Sin pasaporte no hay visa.
Yen era un tipo de piel negra, de manos
ásperas, más feo que pegarle a un padre, pero siempre andaba perfumado, y quien
no podía verlo lo imaginaba como a un dios griego. Josué era alto, tan espigado como las plantas de trigo, su cabello
crespo siempre estaba mojado, el keli
era su marca de fábrica. Y Ricardo
era un individuo rubio, con los ojos tan azules como el cielo de mediodía, con
una sonrisa de vaquero estilo western,
parecía un gringo cualquiera.
Los tres, en los no tan lejanos años ochenta del siglo XX, se dedicaron a
la ardua tarea de recorrer toda la geografía nacional. Su misión era ir poblado
por poblado a ofrecer visa estadounidense a todo el parroquiano que quisiera
cumplir el sueño americano. Sus víctimas… perdón… sus clientes, sólo tenían que
cumplir con el requisito del pasaporte y el módico pago de cien dólares o su
equivalente en pesos para los impuestos, y voila:
visa otorgada.
Cada uno tenía su rol, dependiendo de las habilidades que la naturaleza les
había proveído, no fuera a ser que en una de esas metieran la pata, porque el
diablo es puerco y mueve el rabito. Ricardo
interpretaba el personaje de cónsul norteamericano, su apariencia daba para
ello y la pronunciación de su inglés no era para nada despreciable, un digno
representante de los Estados Unidos de Norteamérica. Josué, no por ser el más joven ni el más tonto e ignorante, representaba
al personaje del militar; lo hacía porque el tamaño y la caradura que tenía
permitía que pasara como un miembro más de las Fuerzas Armadas; no tenía que
hablar, sólo debía observar con cuidado todo cuanto ocurría en torno al
“cónsul”, ya que los agentes diplomáticos y consulares son intocables. La
posición de Yen era la más delicada,
pues a éste le correspondía hacer de intérprete, gestor, intermediario y
“facilitador” entre el “cónsul” y las víctimas… perdón… los clientes; él, con
su dominio preciso del inglés, cual cirujano con bisturí, se comunicaba
locuazmente con el representante consular, impresionaba a la gente, la
convencía, al parecer su perfume embriagador hipnotizaba a todo el mundo, de
verdad que era un hombre con talento.
Para visitar todas las comunidades rurales donde engañaron… perdón…
ayudaron a muchas personas, se servían de un Lincoln Continental negro del año 1979. Era un vehículo majestuoso,
con techo corredizo y asientos de cuero, a cualquiera se le iban los ojos con
esa máquina que parecía traída del futuro. Recorrieron parajes, caminos vecinales
de fácil acceso, municipios y zonas cercanas a la frontera con nuestro país vecino.
Uno de los tantos lugares para realizar su estafa… perdón… su servicio, fue
La Otra Banda, un pequeño distrito municipal de la provincia La Altagracia,
ubicado al noreste del municipio cabecera Salvaleón de Higüey. Para aquel
entonces, la población de aquella comunidad no sobrepasaba los mil habitantes,
todos se conocían. Allí, como en casi todos los rincones del país, la gente
tenía ansias de ser dominicanyork,
pero no se sabe si por la cercanía a la isla del encanto o por la situación
económica, sus aspiraciones eran mucho más marcadas. La gente sudaba deseo,
angustia, desesperación por ser parte de la urbe gringa; machacaban el inglés
como ellos entendían, los wan tu trompin,
los pintinglis y los ayam jir no se guardaban entre los
dientes y la boca. De verdad creían ser maestros de aquella lengua. Pero todo
cambió el día en que aquel Apolo, vestido de cónsul llegó por allá junto a su
Hermes y su titán.
Fue en una tarde soleada de abril cuando al ritmo de la canción No te monte en esa yola del merenguero
Wilfrido Vargas, que sonaba en una bocina del ventorrillo más grande del
pueblo, que llegaron Yen, Josué y Ricardo. Todos se impresionaron al ver entrar ese portentoso
vehículo negro conducido por un militar grandísimo, usando un uniforme con más
rayas que la del Coronel Trauman en Rambo, que tenía a su derecha, en el
asiento del copiloto, a un señor oscuro con gafas negras parecidas a las de Ray Charles; y la emoción de la gente no
fue menor cuando, luego de estacionado el carro, vieron salir al hombre de pelo
dorado, escoltado por el mismo guardia que condujo el carro hasta allí, la
verdad es que parecía un sol, todo giraba en torno a él.
–Mr. consul, we have arrived to our destiny –dijo Yen con un inglés perfecto–, the people of this place need your help.
–It`s true, it`s true. You are very perceptive. –Respondió ávidamente Ricardo, mientras Josué hacía uso del silencio más solemne que podía existir, incluso
mayor que el de los guardias del Palacio de Buckingham de Londres.
Pero ninguna de esas palabras en inglés caló tanto como la palabra cónsul.
Desque que ese sustantivo flotó por el sonido lo demás sobraba. Las personas de
aquel tranquilo lugar sólo entendían de viaje. Su mayor anhelo era salir del
país. Ellos asumían el hecho de tener visa como una profesión más y como el
mayor de los sueños de un niño… Se escuchaban expresiones como estas: “¡Oh,
Yurubeisi tiene novio! ¿Y qué hace ese muchacho?”, y la respuesta era
contundente, “¡ese muchacho tiene visa americana!”… En efecto, los aparecidos
tenían conciencia de esa debilidad del pueblo y fueron a aprovecharla.
Una multitud rodeó a los tres visitantes. Le preguntaban al guardia porque
creían que este era más accesible, pero al verlo siempre callado se dieron
cuenta que la persona adecuada era Yen,
quien demostraba esa complicidad que sólo los hombres conectados pueden tener,
por lo que inmediatamente cambiaron de intermediario. Era cierto, a ojos visto
le traducía al cónsul todo lo que la gente quería comunicar y cada vez que él
le hablaba la sonrisa de aquel rubio se explayaba de oreja a oreja.
De inmediato surgieron las inquietudes de viaje, de visa, oportunidades
para poder viajar a los Estados Unidos. Muchos de los curiosos estaban
dispuestos hasta a jurar por la bandera de barras y estrellas, renegando de la
tricolor; ofrecían los mejores quesos y dulces que su región producía, a lo que
no se negaba Yen, que depués de recibir
un yes como respuesta por parte del
cónsul, le ordenaba al militar depositar en la cajuela del carro todo lo
recolectado.
Los habitantes de ese pequeño pueblo ya sentían que tenían un pie en “los
países”, y Yen, parecido más a un
tiburón que a un humano, olfateó la sangre y tras una breve charla con el
cónsul –en inglés, claro–, les dijo que había posibilidades de que pudieran ellos
recibir el visado. Tan sólo debían entregar sus pasaportes y la suma de los
cien dólares o su equivalente en peso, tal como fue planeado en un inicio. La
gente se volvió loca, parecía una escena de película en la que todos corren a
buscar algo. En cuestión de minutos reaparecieron con la documentación y el
dinero –sorprendentemente en dólares–, como si hubiesen estado preparados toda
su vida para una oportunidad como la que se les presentó.
Al ver aquel espectáculo, Yen,
Ricardo y Josué, no hicieron más que observarse con el rabillo del ojo y
pensaron al unísono: “ya guisamos”. Frente a los estafados… perdón… los
clientes, hubo manifestaciones solemnes de que el cónsul iba a agilizar todas
esas visas para dentro de una semana y que al término de la misma estaban
todos, ni uno más ni uno menos, recibiendo sus pasaportes con el sello de libertad.
Ya no quedaba mucho por hablar, el cónsul pronunció un discurso de esperanza y
unión entre los pueblos de Estados Unidos y República Dominicana, que iba traduciendo
su hombre de confianza ante la actitud siempre recta del militar que cuidaba la
integridad física del digno representante del Norte. La gente los despidió con
un estruendoso aplauso; bailaban, cantaban, oraban al cielo las plegarias más
hermosas, ni siquiera los cánticos del David bíblico los superaban. Y en lo que
eso ocurría, el Lincoln Continental del
1979 iba a toda máquina con aquellos tres, que con mucho queso y dulce para
comer, eran diez mil dólares más ricos.
A Yen y a los demás se les daba
mejor la estrategia que la administración, no tardaron ni una semana en gastar
toda esa plata, lo que los obligó a realizar la hazaña en otra pequeña
comunidad, que al igual que La Otra Banda, después de varias décadas, aún sigue
esperando la aparición de los dichosos pasaportes, pero esa ya es otra historia.