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lunes, 27 de abril de 2015

Sin pasaporte no hay visa.

Yen era un tipo de piel negra, de manos ásperas, más feo que pegarle a un padre, pero siempre andaba perfumado, y quien no podía verlo lo imaginaba como a un dios griego. Josué era alto, tan espigado como las plantas de trigo, su cabello crespo siempre estaba mojado, el keli era su marca de fábrica. Y Ricardo era un individuo rubio, con los ojos tan azules como el cielo de mediodía, con una sonrisa de vaquero estilo western, parecía un gringo cualquiera.

Los tres, en los no tan lejanos años ochenta del siglo XX, se dedicaron a la ardua tarea de recorrer toda la geografía nacional. Su misión era ir poblado por poblado a ofrecer visa estadounidense a todo el parroquiano que quisiera cumplir el sueño americano. Sus víctimas… perdón… sus clientes, sólo tenían que cumplir con el requisito del pasaporte y el módico pago de cien dólares o su equivalente en pesos para los impuestos, y voila: visa otorgada.

Cada uno tenía su rol, dependiendo de las habilidades que la naturaleza les había proveído, no fuera a ser que en una de esas metieran la pata, porque el diablo es puerco y mueve el rabito. Ricardo interpretaba el personaje de cónsul norteamericano, su apariencia daba para ello y la pronunciación de su inglés no era para nada despreciable, un digno representante de los Estados Unidos de Norteamérica. Josué, no por ser el más joven ni el más tonto e ignorante, representaba al personaje del militar; lo hacía porque el tamaño y la caradura que tenía permitía que pasara como un miembro más de las Fuerzas Armadas; no tenía que hablar, sólo debía observar con cuidado todo cuanto ocurría en torno al “cónsul”, ya que los agentes diplomáticos y consulares son intocables. La posición de Yen era la más delicada, pues a éste le correspondía hacer de intérprete, gestor, intermediario y “facilitador” entre el “cónsul” y las víctimas… perdón… los clientes; él, con su dominio preciso del inglés, cual cirujano con bisturí, se comunicaba locuazmente con el representante consular, impresionaba a la gente, la convencía, al parecer su perfume embriagador hipnotizaba a todo el mundo, de verdad que era un hombre con talento.

Para visitar todas las comunidades rurales donde engañaron… perdón… ayudaron a muchas personas, se servían de un Lincoln Continental negro del año 1979. Era un vehículo majestuoso, con techo corredizo y asientos de cuero, a cualquiera se le iban los ojos con esa máquina que parecía traída del futuro. Recorrieron parajes, caminos vecinales de fácil acceso, municipios y zonas cercanas a la frontera con nuestro país vecino.

Uno de los tantos lugares para realizar su estafa… perdón… su servicio, fue La Otra Banda, un pequeño distrito municipal de la provincia La Altagracia, ubicado al noreste del municipio cabecera Salvaleón de Higüey. Para aquel entonces, la población de aquella comunidad no sobrepasaba los mil habitantes, todos se conocían. Allí, como en casi todos los rincones del país, la gente tenía ansias de ser dominicanyork, pero no se sabe si por la cercanía a la isla del encanto o por la situación económica, sus aspiraciones eran mucho más marcadas. La gente sudaba deseo, angustia, desesperación por ser parte de la urbe gringa; machacaban el inglés como ellos entendían, los wan tu trompin, los pintinglis y los ayam jir no se guardaban entre los dientes y la boca. De verdad creían ser maestros de aquella lengua. Pero todo cambió el día en que aquel Apolo, vestido de cónsul llegó por allá junto a su Hermes y su titán.

Fue en una tarde soleada de abril cuando al ritmo de la canción No te monte en esa yola del merenguero Wilfrido Vargas, que sonaba en una bocina del ventorrillo más grande del pueblo, que llegaron Yen, Josué y Ricardo. Todos se impresionaron al ver entrar ese portentoso vehículo negro conducido por un militar grandísimo, usando un uniforme con más rayas que la del Coronel Trauman en Rambo, que tenía a su derecha, en el asiento del copiloto, a un señor oscuro con gafas negras parecidas a las de Ray Charles; y la emoción de la gente no fue menor cuando, luego de estacionado el carro, vieron salir al hombre de pelo dorado, escoltado por el mismo guardia que condujo el carro hasta allí, la verdad es que parecía un sol, todo giraba en torno a él.

Mr. consul, we have arrived to our destiny –dijo Yen con un inglés perfecto–, the people of this place need your help.

It`s true, it`s true. You are very perceptive. –Respondió ávidamente Ricardo, mientras Josué hacía uso del silencio más solemne que podía existir, incluso mayor que el de los guardias del Palacio de Buckingham de Londres.

Pero ninguna de esas palabras en inglés caló tanto como la palabra cónsul. Desque que ese sustantivo flotó por el sonido lo demás sobraba. Las personas de aquel tranquilo lugar sólo entendían de viaje. Su mayor anhelo era salir del país. Ellos asumían el hecho de tener visa como una profesión más y como el mayor de los sueños de un niño… Se escuchaban expresiones como estas: “¡Oh, Yurubeisi tiene novio! ¿Y qué hace ese muchacho?”, y la respuesta era contundente, “¡ese muchacho tiene visa americana!”… En efecto, los aparecidos tenían conciencia de esa debilidad del pueblo y fueron a aprovecharla.

Una multitud rodeó a los tres visitantes. Le preguntaban al guardia porque creían que este era más accesible, pero al verlo siempre callado se dieron cuenta que la persona adecuada era Yen, quien demostraba esa complicidad que sólo los hombres conectados pueden tener, por lo que inmediatamente cambiaron de intermediario. Era cierto, a ojos visto le traducía al cónsul todo lo que la gente quería comunicar y cada vez que él le hablaba la sonrisa de aquel rubio se explayaba de oreja a oreja.

De inmediato surgieron las inquietudes de viaje, de visa, oportunidades para poder viajar a los Estados Unidos. Muchos de los curiosos estaban dispuestos hasta a jurar por la bandera de barras y estrellas, renegando de la tricolor; ofrecían los mejores quesos y dulces que su región producía, a lo que no se negaba Yen, que depués de recibir un yes como respuesta por parte del cónsul, le ordenaba al militar depositar en la cajuela del carro todo lo recolectado.

Los habitantes de ese pequeño pueblo ya sentían que tenían un pie en “los países”, y Yen, parecido más a un tiburón que a un humano, olfateó la sangre y tras una breve charla con el cónsul –en inglés, claro–, les dijo que había posibilidades de que pudieran ellos recibir el visado. Tan sólo debían entregar sus pasaportes y la suma de los cien dólares o su equivalente en peso, tal como fue planeado en un inicio. La gente se volvió loca, parecía una escena de película en la que todos corren a buscar algo. En cuestión de minutos reaparecieron con la documentación y el dinero –sorprendentemente en dólares–, como si hubiesen estado preparados toda su vida para una oportunidad como la que se les presentó.

Al ver aquel espectáculo, Yen, Ricardo y Josué, no hicieron más que observarse con el rabillo del ojo y pensaron al unísono: “ya guisamos”. Frente a los estafados… perdón… los clientes, hubo manifestaciones solemnes de que el cónsul iba a agilizar todas esas visas para dentro de una semana y que al término de la misma estaban todos, ni uno más ni uno menos, recibiendo sus pasaportes con el sello de libertad. Ya no quedaba mucho por hablar, el cónsul pronunció un discurso de esperanza y unión entre los pueblos de Estados Unidos y República Dominicana, que iba traduciendo su hombre de confianza ante la actitud siempre recta del militar que cuidaba la integridad física del digno representante del Norte. La gente los despidió con un estruendoso aplauso; bailaban, cantaban, oraban al cielo las plegarias más hermosas, ni siquiera los cánticos del David bíblico los superaban. Y en lo que eso ocurría, el Lincoln Continental del 1979 iba a toda máquina con aquellos tres, que con mucho queso y dulce para comer, eran diez mil dólares más ricos.

A Yen y a los demás se les daba mejor la estrategia que la administración, no tardaron ni una semana en gastar toda esa plata, lo que los obligó a realizar la hazaña en otra pequeña comunidad, que al igual que La Otra Banda, después de varias décadas, aún sigue esperando la aparición de los dichosos pasaportes, pero esa ya es otra historia.

miércoles, 22 de abril de 2015

Un cummings cualquiera.


“…porque la vida no es un párrafo

Y la muerte no es un paréntesis”

e. e. cummings

Recuerdo vagamente un escritor estadounidense, nacido en las postrimerías del siglo XIX de nuestra era. En la literatura todo se le daba bien, sobre todo en la poesía. Hablo de e. e. cummings (Edward Estlin Cummings); y aunque pareciera que he escrito mal las siglas de su nombre y apellido, no es así, porque resulta que esto se deriva de la forma tan peculiar en la que él escribía.

Poseía una sintaxis única en sus escritos. Cualquier signo de puntuación podía significar cualquier cambio en el texto. Una coma podía ser fácilmente un punto, o ella misma podía atravesarse en una sola palabra. En el año 1926 escribió en un poema, recogido en la antología El uno y el innumerable quien, unos versos que reflejan –y no creo que por simple casualidad– su espíritu indómito:

ya que sentir está primero
quien alguna atención preste
a la sintaxis de las cosas
no te besará nunca por completo

De manera desparpajada, escribía como sentía, como pensaba, como le daba la gana. Creaba y creía en lo que creaba. Muchos hicieron algo parecido: Gabriel García Márquez, tan grande como fue, sigue siendo y –espero– será siempre, lo hizo en su novela El otoño del patriarca, cuando en descomunales párrafos y escasos puntos, relataba la historia del paradigma del dictador latinoamericano; me parece que Marcel Proust lo hizo antes que cummings, cuando se negaba al uso de los puntos y se sentía seducido por la coma, pero nunca como éste, que interrumpía una palabra con cualquier signo, inventaba sustantivos… alteraba hasta el tiempo.

Y cuál será el motivo de estas cortas líneas que inician con un homenaje a e. e. cummings. Quizás sea una tontería, pero tengo un amigo que se destaca por ser muy lacónico, siempre va al punto en las cosas que debe decir o hacer. Es peculiar y sencillamente me llevó al poeta.

Si viaja no lleva cámaras fotográficas. Dice que en un pestañeo capta para siempre las imágenes en su memoria. En una ocasión fue a Tailandia, y en Bangkok, su capital, visitó el fabuloso Wat Arun, un templo ubicado a orillas del río Chao Praya; disfrutó de la comida rica y condimentada del mercado público, sobre todo del som tam, con su combinación entre el dulce de la lechosa, el salado de la salsa de pescado y el picante del chile con ajo y tomate; soñó despierto con la belleza de sus mujeres, mientras paseaba por los canales de esa “Venecia del Oriente”. Pero lo más notable de esa travesía es que no hizo una sola foto.

Él toma alcohol, pero nunca más de lo debido, no vaya a ser que una borrachera le robe las ideas. Cuando ríe, controla que esa risa no le haga bombear más sangre que la que su frugal corazón permite. Cuando hace algún acto de humor, procura que no sea ligero, ni mucho menos negro… lo prefiere gris. Cuando escribe hasta las mayúsculas se ahorra, eso es cuestión de tiempo.

Sabe que la vida es un acto de rebeldía, que en un suspiro se va, y todo se lleva cuando acaba. La disfruta a su manera, con estilo propio, igual que e. e. cummings, su arte y sus signos.


jueves, 16 de abril de 2015

¿Es natural romper con el flujo natural de las cosas?

¿Acaso es natural para el ser humano quedarse estático, apático y poco curioso a las maravillas que ofrece ese caos ordenado llamado universo?