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lunes, 27 de abril de 2015

Sin pasaporte no hay visa.

Yen era un tipo de piel negra, de manos ásperas, más feo que pegarle a un padre, pero siempre andaba perfumado, y quien no podía verlo lo imaginaba como a un dios griego. Josué era alto, tan espigado como las plantas de trigo, su cabello crespo siempre estaba mojado, el keli era su marca de fábrica. Y Ricardo era un individuo rubio, con los ojos tan azules como el cielo de mediodía, con una sonrisa de vaquero estilo western, parecía un gringo cualquiera.

Los tres, en los no tan lejanos años ochenta del siglo XX, se dedicaron a la ardua tarea de recorrer toda la geografía nacional. Su misión era ir poblado por poblado a ofrecer visa estadounidense a todo el parroquiano que quisiera cumplir el sueño americano. Sus víctimas… perdón… sus clientes, sólo tenían que cumplir con el requisito del pasaporte y el módico pago de cien dólares o su equivalente en pesos para los impuestos, y voila: visa otorgada.

Cada uno tenía su rol, dependiendo de las habilidades que la naturaleza les había proveído, no fuera a ser que en una de esas metieran la pata, porque el diablo es puerco y mueve el rabito. Ricardo interpretaba el personaje de cónsul norteamericano, su apariencia daba para ello y la pronunciación de su inglés no era para nada despreciable, un digno representante de los Estados Unidos de Norteamérica. Josué, no por ser el más joven ni el más tonto e ignorante, representaba al personaje del militar; lo hacía porque el tamaño y la caradura que tenía permitía que pasara como un miembro más de las Fuerzas Armadas; no tenía que hablar, sólo debía observar con cuidado todo cuanto ocurría en torno al “cónsul”, ya que los agentes diplomáticos y consulares son intocables. La posición de Yen era la más delicada, pues a éste le correspondía hacer de intérprete, gestor, intermediario y “facilitador” entre el “cónsul” y las víctimas… perdón… los clientes; él, con su dominio preciso del inglés, cual cirujano con bisturí, se comunicaba locuazmente con el representante consular, impresionaba a la gente, la convencía, al parecer su perfume embriagador hipnotizaba a todo el mundo, de verdad que era un hombre con talento.

Para visitar todas las comunidades rurales donde engañaron… perdón… ayudaron a muchas personas, se servían de un Lincoln Continental negro del año 1979. Era un vehículo majestuoso, con techo corredizo y asientos de cuero, a cualquiera se le iban los ojos con esa máquina que parecía traída del futuro. Recorrieron parajes, caminos vecinales de fácil acceso, municipios y zonas cercanas a la frontera con nuestro país vecino.

Uno de los tantos lugares para realizar su estafa… perdón… su servicio, fue La Otra Banda, un pequeño distrito municipal de la provincia La Altagracia, ubicado al noreste del municipio cabecera Salvaleón de Higüey. Para aquel entonces, la población de aquella comunidad no sobrepasaba los mil habitantes, todos se conocían. Allí, como en casi todos los rincones del país, la gente tenía ansias de ser dominicanyork, pero no se sabe si por la cercanía a la isla del encanto o por la situación económica, sus aspiraciones eran mucho más marcadas. La gente sudaba deseo, angustia, desesperación por ser parte de la urbe gringa; machacaban el inglés como ellos entendían, los wan tu trompin, los pintinglis y los ayam jir no se guardaban entre los dientes y la boca. De verdad creían ser maestros de aquella lengua. Pero todo cambió el día en que aquel Apolo, vestido de cónsul llegó por allá junto a su Hermes y su titán.

Fue en una tarde soleada de abril cuando al ritmo de la canción No te monte en esa yola del merenguero Wilfrido Vargas, que sonaba en una bocina del ventorrillo más grande del pueblo, que llegaron Yen, Josué y Ricardo. Todos se impresionaron al ver entrar ese portentoso vehículo negro conducido por un militar grandísimo, usando un uniforme con más rayas que la del Coronel Trauman en Rambo, que tenía a su derecha, en el asiento del copiloto, a un señor oscuro con gafas negras parecidas a las de Ray Charles; y la emoción de la gente no fue menor cuando, luego de estacionado el carro, vieron salir al hombre de pelo dorado, escoltado por el mismo guardia que condujo el carro hasta allí, la verdad es que parecía un sol, todo giraba en torno a él.

Mr. consul, we have arrived to our destiny –dijo Yen con un inglés perfecto–, the people of this place need your help.

It`s true, it`s true. You are very perceptive. –Respondió ávidamente Ricardo, mientras Josué hacía uso del silencio más solemne que podía existir, incluso mayor que el de los guardias del Palacio de Buckingham de Londres.

Pero ninguna de esas palabras en inglés caló tanto como la palabra cónsul. Desque que ese sustantivo flotó por el sonido lo demás sobraba. Las personas de aquel tranquilo lugar sólo entendían de viaje. Su mayor anhelo era salir del país. Ellos asumían el hecho de tener visa como una profesión más y como el mayor de los sueños de un niño… Se escuchaban expresiones como estas: “¡Oh, Yurubeisi tiene novio! ¿Y qué hace ese muchacho?”, y la respuesta era contundente, “¡ese muchacho tiene visa americana!”… En efecto, los aparecidos tenían conciencia de esa debilidad del pueblo y fueron a aprovecharla.

Una multitud rodeó a los tres visitantes. Le preguntaban al guardia porque creían que este era más accesible, pero al verlo siempre callado se dieron cuenta que la persona adecuada era Yen, quien demostraba esa complicidad que sólo los hombres conectados pueden tener, por lo que inmediatamente cambiaron de intermediario. Era cierto, a ojos visto le traducía al cónsul todo lo que la gente quería comunicar y cada vez que él le hablaba la sonrisa de aquel rubio se explayaba de oreja a oreja.

De inmediato surgieron las inquietudes de viaje, de visa, oportunidades para poder viajar a los Estados Unidos. Muchos de los curiosos estaban dispuestos hasta a jurar por la bandera de barras y estrellas, renegando de la tricolor; ofrecían los mejores quesos y dulces que su región producía, a lo que no se negaba Yen, que depués de recibir un yes como respuesta por parte del cónsul, le ordenaba al militar depositar en la cajuela del carro todo lo recolectado.

Los habitantes de ese pequeño pueblo ya sentían que tenían un pie en “los países”, y Yen, parecido más a un tiburón que a un humano, olfateó la sangre y tras una breve charla con el cónsul –en inglés, claro–, les dijo que había posibilidades de que pudieran ellos recibir el visado. Tan sólo debían entregar sus pasaportes y la suma de los cien dólares o su equivalente en peso, tal como fue planeado en un inicio. La gente se volvió loca, parecía una escena de película en la que todos corren a buscar algo. En cuestión de minutos reaparecieron con la documentación y el dinero –sorprendentemente en dólares–, como si hubiesen estado preparados toda su vida para una oportunidad como la que se les presentó.

Al ver aquel espectáculo, Yen, Ricardo y Josué, no hicieron más que observarse con el rabillo del ojo y pensaron al unísono: “ya guisamos”. Frente a los estafados… perdón… los clientes, hubo manifestaciones solemnes de que el cónsul iba a agilizar todas esas visas para dentro de una semana y que al término de la misma estaban todos, ni uno más ni uno menos, recibiendo sus pasaportes con el sello de libertad. Ya no quedaba mucho por hablar, el cónsul pronunció un discurso de esperanza y unión entre los pueblos de Estados Unidos y República Dominicana, que iba traduciendo su hombre de confianza ante la actitud siempre recta del militar que cuidaba la integridad física del digno representante del Norte. La gente los despidió con un estruendoso aplauso; bailaban, cantaban, oraban al cielo las plegarias más hermosas, ni siquiera los cánticos del David bíblico los superaban. Y en lo que eso ocurría, el Lincoln Continental del 1979 iba a toda máquina con aquellos tres, que con mucho queso y dulce para comer, eran diez mil dólares más ricos.

A Yen y a los demás se les daba mejor la estrategia que la administración, no tardaron ni una semana en gastar toda esa plata, lo que los obligó a realizar la hazaña en otra pequeña comunidad, que al igual que La Otra Banda, después de varias décadas, aún sigue esperando la aparición de los dichosos pasaportes, pero esa ya es otra historia.

miércoles, 22 de abril de 2015

Un cummings cualquiera.


“…porque la vida no es un párrafo

Y la muerte no es un paréntesis”

e. e. cummings

Recuerdo vagamente un escritor estadounidense, nacido en las postrimerías del siglo XIX de nuestra era. En la literatura todo se le daba bien, sobre todo en la poesía. Hablo de e. e. cummings (Edward Estlin Cummings); y aunque pareciera que he escrito mal las siglas de su nombre y apellido, no es así, porque resulta que esto se deriva de la forma tan peculiar en la que él escribía.

Poseía una sintaxis única en sus escritos. Cualquier signo de puntuación podía significar cualquier cambio en el texto. Una coma podía ser fácilmente un punto, o ella misma podía atravesarse en una sola palabra. En el año 1926 escribió en un poema, recogido en la antología El uno y el innumerable quien, unos versos que reflejan –y no creo que por simple casualidad– su espíritu indómito:

ya que sentir está primero
quien alguna atención preste
a la sintaxis de las cosas
no te besará nunca por completo

De manera desparpajada, escribía como sentía, como pensaba, como le daba la gana. Creaba y creía en lo que creaba. Muchos hicieron algo parecido: Gabriel García Márquez, tan grande como fue, sigue siendo y –espero– será siempre, lo hizo en su novela El otoño del patriarca, cuando en descomunales párrafos y escasos puntos, relataba la historia del paradigma del dictador latinoamericano; me parece que Marcel Proust lo hizo antes que cummings, cuando se negaba al uso de los puntos y se sentía seducido por la coma, pero nunca como éste, que interrumpía una palabra con cualquier signo, inventaba sustantivos… alteraba hasta el tiempo.

Y cuál será el motivo de estas cortas líneas que inician con un homenaje a e. e. cummings. Quizás sea una tontería, pero tengo un amigo que se destaca por ser muy lacónico, siempre va al punto en las cosas que debe decir o hacer. Es peculiar y sencillamente me llevó al poeta.

Si viaja no lleva cámaras fotográficas. Dice que en un pestañeo capta para siempre las imágenes en su memoria. En una ocasión fue a Tailandia, y en Bangkok, su capital, visitó el fabuloso Wat Arun, un templo ubicado a orillas del río Chao Praya; disfrutó de la comida rica y condimentada del mercado público, sobre todo del som tam, con su combinación entre el dulce de la lechosa, el salado de la salsa de pescado y el picante del chile con ajo y tomate; soñó despierto con la belleza de sus mujeres, mientras paseaba por los canales de esa “Venecia del Oriente”. Pero lo más notable de esa travesía es que no hizo una sola foto.

Él toma alcohol, pero nunca más de lo debido, no vaya a ser que una borrachera le robe las ideas. Cuando ríe, controla que esa risa no le haga bombear más sangre que la que su frugal corazón permite. Cuando hace algún acto de humor, procura que no sea ligero, ni mucho menos negro… lo prefiere gris. Cuando escribe hasta las mayúsculas se ahorra, eso es cuestión de tiempo.

Sabe que la vida es un acto de rebeldía, que en un suspiro se va, y todo se lleva cuando acaba. La disfruta a su manera, con estilo propio, igual que e. e. cummings, su arte y sus signos.


jueves, 16 de abril de 2015

¿Es natural romper con el flujo natural de las cosas?

¿Acaso es natural para el ser humano quedarse estático, apático y poco curioso a las maravillas que ofrece ese caos ordenado llamado universo?

martes, 31 de marzo de 2015

“Justicia” y circo.


El extraño caso de la “justicia”.

En su definición más básica, la justicia es “dar a cada quien lo que merece”. Pero esa ficción conceptual no siempre es alcanzada. Muchos inocentes son condenados, mientras que los culpables, corruptos y ladrones del futuro son absueltos, liberados, hallados –por simple técnica procesal– “no perseguibles”, pues la balanza se inclina antojadizamente hacia donde el poder tiene más peso.

Existen los casos en que muchas garantías procesales que, al ser presentadas por alguno que otro imputado sin poder alguno, son ignoradas y rechazadas porque éste no tiene capacidad para mover los hilos o, simplemente, no goza de la famosa “pulgada”. Pero también existen los casos en que las garantías procesales son observadas hasta con lupa –incluso de la manera más extensible posible–, cuando son invocadas por alguien que controla la “marioneta”.

Nada de ello puede llamar a sorpresa, es parte de nuestra historia como nación y, si se quiere, de la humanidad: A nadie ha de sorprender que un alegato de non bis in idem sea rechazado a un pobre, pero sí acogido a un político con influencias, por ejemplo; a nadie debe sorprender que a un miserable, siendo inocente, se le castigue con la pena máxima, y que, a un potentado, sin importar el origen de su fortuna, le concedan el premio de la “no culpabilidad” y hasta con trofeo incluido.

Esa verdad, casi inobjetable, en la que los tecnicismos sólo importan para los que “pueden”, nos muestra una justicia de doble personalidad. Recuerda mucho El extraño caso del Dr. Jekyll y del Sr. Hyde, del inmortal escritor Robert Louis Stevenson, porque (como van y son las cosas) nuestro sistema tiene dos caras: la represiva y sancionadora por antonomasia (por excelencia), pero contra los hijos del sol, los de nadie, los “descamisados”; y la garantista, hasta niveles hiperbólicos (exagerados), pero a favor de los “amos”.

Lo que sabemos es que la semana que culminó con un viernes de “dolores” (la pasada), terminó en grande. El Sr. Hyde, con fórmula incluida, hizo su trabajo y ya se ocultó; en esta semana, tenemos de vuelta al Dr. Jekyll, sin fórmulas secretas, sin paroxismos (arrebatos), haciendo lo que sabe hacer: “dar a cada quien lo que merece”.

La venta del circo.

Por cierto, Guy Laliberté, fundador y propietario del Cirque du Soleil, anunció la pasada semana que el famoso circo está en venta, planeando quedarse con un diez por ciento de las acciones de la empresa.

A la fecha, el Cirque du Soleil ha presentado una totalidad de 33 creaciones artísticas, en diversos escenarios alrededor de todo el mundo.

¿Quién comprará? ¿Acaso el circo ya fue comprado y hemos presenciado un nuevo espectáculo (el 34º)? ¿Seguirá siendo itinerante?

Sólo espero que no se instale permanentemente aquí, pero quién lo sabe…

miércoles, 25 de marzo de 2015

Quiero ser como tú.

No hay versos
No hay rimas
No hay palabras

El que quiera saborear enlaces, que los haga
El que desee métrica, que la construya
El que desee palabras bonitas, que las cree
El que quiera poesía, que la imagine

– ¡Qué bien escribes, poeta!
– ¡Qué sentimientos llenas, poeta!
– ¡Cuánta imaginación, poeta!
– ¡Eso pensaba yo, poeta!
– ¡Me enamoras, poeta!
– ¡Me seduces, poeta!
– ¡Me inspiras, poeta!
– ¡Qué útil siendo inútil eres, poeta!
– ¡Vaya filosofía que profesas, poeta!

Todos cantan y alaban al poeta
En él encuentran sus palabras
Con él, los versos que no existen, aparecen
Todo encaja
Suena y se lee bonito

Maldito ser, que en una palabra lo dice todo
Divino ser, que sin nada decir, todo lo dice

Arrogante ser,
Que estando, nunca estás
Que sin andar, caminas
Que sin respirar, respiras
Que sin pensar, piensas
Que sin cantar, cantas
Que sin querer, quieres
Que sin vivir, vives
Que sin bailar, bailas,
Que sin escribir, escribes,
Que sin llorar, lloras
Que sin amar, amas
Que sin morir, mueres…

Tu mal no tiene fin
Eres un testarudo incurable
Peor que el filósofo, que en su filosofía muere
A ti te inspira todo,
El aire
La ira
La felicidad
El llanto
La envidia
El paisaje
La idiotez
El sexo
La justicia
Los hombres
Las mujeres
El universo
La fe
El consuelo
La locura
La razón…

¡Carajo, no tienes fin!
¿Y es que acaso te hicieron inmortal?

Te veo en todas partes
En toda la gente
En las redes
En las calles
En la interrupción de una conversación por una llamada
En la voz de todos
Vives a través de las vidas ajenas
¡Oh, poeta!

¿Cómo lo haces?
¡Dime!
¿Cómo logras que una voz se sienta dulce?
¿Cómo penetras por los oídos si sólo te leen?
¿Cómo muestras colores si no te ven?
¿Cómo das placer si no tocas?
¿Cómo haces crecer un árbol sin ser agricultor?
¿Cómo transmites un sentimiento?
¡Coño!
¿Cómo lo haces?
¿De dónde sacas tantas palabras?

Poeta, eres un bicho raro
Contaminas a todos con tus versos: enciendes, apagas
Recrudeces sentimientos
Calmas pasiones
Haces fotos sin cámara y nunca sales
Eres inmenso
Ocupas todos los espacios
No das tregua

Poeta, decidí que quiero ser como tú,
Aun sin palabras, sin versos, sin rimas

De cualquier cosa, escribir…

martes, 24 de junio de 2014

La canquiña no mata el hambre (3.75).

Muchos veranos de mi niñez los pasé en casa de una mis tantas tías, la hermana menor de mi papá. Allá en el sector Mata Hambre del Distrito Nacional, cuando el verano más atacaba, atacábamos mis primos y yo. Recuerdo que el mayor de ellos, con el que más confraternizaba junto a mi hermano, tenía una banda enorme de amigos, unos inteligentes, otros hábiles físicamente y algunos un poco tontos.

Hubo un verano en el que nos pasábamos los días practicando todo tipo de cosas para matar el tiempo, pues no éramos niños ricos para ir de campamento, pero sí lo suficientemente creativos para divertirnos más que cualquiera.

Teníamos peceras con betas, esos pececitos que peleaban mostrando sus colores como arco iris, y nos dedicábamos a enfrentarlos con todo el que pasara por nuestras calles. Muchas veces ganamos, pero muchas otras nos zarandearon a los pobres animalitos, que luego de esos enfrentamientos se volvían “monas”, es decir, incapaces de pelear. Los más veteranos siempre decían que nunca, pero nunca, debíamos poner los peces en latas de salsa de tomate porque eso también los volvía “monas”; era cierto, pero tenía una explicación que vine a conocer después: los químicos preservativos adheridos al metal del frasco envenenaban a los animales, sólo eso.

Pasada la fiebre de los betas, iniciábamos la temporada de vitilla. Creo que pocos ignoran lo que es, pero son las tapas de los botellones de agua potable, que luego de cumplir con la tarea de proteger el sagrado líquido, hacían en las manos de los niños y jóvenes las veces de pelotas de béisbol, claro, con la variante de que hacían una curva especial al momento de ser lanzadas, lo que dificultaba el poder batearlas, no con un bate, sino con un palo de escoba reducido en sus dimensiones para poder manipularlo cómodamente. Pero bien, en esa temporada llevábamos los números de los jonrones, juegos ganados, hits, mejores “fieldeadores”, etc. En ese juego, como en muchos otros, nuestra piel terminaba tostándose bajo el sol de verano, pero poco importaba, era parte de crecer y divertirnos.

También nuestros días fueron colmados de baloncesto, quizás el deporte que más me entretenía y lo sigue haciendo hasta mis días de adulto. La cancha fue nuestro hábitat natural desde el momento en el que salía el sol. Tuvimos grandes juegos; grandes peleas por jugadas un poco sucias y por una que otra palabra descompuesta… ¡Ay de quien osara mencionarle la madre a otro!... En esos días en los que sólo llegabamos a nuestros hogares a comer y a bañarnos, recibíamos en nuestra cancha, la Jiménez Moya, rivales de los barrios cercanos y debo decir que eran mejores, siempre nos ganaban: la calle da experiencias salvajes que en la civilidad del hogar no aprendemos.

Un día, mientras el astro rey casi se despedía, llegó una persona diferente. Era un joven adulto, moreno cenizo, con los dientes picados por las caries y con una característica que nos deslumbró a todos, tenía el don de la palabra y argumentaba mejor que cualquier abogado. El nombre de ese individuo era Canquiña, o al menos eso nos hizo pensar.

Canquiña llegó a nosotros con una idea revolucionaria. Nos ofreció crear una liga de pelota. Nos entrenaría y enseñaría los fundamentos básicos del béisbol profesional. Dijo que disponía del equipo y material suficiente para lograr esa meta. Prometió llevar bates, guantes, pelotas, cascos, máscaras y pecheras para receptores, copas protectoras de las partes pudendas y muchas cosas más. A cambio, todos nosotros, alrededor de quince chicos, teníamos que llevar la suma de veinticinco centavos cada uno, lo que no era nada despreciable para aquel entonces. En nuestras casas rogamos por ese dinero, dimos los mejores discursos sobre nuestro futuro deportivo y, al final, con llantos de por medio, logramos obtener el pase al conocimiento beisbolístico.

Al día siguiente llegamos puntuales a la cancha. Todos estábamos ansiosos por la entrada de nuestro maestro-entrenador; y con media hora de atraso llegó el hombre. Tenía en sus manos dos sacos de hilo, muy parecidos a los que usan en los mercados para poner mercancías. Nos emocionamos ante esa imagen, pensamos que equipo no nos iba a faltar. Canquiña, al vernos tan felices reparó en decir que su palabra era palabra de Dios, pero que antes de iniciar debíamos pagarle el dinero prometido. No dudamos, entregamos nuestra inversión y él, sin pensarlo dos veces, vació los sacos: varios palos que parecían más garrotes que bates de béisbol; pelotas hechas de hilo y medias; cascos y guantes hechos de cajas de cartón y nada más. Nuestros rostros pasaron de lo sublime a lo ridículo, empezamos a dudar, pero la esperanza aún no moría; al menos nos daría el néctar del conocimiento táctico del juego.

Nuestro maestro-entrenador inició con sus enseñanzas. Empezó a hacer los gestos y señales que supuestamente él, en sus años de experiencia, había aprendido de los equipos de ligas mayores. Hizo una sarta de señales que ni siquiera entendíamos y cada vez que le pedíamos las repitiera, terminaba haciendo señales diferentes a las primeras, pero según él, mantenían el mismo significado. Era todo un maestro… pero de la invención.

Nos empezó a colocar de manera arbitraria en posiciones imaginarias. Desconocía las ubicaciones de los jugadores a nivel defensivo u ofensivo; no tenía idea de cómo sujetar un bate; lejos de su conocimiento estaba el saber cómo se anotaba una carrera; todo lo ignoraba. Nuestra decepción fue tan grande que nos desesperamos y le dijimos que sabíamos más que él, sin embargo, nos dijo que lo nuestro era pelota de calle y la técnica nunca la entenderíamos, por lo que, indignado, decidió recoger su equipo y marcharse con nuestro dinero sin pasar ni siquiera treinta minutos de “entrenamiento”.

Jamás volvimos a ver a Canquiña por el área de Mata Hambre y en ese verano las aguas volvieron a su cauce natural, pero con un sabor a realidad en nuestras papilas y veinticinco centavos menos en el bolsillo. Pero como los niños perdonan y a veces olvidan, volvimos a jugar pelota, pero nuestra pelota de calle, la que de verdad nos hacía felices.

No fue hasta muchos años después que nos enteramos que Canquiña, para lograr su hazaña, duró haciendo un trabajo de inteligencia sobre el grupo de Mata Hambre por el período de un mes. Desde la mañana hasta la noche estudió nuestra conducta grupal y para eso se encaramaba en una mata que permitía ver todos los ángulos de nuestra zona. Ahí aprendió nuestros gustos y disgustos, nombres, afinidades y enemistades. Él, como cualquier genio de investigaciones, lo sabía todo y necesitaba algo.

lunes, 9 de junio de 2014

De camino al colegio.


“Echáronse a reír, y, convenidos en la cantidad, marchó [Alejandro] al punto donde estaba el caballo, tomóle por las riendas y, volviéndole, le puso frente al sol, pensando, según parece, que el caballo, por ver su sombra, que caía y se movía junto a sí, era por lo que se inquietaba”.
Plutarco,
Vidas Paralelas, Tomo V.

Cuando vivía en La Vega estudiaba en un colegio de monjas, el Cardenal Sancha, un poco alejado de mi casa, que estaba en el barrio Villa Rosa. Junto a mis hermanos solía ir caminando hacia aquel lugar que tanto me gustaba. Pero no siempre fue así, pasé a la vida de peatón luego de grandes aventuras.

Al inicio de nuestras incursiones al colegio, cuando cursaba el primero de primaria, solíamos ir en distintos medios de transporte. Pasolas, bicicletas y coches tirados por caballos. Iguales todos, pero diferentes.

Con la pasola era sencillo. Recuerdo que nos llevaba y traía, en una Chapi, un primo de mi abuelo paterno; el nombre del familiar del padre de mi padre nunca lo supe porque siempre lo llamaron por su apodo Atájala, que al resultarme tan cómico preferí usarlo siempre y así reprimí mi curiosidad sobre el santo nombre dado a su persona. Él era un hombre de baja estatura, blanco, de ojos verdes y con un pelo hecho cenizas, debido a su edad madura; siempre sonreía y nunca le faltó un cuento gracioso para hacernos reír.

En su Chapi nos desplazábamos a velocidades fascinantes, rompíamos el viento y nuestro cabello se alborotaba exultante cada vez que Atájala tocaba al fondo con el acelerador. Con él siempre llegamos a tiempo a las clases y al almuerzo en casa. Era casi tan puntual como la muerte.

Problemas hubo después, cuando al colegio nos llevaba un primo. Para esa tarea usaba una bicicleta aro 26. La primera dificultad era abordar los pequeños pasajeros: uno en la barra, otro en el timón y el último en los conos traseros. La segunda era que llegáramos sin caer al suelo y no nos raspáramos el cuerpo cada vez que un hoyo se nos atravesaba. Y la tercera, que llegáramos a tiempo, antes de que sonara la campana de inicio de clases. Debo aclarar que nunca llegamos sanos y salvos y mucho menos temprano, por lo que mi abuela descontinuó ese medio de transporte y tomó la decisión más inteligente: contrató un cochero.

En aquella época, entre la gente de mi barrio, había dos opciones de coches tirados por caballos. Uno de ellos era Piculín, hombre de piel negra, de facciones fuertes, con bigote bien tupido, muy feo, pero responsable; su coche era rojo y un solo caballo tiraba de él. Muchos niños eran transportados por Piculín, casi no daba abasto. El otro cochero era Antonio, un hombre mayor, “indio claro”, de nariz bulbosa con tono escarlata y ojos bondadosos; él, aún cobrando menos que su rival, contando con un coche pintado de un amarillito girasol, tenía menos clientela, lo que resultaba extraño a ojos de muchos.

Mi abuela, entre esas dos opciones, por asuntos de economía, eligió a Antonio, ignorando lo que ocultaban su mirada y nariz. Al inicio, en la primera semana, su servicio era impecable, siempre puntual, sobrio y respetuoso; incluso, superaba con creces a su antagonista Piculín. La felicidad no pasó de ahí. La segunda semana salió el verdadero rostro de Antonio, su nariz se veía más roja de lo habitual, un tufo nauseabundo de alcohol dominaba su entorno, creo que hasta su caballo, llamado Caballo, era esclavo del ron, porque muchas fueron las veces que vi al pobre animal trastabillarse con el suelo.

Antonio vociferaba a los cuatro vientos lo que pensaba, le importaban un bledo los sermones de mi abuela; decía palabras obscenas a las maestras que salían caminando de mi colegio; cantaba boleros improvisados a su bestia Caballo. A los niños que transportaba nos ponía a hacer los coros de sus canciones. Y mientras él cantaba el verso: “Caballo me dice”; nosotros respondíamos a coro: “No pueeeeeedooo…”

Con Antonio todo eso era normal y los niños lo disfrutábamos. Pero la cosa más extraña ocurrió un día de retorno a casa. Piculín y Antonio se encontraron en el camino; ambos dirigiéndose al mismo lugar y con ansias de vencer a su rival; las miradas lo decían todo. En una esquina, mientras se encontraban uno al lado del otro, decidieron poner a correr a sus caballos con toda la fuerza que la naturaleza les había dado. Estábamos observando una carrera de cocheros dentro de la misma acción, no lo podíamos creer. Los caballos parecían expulsar fuego por sus bocas, los jinetes se veían como seres endemoniados detrás de almas incautas.

No puedo negar mi asombro por el esfuerzo que Antonio ponía en aquel duelo de titanes. Exigía a Caballo, cual inspector suizo, que corriera sin fallas. De verdad me deslumbró. Y ya en la recta final de ese encuentro pude notar como mi cochero hizo, junto a su animal, un último esfuerzo para derrotar a su rival Piculín. Ganó por una nariz y en las cercanías de mi casa.

Esa es una de las imágenes imborrables de mi niñez. Aquel hombre victorioso, con la cara al sol, se parecía al divino Alejandro Magno montado en Bucéfalo, luego de derrotar a Darío III, el persa, en las batallas de Issos y Gaugamela. El orgullo no le cabía en el pecho.

Mis andanzas con Antonio hasta ahí llegaron, esa fue la gota que derramó el vaso. Mi abuela se enteró de todo y pasé de niño privilegiado, transportado en coche, a simple niño peatón.