existió una hormiguita que se avergonzaba de ser parte del hormiguero en que vivía. Sentía que su lugar no era otro que el que habitaban los grandes animales, los cuales gozaban de su entera admiración. Nunca quiso saber de las otras hormigas, le resultaba repugnante que trabajaran tanto para el conjunto y nunca para ellas mismas, se sentía superior.

Sus redes de comunicación química las dirigía expresamente hacia el perro, el gato y los cerdos, nunca hacia sus pares, porque, en su interior, le parecía que no podrían entenderla como los animales grandes. Sin embargo, a pesar del odio hacia las demás hormigas, fingía quererlas y las engañaba todo el tiempo diciéndoles que sus acciones eran para el bien del hormiguero, chiquito, pero con muchos seres.

Un día, después de muchos engaños, mientras planificaba con los animales más grandes otra más de sus hazañas, se le ocurrió que era hora de acabar con las demás hormigas. El plan era simple, la hormiguita iba a convocar a todas las demás hacia la parte superior del hormiguero, con la promesa de que algo mágico sucedería. Pero lo milagroso y taumatúrgico era que el perro, el gato y los cerdos, contando con el apoyo de su socia, iban a comérselas a todas.

Cuando llegó el momento en el que todas las hormigas estaban en el umbral de su hogar, aparecieron de repente el perro, el gato y los cerdos, atacando con sus lenguas todo lo que veían, pues el instinto no les permitía diferenciar a quién o qué comían, olvidando completamente que su admiradora, confundida en el tumulto, también se encontraba allí; y ella, ante esta horrible situación, en un último aliento, cuando estaba a punto de ser devorada, levantó afligida las antenitas hacia el cielo, pensando de manera lúcida por una sola vez en su vida: “Olvidé que siempre fui una hormiga”.

miércoles, 14 de mayo de 2014

El mango con carne.

Allá por los ochenta, cuando aún no llegaba a la decena de años ni lo quería, vivía en la ciudad de La Vega. Mi rango de movimiento no pasaba del barrio Villa Rosa, calle Dr. Morillo, esquina Concepción Taveras. Una casa de dos niveles, pintada de rosado y gris todo el tiempo, y, ante mis ojos de niño, descomunal en el tamaño.

Mi barrio era un lugar donde casi todos se conocían. Mi abuela, la mamá de mi papá, Ramona Hernández, de apodo Monga, quien se encargaba de mi crianza para aquel entonces, resultaba ser muy popular entre sus vecinos, de los cuales sabía más de lo que yo imaginaba. De entre todos los vecinos hubo una que conocí muy superficialmente, era doña Negra, quien vivía al doblar la esquina de mi casa, cruzando la calle Concepción Taveras.

Negra vivía en una casita verde de madera, con una de esas galerías rurales en las que, como mucho, cabía una mecedora vieja. Nunca me atreví a entrar en aquella vivienda, tenía cierto temor porque desde afuera, desde la acera, sólo se veía oscuridad y la silueta de los que caminaban allí dentro. Recuerdo que sí tenía un hijo, de quien no sé su nombre, pero del que recuerdo que estaba en clara edad para casarse y aún vivía con su madre, no sé si cuidándola o ella cuidándolo a él, pero ahí estaba.

Eran como personas congeladas en el tiempo. Siempre la misma posición, los mismos hábitos, al menos los que alcanzaba a ver desde la acera del frente. Parecían estatuas de piedra, como si la Medusa de los griegos los hubiera atacado con su mirada. Tal vez, en mi ingenuidad, la de niño, esa era la razón por la que no me atrevía a acercarme mucho a aquel lugar.

Pero hubo un día, en un venturoso verano, en el que me puse pantaloncitos cortos, franela desmangada y calizos, mi ropita de valiente, y decidí ir hacia allá, pero no sólo por la vestimenta, sino porque colocaron frente a su casa una lata de metal, de aquellas de aceite La Manicera, de la Sociedad Industrial Dominicana. Hasta el tope, la lata estaba llena de mangos, de esos medianos, dulzones, con manchas negras, bien carnosos. Cuando vi esa imagen como caída del cielo, en una época en la que las golosinas y chucherías escaceaban para mí, me pregunté de dónde esa gente de Dios había sacado tan rico manjar, cuando ni siquiera se atrevían a cruzar la calle; y mi duda fue contestada cuando vi que detrás del techo de la casa de doña Negra sobresalía una mata de mangos bien tupida, cuya copa dublicaba la altitud de ese bohío del siglo XX. ¡Increíble!, los frutos siempre estuvieron ahí y no me di cuenta hasta ese día.

Pero bien, en ese acto de valor, luego de cruzar la calle como me enseñó mi abuela, me acerqué apertrechado con dos monedas de diez centavos a la lata maravillosa y le pregunté al señor en edad de casarse, al hijo de doña Negra, el precio de sus mangos. Desde que me dijo que cada fruta costaba la mitad del dinero que yo cargaba no hice más que elegir y tomar el ejemplar que más atractivo me pareció y entregué la tan importante suma.

Ese mango era como una bendición, mis pequeñas manos no alcanzaban abarcarlo completo, pero no importaba, era mío. Mientras volvía a mi casa no pude contenerme, con los dientes empecé a pelarlo. Miraba al cielo suspirando mientras quitaba la cáscara y mordía como fiera salvaje, no necesitaba verlo, era un fenómeno de la naturaleza en mi boca.

De repente, al doblar la esquina, como si hubiera cambiado de dimensión, se me ocurrió ver el mango que tanto disfrutaba. La sorpresa fue enorme, alguien o algo me acompañaba en el festín. Cuando me fijé bien, después de tragarme el último bocado, reaccioné y distinguí una familia de gusanos, algunos muertos sin cabeza y la otra parte compitiendo por tragar y tragar lo que con tanto valor compré. Todo quedó ahí, vencieron, se habían ganado el derecho a comer primero; y yo, derrotado, aprendí una lección de vida difícil de olvidar: ¡No hay nada mejor que un mango con carne!

martes, 13 de mayo de 2014

Pari passu: Balones, bananas y discriminación.*

Hace varios días, en distintos escenarios relacionados al deporte, se escenificaron algunos acontecimientos con un tema común: discriminación.

El primer evento al que voy a referirme se presentó con las declaraciones que profirió Donald Sterling, dueño del equipo de Los Ángeles Clippers, de la Liga Nacional de Baloncesto (NBA, en sus siglas en inglés), en Estados Unidos de Norteamérica. Resulta que fue grabado mientras le manifestaba a su novia que no le interesaba que a los partidos de su equipo fuera con gente “negra” o que se estuviera retratando con ellas. Esto provocó gran revuelo en esa liga deportiva y en todo el mundo, tanto así que hasta el mismo presidente de esa nación se pronunció, detractando aquellas palabras discriminadoras; los jugadores de aquel equipo, en su mayoría de color, hicieron firme reclamo, así como el entrenador (también de color); las empresas patrocinadoras rechazaron esas palabras y, algunas –en reclamo– dieron fin al contrato con el equipo; al final, la oficina del Comisionado de la liga suspendió de por vida en su participación en la NBA al señor Donald Sterling, imponiendo una multa de varios millones de dólares, adicionando un conjunto de medidas para garantizar la operatividad del equipo.

El otro acontecimiento –quizás menos grave, quizás peor, por las vías de hecho–, se dio en España, en un partido de fútbol de la Liga BBVA, entre el Villareal y el FC Barcelona. ¿Qué sucedió? Mientras Dani Alves, jugador del Barcelona, de nacionalidad brasileña, de rasgos mulatos, se disponía a ejecutar un tiro de esquina, le arrojaron una banana como símbolo de racismo, queriendo compararlo con un primate. La idea era hacerlo sentir menos que persona y, evidentemente, discriminado; no obstante, quizás por la costumbre de los desafueros racistas de unos cuantos, el futbolista tomó la situación de una manera graciosa e inteligente. Su respuesta sentenció el momento: simplemente, en plena ejecución de jugada, tomó la banana arrojada, le quitó la cáscara y se la comió. Esto desató una campaña viral por las redes sociales y otros medios de comunicación que terminó sumando adeptos a la causa contra el racismo: todos con banana en mano.

Estas anécdotas del ámbito deportivo sólo son un reflejo de la discriminación que en algunas mentes retorcidas aún persiste. Es cierto que no somos iguales, que cada ser tiene sus propias características y condiciones, incluyendo los talentos, las virtudes, los vicios y los defectos, pero ello no hace a nadie superior o mejor a los demás.

Por eso, en nuestra media ínsula, el canon normativo proscribe tajantemente toda forma de discriminación. Y el artículo 39 de la Constitución Política de la República Dominicana, de manera concreta, nos dice lo siguiente: “Todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, reciben la misma protección y trato de las instituciones, autoridades y demás personas y gozan de los mismos derechos, libertades y oportunidades, sin ninguna discriminación por razones de género, color, edad, discapacidad, nacionalidad, vínculos familiares, lengua, religión, opinión política o filosófica, condición social o personal”.

Es decir, el Estado no sólo debe la garantía de la igualdad a nivel de instituciones y autoridades públicas, sino que esa protección elemental también se circunscribe al aseguramiento de la no discriminación por parte de los particulares, de las demás personas, porque al final del camino, todos estamos –al menos en el papel– en igualdad de condiciones.

Estamos pari passu, en igual paso, a pesar de nuestras diferencias.

Con balones y con bananas, nuestro trato mutuo aún es de iguales.

*Artículo publicado en el periódico elpaisdominicano.do el día 13/5/2014.

jueves, 8 de mayo de 2014

Esparta y la caída por Taigeto: Molde o libertad.*

En Esparta, una de las polis (ciudades estado) más importantes de la Grecia Antigua, se practicaba –en germen– la eugenesia, con la finalidad de preservar el poderío de guerra. Aquel nacido con rasgos de debilidad, era arrojado desde la cima del monte Taigeto, luego de que una comisión gubernamental lo concluyera así. Los “cortos de talla” no eran aptos para esa sociedad que no tenía ejército, porque en sí misma lo era en su totalidad, tal como nos revelara Indro Montanelli en su obra Historia de los griegos: una sociedad sostenida sobre la base del moldeado de personas, para lograr la sensación de estabilidad y unidad que forjaría su poder. El que no se ajustara a esas condiciones, simplemente era excluído del todo.

La idea del perfeccionamiento humano no es cosa de ahora, siempre ha existido el deseo de mejorar al hombre y la mujer en el campo de la salud, del deporte, del desarrollo de las capacidades cognoscitivas, así como en otras áreas. Y puede que esta idea de mejoramiento signifique la eliminación de caracteres débiles en el ADN, la extinción de enfermedades a las que la ciencia no ha podido dar solución; el alcance de metas físicas e intelectuales inimaginables, para así lograr una sociedad lo más cercana al ideal con el que fue concebida. Pero frente a ello es válido preguntarnos el costo ético-moral que representa.

¿Significaría la manipulación genética –como nuevo paradigma de solución– la respuesta para crear una estructura social perfecta? ¿Implicaría esta incursión en el campo de la eugenesia un nuevo modo de segregar a las personas, en aptos o no aptos, válidos o no válidos?

Esas preguntas nos llevarían, inevitablemente, a pensar en los regímenes totalitaristas, en los que la visión de uno es la visión de todos; donde todos, de manera sistémica, responden sin queja alguna, en obediencia sin reproches, a las órdenes superiores, lo cual destruye el fin de la libertad humana y, honestamente, no es lo que se busca en nuestra sociedad de hoy.

Es posible que haya humanos más sanos; atletas superdotados, con cocteles de ADN superiores; genios intelectuales prefabricados y algo más. Sin embargo, esto no implica que sean personas con mejor espíritu, con mejores intenciones o con mayores probabilidades de hacer las cosas bien: sólo logra dar herramientas que no bastan para alcanzar la felicidad real, la que se conquista con la voluntad individual, en una lucha diaria.

Es preferible una sociedad construída sobre la base de nuestros propios vicios y virtudes; del afán constante por el alcance de nuestros ideales; del ensayo y del error, que es lo que nos hace humanos; de las victorias y las derrotas, porque ambas nos enseñan el camino a seguir.

Las sociedades artificiales, eugenésicas, reducen al humano a ser un ente “perfecto”, pasible de caer en lo obsoleto e inadecuado (no válido); mientras que las construidas a fuego, lágrimas y sangre, nos convierten en algo más que carne, nos hace querer ser algo más de lo que nacimos para ser.

El espíritu humano es inquebrantable, indomable. A pesar de los límites, siempre trasciende, no importa que nazca lejos de una cuna lujosa, o que sus capacidades físicas no sean las más óptimas: siempre hallará la forma de superar sus debilidades, de sobrevivir a la caída del Taigeto.

* Publicado originalmente en el periódico elpaisdominicano.do.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Él, su mujer y Kafka. 

Todas las noches, en la comodidad de su lecho, cogía su smart phone y, con una aplicación de lectura, abría la llamada Metamorfosis de Kafka, el checo. Siempre la misma cosa, la misma cantidad de páginas leídas hasta que el sueño lo iba venciendo.

No sabía cuánto tardaría en acabar esa lectura, no le interesaba. Su meta era disipar y saborear la historia poco a poco, para asimilarse mínimamente a Gregorio.

La oscuridad lo rodeaba como un manto de azabache, sólo el reflejo del aparato inteligente lo iluminaba hasta deslumbrar sus ojos con la furia del sol enceguecedor.

Pero esa rutina cambió en una sola noche en la que sintió que en la cortina del ventanal del aposento se formaban las siluetas de una delicada mujer, cada vez que el viento la tocaba. No estaba loco ni alucinaba, era el recuerdo de aquella mujer que tanto amó y dejó caer, aquella mujer con pelo cobrizo y piel caoba que sólo pedía ser amada eternamente, como se ama a los santos, a los mártires y a los héroes.

Volvió con el recuerdo que arrastra el viento para decirle al velador nocturno que debió amarla siempre, que su decisión la sepultó y la llevó a vagar en formas en que nada más los muertos suelen hacerlo.

La culpa le dolía, lo aturdía hasta desfallecer y, en ese instante, un sonido muy real lo reanimó: “amor, ya duérmete, mañana trabajas”. Sólo estaban él, su mujer y Kafka.