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martes, 24 de noviembre de 2015



Hoy… quizás mañana
(Prosa in/con/versa nacida de Brecht).

A quien duda

Dices que nos va mal. La oscuridad
crece. Las fuerzas flaquean.
Después de trabajar tantos años
nos encontramos ahora en una situación
más difícil que cuando
comenzamos.

El enemigo es ahora
aún más fuerte que nunca.
Parece que ha crecido su fuerza. Ha cobrado
una apariencia de invencibilidad.
Mientras que nosotros hemos cometido errores,
es inútil negarlo.
Cada vez somos menos. Nuestras
consignas son confusas. Una parte
de nuestras palabras
ha sido tergiversada por el enemigo hasta convertirla en
irreconocible.

¿Qué es erróneo, falso, de todo aquello que hemos dicho?
¿Una parte o todo?
¿Con quién contamos todavía?
¿Somos supervivientes, arrastrados
por la corriente? Quedaremos rezagados, sin
comprender ya a nadie, incomprendidos por todos.

¿O podemos contar con la buena fortuna?

Esto preguntas. No esperes
otra respuesta que no sea la tuya.

Bertolt Brecht (1898-1956).-


Hoy, quizás, estamos pasando por momentos complicados. Momentos que nos llenan de furia, de desesperación, de miedos, de dudas. Pero no hay tiempo para escapar, la vida continúa, respira en cada movimiento, en cada descanso, en cada éxito y fracaso, y no podemos hacernos a un lado. Nuestro deber es seguir hasta que el silencio de la muerte nos robe el aliento. El mañana es nuestro destino, la clave e inspiración de lo que debemos hacer ahora, confiando en nosotros mismos, en nuestra conciencia, en la bondad que hay en nuestros atribulados corazones; el mañana es ahora, mientras sufrimos y gozamos, mientras batallamos por alcanzar cada meta propuesta, mientras dialogamos con el eco de las palabras que se deshacen en el aire; el mañana es ahora, cuando luchamos en la incertidumbre, cuando sentimos que los brazos no resisten más peso que el de los músculos cansados; el mañana es ahora, en el momento en que buscas la comida de tus hijos, en el momento en que justificas con sudor lo que has ganado y mereces, el momento en que las cosas se vuelven personales, en que los problemas de uno se convierten en el problema de todos, como si los espejos confundieran las luces de la realidad; el mañana es ahora, cuando podemos hacer algo, cuando tenemos el destino en las manos, cuando tenemos las grises nubes sobre nosotros y podemos predecir la lluvia que preñará la tierra. Hoy, quizás, el mañana es nuestro.

Por Nassir Rodríguez Almánzar.

martes, 30 de junio de 2015

Pedro Henríquez Ureña, a 131 años de su nacimiento.
Por: Nassir Rodríguez Almánzar
(Publicado originalmente en el periódico El País Domininicano -elpaisdominicano.do- el día 29/6/2015)

En este breve espacio no intento hacer una biografía de quien podría decirse –hasta sin el “podría”– que es el mayor humanista que ha parido el suelo dominicano. Poco se habla de él en estos momentos de prisa, de caos y de miseria, siendo necesario recordarlo una vez más, cuando se cumplen 131 años de su natalicio. Pedro Henríquez Ureña, aún con el irremediable paso del tiempo, sigue ahí, fijo en la memoria, deambulando con sus gestos y breves palabras de maestro, el pensamiento intelectual y moral de nuestra nación, a pesar de que no contamos, hace ya mucho tiempo, con su presencia física.

Su primer aliento lo tuvo el 29 de junio del año 1884, en el seno mismo de la Zona Colonial. Hijo de la poetisa nacional, Salomé Ureña de Henríquez, quien no necesita carta de presentación,  y del prominente intelectual y político Francisco Henríquez y Carvajal. Desde muy pequeño, por la influencia de sus padres, demostró su talento por la literatura, componiendo, en nombre de su ilustre madre, hermosos versos de amor filial; representando, junto a su hermano Max, obras del bardo William Shakespeare.

El maestro Andrés L. Mateo, en su ensayo Pedro Henríquez Ureña. Errancia y creación, pone de manifiesto que nuestro mayor humanista fue un niño precoz y curioso, capaz de entender el secreto de la vida, mucho antes de vivirla. Y su proceso de formación cultural e intelectual fue sistemático, gracias a la colaboración conjunta de sus progenitores.

Tuvo contacto directo con Eugenio María de Hostos, El Ciudadano  de América, debido a la relación de amistad que guardaba con su familia y de él nutrió bastante su curiosidad las veces que pudo. Habiendo terminado sus estudios secundarios, Pedro, en busca del perfeccionamiento del idioma inglés, se trasladó a la ciudad de Nueva York, quedando completamente impactado por aquella urbe que de todo tenía, cambiando en él, y para siempre, la imagen dibujada en su mente por el prejuicio “arielista” contra el utilitarismo anglosajón. El contacto con el teatro, la música y las artes plásticas lo maravillaron y reforzaron su andar por la literatura.

Vivió en Cuba, México, Estados Unidos y Argentina, formando parte, en cada uno de esos países, de los grupos intelectuales de avanzada. En Cuba, por ejemplo, con apenas 21 años, publicó su primera obra, titulada Ensayos críticos. Ya en México, donde se hizo abogado en 1914 tuvo una vida intelectual más prolongada, siendo allí, incluso, precursor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional (hoy Universidad Nacional Autónoma de México), haciendo un paréntesis en Estados Unidos de América con la realización de sus estudios de maestría y doctorado en Artes y Literatura, respectivamente, en la universidad de Minnesota. En Argentina, a pesar de no tener cátedra universitaria, fue reconocido por los mejores y más encumbrados intelectuales, como el maestro que es –más allá de la muerte misma–, formando parte del grupo intelectual Sur, siendo su colaboración en la revista del mismo nombre un elemento importante para la conformación del mundo de las letras argentinas en los años 1930 y 1940, influyendo en un tal Jorge Luis Borges, en edad de plena producción fantástica.

El aporte bibliográfico de Pedro Henríquez Ureña no fue poco. En su esencia, era dirigido con intenciones didácticas, con mucho rigor científico y enfocado en las letras, la filosofía y el arte, siempre que estuviera el ser humano vinculado a ello. No hay glosador o biógrafo que pueda decir lo contrario, sino reafirmarlo. Nuestro humanista fue un pensador que se interesaba “en todo lo humano por más humilde que fuese” (José G. Gerrero: Pedro Henríquez Ureña: Crítica, teoría y método).

Y sus enseñanzas, “como todos los maestros genuinos”, dicho por Borges, allá en el año 1959, se basaban en un “método indirecto”, ya que “bastaba su presencia para la discriminación y el rigor”. Quizás, el mismo creador del Aleph, fue quien en una ocasión incurrió “en la ligereza de preguntarle si no le desagradaban las fábulas y él respondió con sencillez: No soy enemigo de los géneros”; siendo aquella respuesta una pequeña muestra de ese “manera abreviada” de educar.

El hijo se Salomé ocupó la posición de Superintendente de Educación en República Dominicana, en los inicios de la dictadura de Trujillo, comenzando sus funciones de manera oficial el 1º de enero del 1932, entre precariedades y decepciones por el estado de cosas que, con su capacidad perceptiva, notaba se avecinaba. De todas maneras, “a pesar de todo su malestar espiritual”, trabajó en la modernización del sistema educativo dominicano, introduciendo “los métodos positivistas de enseñanza de la ciencia”. No obstante haber hecho todo el esfuerzo para que las cosas acá fueran mejores, se sentía maniatado por el crecimiento de un régimen autoritario y, envuelto en “un silencio que lo acompañó el resto de su vida”, abandonó el país en junio de 1933 (L. Mateo, Andrés: 2001).

Su conocimiento y enseñanzas hicieron tanto eco que, incluso, en la universidad de Harvard dictó conferencias, las cuales fueron tituladas Plenitud de España, siendo él “la primera persona de habla no inglesa en ocupar la cátedra Charles Eliot Norton en esa universidad”, tal como lo advierte José G. Guerrero, citando a Enrique Krauze en El crítico errante.

Pedro Henríquez Ureña fue un superdotado con todas las condiciones para tener éxito y supo aprovechar sus posibilidades sin siquiera esperar a que alguien se las sirviera en bandeja de plata. Consagró su vida a los demás, a pesar de ser menospreciado en ciertas ocasiones. Un hombre totalmente abnegado, dispuesto siempre a decir: “Yo sólo sé de amores que hacen sufrir, y digo como el patriota: Mi tierra no es para mí triunfo, sino agonía y deber”.

Espiró su último aliento en 1946, iba en tren y el mismo nunca llegó a su destino. La eternidad era su última morada.

martes, 19 de mayo de 2015

Y él viejo y yo joven.

El hijo que no tuve ya es más viejo que yo. Su pelo es blanco y almidonado, nada oscuro en él se ve. Surca su rostro la selva que nunca cubrió mi cara, es un hombre maduro y realizado. Todos lo reconocen como alguien a quien seguir. Quizás me hubiera gustado ser como él, seguir sus pasos sin saber que es hoy lo que nunca imaginé que sería. Lleva mi nombre y lo llaman como a mí, pero no es a mí a quien llaman sino a él y sus victorias, sus logros, sus trofeos. Yo, en cambio, nada puedo decir a mi favor, al fin y al cabo, nadie me escuchará, mi voz querrá salir, pero no hará eco donde no entra el aire, así que chocará en seis paredes, unas más grandes que otras, y seguiré en ese mundo del olvido, tal vez del recuerdo de los que aún guardan alguna gota de amor por mí, que al ser derramada me lleva más al exilio de la infinita ausencia. Ahí está él, mientras tanto, cosechando los éxitos que no coseché, lo veo anciano, en una digna pose que nunca logré; habla con paciencia, con esa cordura que se adquiere con los años, con esa paz que otorgan las arrugas. Y yo, rendido, tomo nota de lo que soy, de lo que él es y de lo que a través de sus actos, con él viejo y con mi yo joven, acontece. Siempre seré el muchacho que admirará la obra de su hijo ya mayor, de ese que fue niño y adolescente y hombre adulto y que hoy es una bella extensión del árbol de la vida, que mientras cae toda marrón y arrugada y raramente inmarcesible, ya alimenta el presente y el futuro.

viernes, 1 de mayo de 2015

No hay visa sin pasaporte.

“Porque siempre hay ocasión para contar mejor y varias veces una sola historia”.

Palabras de un aprendiz hacia un “anfibio” que no coge corte.

Quién iba a imaginar que aquellos hombres pidiendo clemencia, suplicando por sus vidas, eran los que al inicio de ese día entraban como reyes. Yo, con la poca existencia que llevaba en este mundo, nunca había visto unos individuos tan extraños. Su llegada a mi humilde y polvoriento pueblo fue una gran sorpresa, pero mayor fue la impresión que tuve cuando el ambiente se tornó en algo más que una feria de violencia que no logré entender sino muchos años después, porque en aquel entonces vivía en ese pequeño universo en el que los niños apenas aprecian el amor básico de sus padres, la comida, las golosinas y la tranquilidad ofrecida por las canicas, los trompos y los calizos remendados con pinchos.

Eran tres, y uno de ellos, a pesar de verse y presentarse como subordinado del más buen mozo, parecía ser el líder. Su nombre, tal como se presentó ante la mirada escéptica de todos, era Yen. Él se destacaba por el olor nauseabundo que desprendía su ropa, que se sentía como si la hubiera sumergido en una cubeta llena de perfume detallado. Era un moreno que rayaba en lo morado, con una dentadura perlada que iluminaba todo a su alrededor; intimidaba a primera vista, pero tenía esa aura extraña que a los ojos de un niño provoca una admiración inexplicable. Hasta aquel día nunca hube visto una persona tan extravagante y comparona.

Los otros dos no pasaban de ser figuras decorativas, al menos es lo que a mí me pareció. Uno era un mulato alto, con uniforme de militar, de silencio sepulcral y de mirada bovina, de esas que no dicen nada. Mientras que el otro, era un rubio de ojos azules, hablaba sin hablar, gesticulaba, sonreía, asentía con la cabeza todo lo que Yen decía.

Mi pueblo era una tierra sin muchas riquezas materiales, sólo contaba con la bondad de su gente, la belleza de sus mujeres y la esperanza de sus hijos. Allí cualquier cosa sorprendía, pero ese día no sé que los llevó a reaccionar de aquella manera, daba la sensación de que la presencia de esos individuos y sus ofrecimientos de visa para viajar al país del Norte no fueran una novedad. Sólo bastó una chispa para que iniciara el acto de locura colectiva; y fue la propuesta de entrega de visa a cambio de los pasaportes y el pago de la “módica” suma de cien dólares por persona lo que desencadenó la ira. Ahí, luego de cinco segundos casi interminables, tronó la primera “galleta”… ¡plaf!... justo en la sien de aquel hombre de apariencia robusta; y la andanada de golpes sobre los tres no se hizo esperar. Yo simplemente veía desde lejos, no fuera a ser que se me contagiara la rabia, o peor, que me tatuaran un golpe en el pequeño rostro, porque el diablo es puerco y mueve el rabito.

No valían los ruegos ni los llantos. Incluso, los acompañantes de Yen, que antes no habían pronunciado una sola palabra, estaban recitando junto a él una letanía que se derretía con cada azote contra el suelo. Pero lo que me pareció más raro no era el clamor de los visitantes, sino la exaltación de la gente siempre mansa de mi pueblo. Pude ver, con cierta angustia, como mis padres, mis abuelos y hasta mis hermanos mayores se transformaban en bestias. No creía nada de lo que atestiguaban mis ojos, no podía comprender que de unas sencillas palabras se llegara a tales actos de salvajismo.

Yen y sus dos amigos derramaban lágrimas de sangre, con cada esfuerzo por respirar se agotaba su vida, no era necesario ser médico para darse cuenta de ello. Sin embargo, con la indiferencia de los niños ante los problemas, poco a poco, me fui desinteresando de aquel espectáculo y preocupándome más por lanzar el trompo y ponerlo a bailar en la palma de mi mano.

Mientras tanto, tres individuos, ahogados en su propia risa, iban montados en un carro que se desplazaba a toda máquina. Y en el preciso instante en que el conductor observaba por el espejo retrovisor, alcanzó a ver como una multitud enardecida arrojaba dentro de una pira improvisada tres cadáveres ensangrentados muy parecidos a él y a sus acompañantes. Yo, que en juegos y cosas de niño ya estaba, logré ver el vehículo, pero no diferenciaba si entraba o salía del pueblo.

lunes, 27 de abril de 2015

Sin pasaporte no hay visa.

Yen era un tipo de piel negra, de manos ásperas, más feo que pegarle a un padre, pero siempre andaba perfumado, y quien no podía verlo lo imaginaba como a un dios griego. Josué era alto, tan espigado como las plantas de trigo, su cabello crespo siempre estaba mojado, el keli era su marca de fábrica. Y Ricardo era un individuo rubio, con los ojos tan azules como el cielo de mediodía, con una sonrisa de vaquero estilo western, parecía un gringo cualquiera.

Los tres, en los no tan lejanos años ochenta del siglo XX, se dedicaron a la ardua tarea de recorrer toda la geografía nacional. Su misión era ir poblado por poblado a ofrecer visa estadounidense a todo el parroquiano que quisiera cumplir el sueño americano. Sus víctimas… perdón… sus clientes, sólo tenían que cumplir con el requisito del pasaporte y el módico pago de cien dólares o su equivalente en pesos para los impuestos, y voila: visa otorgada.

Cada uno tenía su rol, dependiendo de las habilidades que la naturaleza les había proveído, no fuera a ser que en una de esas metieran la pata, porque el diablo es puerco y mueve el rabito. Ricardo interpretaba el personaje de cónsul norteamericano, su apariencia daba para ello y la pronunciación de su inglés no era para nada despreciable, un digno representante de los Estados Unidos de Norteamérica. Josué, no por ser el más joven ni el más tonto e ignorante, representaba al personaje del militar; lo hacía porque el tamaño y la caradura que tenía permitía que pasara como un miembro más de las Fuerzas Armadas; no tenía que hablar, sólo debía observar con cuidado todo cuanto ocurría en torno al “cónsul”, ya que los agentes diplomáticos y consulares son intocables. La posición de Yen era la más delicada, pues a éste le correspondía hacer de intérprete, gestor, intermediario y “facilitador” entre el “cónsul” y las víctimas… perdón… los clientes; él, con su dominio preciso del inglés, cual cirujano con bisturí, se comunicaba locuazmente con el representante consular, impresionaba a la gente, la convencía, al parecer su perfume embriagador hipnotizaba a todo el mundo, de verdad que era un hombre con talento.

Para visitar todas las comunidades rurales donde engañaron… perdón… ayudaron a muchas personas, se servían de un Lincoln Continental negro del año 1979. Era un vehículo majestuoso, con techo corredizo y asientos de cuero, a cualquiera se le iban los ojos con esa máquina que parecía traída del futuro. Recorrieron parajes, caminos vecinales de fácil acceso, municipios y zonas cercanas a la frontera con nuestro país vecino.

Uno de los tantos lugares para realizar su estafa… perdón… su servicio, fue La Otra Banda, un pequeño distrito municipal de la provincia La Altagracia, ubicado al noreste del municipio cabecera Salvaleón de Higüey. Para aquel entonces, la población de aquella comunidad no sobrepasaba los mil habitantes, todos se conocían. Allí, como en casi todos los rincones del país, la gente tenía ansias de ser dominicanyork, pero no se sabe si por la cercanía a la isla del encanto o por la situación económica, sus aspiraciones eran mucho más marcadas. La gente sudaba deseo, angustia, desesperación por ser parte de la urbe gringa; machacaban el inglés como ellos entendían, los wan tu trompin, los pintinglis y los ayam jir no se guardaban entre los dientes y la boca. De verdad creían ser maestros de aquella lengua. Pero todo cambió el día en que aquel Apolo, vestido de cónsul llegó por allá junto a su Hermes y su titán.

Fue en una tarde soleada de abril cuando al ritmo de la canción No te monte en esa yola del merenguero Wilfrido Vargas, que sonaba en una bocina del ventorrillo más grande del pueblo, que llegaron Yen, Josué y Ricardo. Todos se impresionaron al ver entrar ese portentoso vehículo negro conducido por un militar grandísimo, usando un uniforme con más rayas que la del Coronel Trauman en Rambo, que tenía a su derecha, en el asiento del copiloto, a un señor oscuro con gafas negras parecidas a las de Ray Charles; y la emoción de la gente no fue menor cuando, luego de estacionado el carro, vieron salir al hombre de pelo dorado, escoltado por el mismo guardia que condujo el carro hasta allí, la verdad es que parecía un sol, todo giraba en torno a él.

Mr. consul, we have arrived to our destiny –dijo Yen con un inglés perfecto–, the people of this place need your help.

It`s true, it`s true. You are very perceptive. –Respondió ávidamente Ricardo, mientras Josué hacía uso del silencio más solemne que podía existir, incluso mayor que el de los guardias del Palacio de Buckingham de Londres.

Pero ninguna de esas palabras en inglés caló tanto como la palabra cónsul. Desque que ese sustantivo flotó por el sonido lo demás sobraba. Las personas de aquel tranquilo lugar sólo entendían de viaje. Su mayor anhelo era salir del país. Ellos asumían el hecho de tener visa como una profesión más y como el mayor de los sueños de un niño… Se escuchaban expresiones como estas: “¡Oh, Yurubeisi tiene novio! ¿Y qué hace ese muchacho?”, y la respuesta era contundente, “¡ese muchacho tiene visa americana!”… En efecto, los aparecidos tenían conciencia de esa debilidad del pueblo y fueron a aprovecharla.

Una multitud rodeó a los tres visitantes. Le preguntaban al guardia porque creían que este era más accesible, pero al verlo siempre callado se dieron cuenta que la persona adecuada era Yen, quien demostraba esa complicidad que sólo los hombres conectados pueden tener, por lo que inmediatamente cambiaron de intermediario. Era cierto, a ojos visto le traducía al cónsul todo lo que la gente quería comunicar y cada vez que él le hablaba la sonrisa de aquel rubio se explayaba de oreja a oreja.

De inmediato surgieron las inquietudes de viaje, de visa, oportunidades para poder viajar a los Estados Unidos. Muchos de los curiosos estaban dispuestos hasta a jurar por la bandera de barras y estrellas, renegando de la tricolor; ofrecían los mejores quesos y dulces que su región producía, a lo que no se negaba Yen, que depués de recibir un yes como respuesta por parte del cónsul, le ordenaba al militar depositar en la cajuela del carro todo lo recolectado.

Los habitantes de ese pequeño pueblo ya sentían que tenían un pie en “los países”, y Yen, parecido más a un tiburón que a un humano, olfateó la sangre y tras una breve charla con el cónsul –en inglés, claro–, les dijo que había posibilidades de que pudieran ellos recibir el visado. Tan sólo debían entregar sus pasaportes y la suma de los cien dólares o su equivalente en peso, tal como fue planeado en un inicio. La gente se volvió loca, parecía una escena de película en la que todos corren a buscar algo. En cuestión de minutos reaparecieron con la documentación y el dinero –sorprendentemente en dólares–, como si hubiesen estado preparados toda su vida para una oportunidad como la que se les presentó.

Al ver aquel espectáculo, Yen, Ricardo y Josué, no hicieron más que observarse con el rabillo del ojo y pensaron al unísono: “ya guisamos”. Frente a los estafados… perdón… los clientes, hubo manifestaciones solemnes de que el cónsul iba a agilizar todas esas visas para dentro de una semana y que al término de la misma estaban todos, ni uno más ni uno menos, recibiendo sus pasaportes con el sello de libertad. Ya no quedaba mucho por hablar, el cónsul pronunció un discurso de esperanza y unión entre los pueblos de Estados Unidos y República Dominicana, que iba traduciendo su hombre de confianza ante la actitud siempre recta del militar que cuidaba la integridad física del digno representante del Norte. La gente los despidió con un estruendoso aplauso; bailaban, cantaban, oraban al cielo las plegarias más hermosas, ni siquiera los cánticos del David bíblico los superaban. Y en lo que eso ocurría, el Lincoln Continental del 1979 iba a toda máquina con aquellos tres, que con mucho queso y dulce para comer, eran diez mil dólares más ricos.

A Yen y a los demás se les daba mejor la estrategia que la administración, no tardaron ni una semana en gastar toda esa plata, lo que los obligó a realizar la hazaña en otra pequeña comunidad, que al igual que La Otra Banda, después de varias décadas, aún sigue esperando la aparición de los dichosos pasaportes, pero esa ya es otra historia.

miércoles, 22 de abril de 2015

Un cummings cualquiera.


“…porque la vida no es un párrafo

Y la muerte no es un paréntesis”

e. e. cummings

Recuerdo vagamente un escritor estadounidense, nacido en las postrimerías del siglo XIX de nuestra era. En la literatura todo se le daba bien, sobre todo en la poesía. Hablo de e. e. cummings (Edward Estlin Cummings); y aunque pareciera que he escrito mal las siglas de su nombre y apellido, no es así, porque resulta que esto se deriva de la forma tan peculiar en la que él escribía.

Poseía una sintaxis única en sus escritos. Cualquier signo de puntuación podía significar cualquier cambio en el texto. Una coma podía ser fácilmente un punto, o ella misma podía atravesarse en una sola palabra. En el año 1926 escribió en un poema, recogido en la antología El uno y el innumerable quien, unos versos que reflejan –y no creo que por simple casualidad– su espíritu indómito:

ya que sentir está primero
quien alguna atención preste
a la sintaxis de las cosas
no te besará nunca por completo

De manera desparpajada, escribía como sentía, como pensaba, como le daba la gana. Creaba y creía en lo que creaba. Muchos hicieron algo parecido: Gabriel García Márquez, tan grande como fue, sigue siendo y –espero– será siempre, lo hizo en su novela El otoño del patriarca, cuando en descomunales párrafos y escasos puntos, relataba la historia del paradigma del dictador latinoamericano; me parece que Marcel Proust lo hizo antes que cummings, cuando se negaba al uso de los puntos y se sentía seducido por la coma, pero nunca como éste, que interrumpía una palabra con cualquier signo, inventaba sustantivos… alteraba hasta el tiempo.

Y cuál será el motivo de estas cortas líneas que inician con un homenaje a e. e. cummings. Quizás sea una tontería, pero tengo un amigo que se destaca por ser muy lacónico, siempre va al punto en las cosas que debe decir o hacer. Es peculiar y sencillamente me llevó al poeta.

Si viaja no lleva cámaras fotográficas. Dice que en un pestañeo capta para siempre las imágenes en su memoria. En una ocasión fue a Tailandia, y en Bangkok, su capital, visitó el fabuloso Wat Arun, un templo ubicado a orillas del río Chao Praya; disfrutó de la comida rica y condimentada del mercado público, sobre todo del som tam, con su combinación entre el dulce de la lechosa, el salado de la salsa de pescado y el picante del chile con ajo y tomate; soñó despierto con la belleza de sus mujeres, mientras paseaba por los canales de esa “Venecia del Oriente”. Pero lo más notable de esa travesía es que no hizo una sola foto.

Él toma alcohol, pero nunca más de lo debido, no vaya a ser que una borrachera le robe las ideas. Cuando ríe, controla que esa risa no le haga bombear más sangre que la que su frugal corazón permite. Cuando hace algún acto de humor, procura que no sea ligero, ni mucho menos negro… lo prefiere gris. Cuando escribe hasta las mayúsculas se ahorra, eso es cuestión de tiempo.

Sabe que la vida es un acto de rebeldía, que en un suspiro se va, y todo se lleva cuando acaba. La disfruta a su manera, con estilo propio, igual que e. e. cummings, su arte y sus signos.


jueves, 16 de abril de 2015

¿Es natural romper con el flujo natural de las cosas?

¿Acaso es natural para el ser humano quedarse estático, apático y poco curioso a las maravillas que ofrece ese caos ordenado llamado universo?

martes, 31 de marzo de 2015

“Justicia” y circo.


El extraño caso de la “justicia”.

En su definición más básica, la justicia es “dar a cada quien lo que merece”. Pero esa ficción conceptual no siempre es alcanzada. Muchos inocentes son condenados, mientras que los culpables, corruptos y ladrones del futuro son absueltos, liberados, hallados –por simple técnica procesal– “no perseguibles”, pues la balanza se inclina antojadizamente hacia donde el poder tiene más peso.

Existen los casos en que muchas garantías procesales que, al ser presentadas por alguno que otro imputado sin poder alguno, son ignoradas y rechazadas porque éste no tiene capacidad para mover los hilos o, simplemente, no goza de la famosa “pulgada”. Pero también existen los casos en que las garantías procesales son observadas hasta con lupa –incluso de la manera más extensible posible–, cuando son invocadas por alguien que controla la “marioneta”.

Nada de ello puede llamar a sorpresa, es parte de nuestra historia como nación y, si se quiere, de la humanidad: A nadie ha de sorprender que un alegato de non bis in idem sea rechazado a un pobre, pero sí acogido a un político con influencias, por ejemplo; a nadie debe sorprender que a un miserable, siendo inocente, se le castigue con la pena máxima, y que, a un potentado, sin importar el origen de su fortuna, le concedan el premio de la “no culpabilidad” y hasta con trofeo incluido.

Esa verdad, casi inobjetable, en la que los tecnicismos sólo importan para los que “pueden”, nos muestra una justicia de doble personalidad. Recuerda mucho El extraño caso del Dr. Jekyll y del Sr. Hyde, del inmortal escritor Robert Louis Stevenson, porque (como van y son las cosas) nuestro sistema tiene dos caras: la represiva y sancionadora por antonomasia (por excelencia), pero contra los hijos del sol, los de nadie, los “descamisados”; y la garantista, hasta niveles hiperbólicos (exagerados), pero a favor de los “amos”.

Lo que sabemos es que la semana que culminó con un viernes de “dolores” (la pasada), terminó en grande. El Sr. Hyde, con fórmula incluida, hizo su trabajo y ya se ocultó; en esta semana, tenemos de vuelta al Dr. Jekyll, sin fórmulas secretas, sin paroxismos (arrebatos), haciendo lo que sabe hacer: “dar a cada quien lo que merece”.

La venta del circo.

Por cierto, Guy Laliberté, fundador y propietario del Cirque du Soleil, anunció la pasada semana que el famoso circo está en venta, planeando quedarse con un diez por ciento de las acciones de la empresa.

A la fecha, el Cirque du Soleil ha presentado una totalidad de 33 creaciones artísticas, en diversos escenarios alrededor de todo el mundo.

¿Quién comprará? ¿Acaso el circo ya fue comprado y hemos presenciado un nuevo espectáculo (el 34º)? ¿Seguirá siendo itinerante?

Sólo espero que no se instale permanentemente aquí, pero quién lo sabe…

miércoles, 25 de marzo de 2015

Quiero ser como tú.

No hay versos
No hay rimas
No hay palabras

El que quiera saborear enlaces, que los haga
El que desee métrica, que la construya
El que desee palabras bonitas, que las cree
El que quiera poesía, que la imagine

– ¡Qué bien escribes, poeta!
– ¡Qué sentimientos llenas, poeta!
– ¡Cuánta imaginación, poeta!
– ¡Eso pensaba yo, poeta!
– ¡Me enamoras, poeta!
– ¡Me seduces, poeta!
– ¡Me inspiras, poeta!
– ¡Qué útil siendo inútil eres, poeta!
– ¡Vaya filosofía que profesas, poeta!

Todos cantan y alaban al poeta
En él encuentran sus palabras
Con él, los versos que no existen, aparecen
Todo encaja
Suena y se lee bonito

Maldito ser, que en una palabra lo dice todo
Divino ser, que sin nada decir, todo lo dice

Arrogante ser,
Que estando, nunca estás
Que sin andar, caminas
Que sin respirar, respiras
Que sin pensar, piensas
Que sin cantar, cantas
Que sin querer, quieres
Que sin vivir, vives
Que sin bailar, bailas,
Que sin escribir, escribes,
Que sin llorar, lloras
Que sin amar, amas
Que sin morir, mueres…

Tu mal no tiene fin
Eres un testarudo incurable
Peor que el filósofo, que en su filosofía muere
A ti te inspira todo,
El aire
La ira
La felicidad
El llanto
La envidia
El paisaje
La idiotez
El sexo
La justicia
Los hombres
Las mujeres
El universo
La fe
El consuelo
La locura
La razón…

¡Carajo, no tienes fin!
¿Y es que acaso te hicieron inmortal?

Te veo en todas partes
En toda la gente
En las redes
En las calles
En la interrupción de una conversación por una llamada
En la voz de todos
Vives a través de las vidas ajenas
¡Oh, poeta!

¿Cómo lo haces?
¡Dime!
¿Cómo logras que una voz se sienta dulce?
¿Cómo penetras por los oídos si sólo te leen?
¿Cómo muestras colores si no te ven?
¿Cómo das placer si no tocas?
¿Cómo haces crecer un árbol sin ser agricultor?
¿Cómo transmites un sentimiento?
¡Coño!
¿Cómo lo haces?
¿De dónde sacas tantas palabras?

Poeta, eres un bicho raro
Contaminas a todos con tus versos: enciendes, apagas
Recrudeces sentimientos
Calmas pasiones
Haces fotos sin cámara y nunca sales
Eres inmenso
Ocupas todos los espacios
No das tregua

Poeta, decidí que quiero ser como tú,
Aun sin palabras, sin versos, sin rimas

De cualquier cosa, escribir…