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martes, 24 de junio de 2014

La canquiña no mata el hambre (3.75).

Muchos veranos de mi niñez los pasé en casa de una mis tantas tías, la hermana menor de mi papá. Allá en el sector Mata Hambre del Distrito Nacional, cuando el verano más atacaba, atacábamos mis primos y yo. Recuerdo que el mayor de ellos, con el que más confraternizaba junto a mi hermano, tenía una banda enorme de amigos, unos inteligentes, otros hábiles físicamente y algunos un poco tontos.

Hubo un verano en el que nos pasábamos los días practicando todo tipo de cosas para matar el tiempo, pues no éramos niños ricos para ir de campamento, pero sí lo suficientemente creativos para divertirnos más que cualquiera.

Teníamos peceras con betas, esos pececitos que peleaban mostrando sus colores como arco iris, y nos dedicábamos a enfrentarlos con todo el que pasara por nuestras calles. Muchas veces ganamos, pero muchas otras nos zarandearon a los pobres animalitos, que luego de esos enfrentamientos se volvían “monas”, es decir, incapaces de pelear. Los más veteranos siempre decían que nunca, pero nunca, debíamos poner los peces en latas de salsa de tomate porque eso también los volvía “monas”; era cierto, pero tenía una explicación que vine a conocer después: los químicos preservativos adheridos al metal del frasco envenenaban a los animales, sólo eso.

Pasada la fiebre de los betas, iniciábamos la temporada de vitilla. Creo que pocos ignoran lo que es, pero son las tapas de los botellones de agua potable, que luego de cumplir con la tarea de proteger el sagrado líquido, hacían en las manos de los niños y jóvenes las veces de pelotas de béisbol, claro, con la variante de que hacían una curva especial al momento de ser lanzadas, lo que dificultaba el poder batearlas, no con un bate, sino con un palo de escoba reducido en sus dimensiones para poder manipularlo cómodamente. Pero bien, en esa temporada llevábamos los números de los jonrones, juegos ganados, hits, mejores “fieldeadores”, etc. En ese juego, como en muchos otros, nuestra piel terminaba tostándose bajo el sol de verano, pero poco importaba, era parte de crecer y divertirnos.

También nuestros días fueron colmados de baloncesto, quizás el deporte que más me entretenía y lo sigue haciendo hasta mis días de adulto. La cancha fue nuestro hábitat natural desde el momento en el que salía el sol. Tuvimos grandes juegos; grandes peleas por jugadas un poco sucias y por una que otra palabra descompuesta… ¡Ay de quien osara mencionarle la madre a otro!... En esos días en los que sólo llegabamos a nuestros hogares a comer y a bañarnos, recibíamos en nuestra cancha, la Jiménez Moya, rivales de los barrios cercanos y debo decir que eran mejores, siempre nos ganaban: la calle da experiencias salvajes que en la civilidad del hogar no aprendemos.

Un día, mientras el astro rey casi se despedía, llegó una persona diferente. Era un joven adulto, moreno cenizo, con los dientes picados por las caries y con una característica que nos deslumbró a todos, tenía el don de la palabra y argumentaba mejor que cualquier abogado. El nombre de ese individuo era Canquiña, o al menos eso nos hizo pensar.

Canquiña llegó a nosotros con una idea revolucionaria. Nos ofreció crear una liga de pelota. Nos entrenaría y enseñaría los fundamentos básicos del béisbol profesional. Dijo que disponía del equipo y material suficiente para lograr esa meta. Prometió llevar bates, guantes, pelotas, cascos, máscaras y pecheras para receptores, copas protectoras de las partes pudendas y muchas cosas más. A cambio, todos nosotros, alrededor de quince chicos, teníamos que llevar la suma de veinticinco centavos cada uno, lo que no era nada despreciable para aquel entonces. En nuestras casas rogamos por ese dinero, dimos los mejores discursos sobre nuestro futuro deportivo y, al final, con llantos de por medio, logramos obtener el pase al conocimiento beisbolístico.

Al día siguiente llegamos puntuales a la cancha. Todos estábamos ansiosos por la entrada de nuestro maestro-entrenador; y con media hora de atraso llegó el hombre. Tenía en sus manos dos sacos de hilo, muy parecidos a los que usan en los mercados para poner mercancías. Nos emocionamos ante esa imagen, pensamos que equipo no nos iba a faltar. Canquiña, al vernos tan felices reparó en decir que su palabra era palabra de Dios, pero que antes de iniciar debíamos pagarle el dinero prometido. No dudamos, entregamos nuestra inversión y él, sin pensarlo dos veces, vació los sacos: varios palos que parecían más garrotes que bates de béisbol; pelotas hechas de hilo y medias; cascos y guantes hechos de cajas de cartón y nada más. Nuestros rostros pasaron de lo sublime a lo ridículo, empezamos a dudar, pero la esperanza aún no moría; al menos nos daría el néctar del conocimiento táctico del juego.

Nuestro maestro-entrenador inició con sus enseñanzas. Empezó a hacer los gestos y señales que supuestamente él, en sus años de experiencia, había aprendido de los equipos de ligas mayores. Hizo una sarta de señales que ni siquiera entendíamos y cada vez que le pedíamos las repitiera, terminaba haciendo señales diferentes a las primeras, pero según él, mantenían el mismo significado. Era todo un maestro… pero de la invención.

Nos empezó a colocar de manera arbitraria en posiciones imaginarias. Desconocía las ubicaciones de los jugadores a nivel defensivo u ofensivo; no tenía idea de cómo sujetar un bate; lejos de su conocimiento estaba el saber cómo se anotaba una carrera; todo lo ignoraba. Nuestra decepción fue tan grande que nos desesperamos y le dijimos que sabíamos más que él, sin embargo, nos dijo que lo nuestro era pelota de calle y la técnica nunca la entenderíamos, por lo que, indignado, decidió recoger su equipo y marcharse con nuestro dinero sin pasar ni siquiera treinta minutos de “entrenamiento”.

Jamás volvimos a ver a Canquiña por el área de Mata Hambre y en ese verano las aguas volvieron a su cauce natural, pero con un sabor a realidad en nuestras papilas y veinticinco centavos menos en el bolsillo. Pero como los niños perdonan y a veces olvidan, volvimos a jugar pelota, pero nuestra pelota de calle, la que de verdad nos hacía felices.

No fue hasta muchos años después que nos enteramos que Canquiña, para lograr su hazaña, duró haciendo un trabajo de inteligencia sobre el grupo de Mata Hambre por el período de un mes. Desde la mañana hasta la noche estudió nuestra conducta grupal y para eso se encaramaba en una mata que permitía ver todos los ángulos de nuestra zona. Ahí aprendió nuestros gustos y disgustos, nombres, afinidades y enemistades. Él, como cualquier genio de investigaciones, lo sabía todo y necesitaba algo.

lunes, 9 de junio de 2014

De camino al colegio.


“Echáronse a reír, y, convenidos en la cantidad, marchó [Alejandro] al punto donde estaba el caballo, tomóle por las riendas y, volviéndole, le puso frente al sol, pensando, según parece, que el caballo, por ver su sombra, que caía y se movía junto a sí, era por lo que se inquietaba”.
Plutarco,
Vidas Paralelas, Tomo V.

Cuando vivía en La Vega estudiaba en un colegio de monjas, el Cardenal Sancha, un poco alejado de mi casa, que estaba en el barrio Villa Rosa. Junto a mis hermanos solía ir caminando hacia aquel lugar que tanto me gustaba. Pero no siempre fue así, pasé a la vida de peatón luego de grandes aventuras.

Al inicio de nuestras incursiones al colegio, cuando cursaba el primero de primaria, solíamos ir en distintos medios de transporte. Pasolas, bicicletas y coches tirados por caballos. Iguales todos, pero diferentes.

Con la pasola era sencillo. Recuerdo que nos llevaba y traía, en una Chapi, un primo de mi abuelo paterno; el nombre del familiar del padre de mi padre nunca lo supe porque siempre lo llamaron por su apodo Atájala, que al resultarme tan cómico preferí usarlo siempre y así reprimí mi curiosidad sobre el santo nombre dado a su persona. Él era un hombre de baja estatura, blanco, de ojos verdes y con un pelo hecho cenizas, debido a su edad madura; siempre sonreía y nunca le faltó un cuento gracioso para hacernos reír.

En su Chapi nos desplazábamos a velocidades fascinantes, rompíamos el viento y nuestro cabello se alborotaba exultante cada vez que Atájala tocaba al fondo con el acelerador. Con él siempre llegamos a tiempo a las clases y al almuerzo en casa. Era casi tan puntual como la muerte.

Problemas hubo después, cuando al colegio nos llevaba un primo. Para esa tarea usaba una bicicleta aro 26. La primera dificultad era abordar los pequeños pasajeros: uno en la barra, otro en el timón y el último en los conos traseros. La segunda era que llegáramos sin caer al suelo y no nos raspáramos el cuerpo cada vez que un hoyo se nos atravesaba. Y la tercera, que llegáramos a tiempo, antes de que sonara la campana de inicio de clases. Debo aclarar que nunca llegamos sanos y salvos y mucho menos temprano, por lo que mi abuela descontinuó ese medio de transporte y tomó la decisión más inteligente: contrató un cochero.

En aquella época, entre la gente de mi barrio, había dos opciones de coches tirados por caballos. Uno de ellos era Piculín, hombre de piel negra, de facciones fuertes, con bigote bien tupido, muy feo, pero responsable; su coche era rojo y un solo caballo tiraba de él. Muchos niños eran transportados por Piculín, casi no daba abasto. El otro cochero era Antonio, un hombre mayor, “indio claro”, de nariz bulbosa con tono escarlata y ojos bondadosos; él, aún cobrando menos que su rival, contando con un coche pintado de un amarillito girasol, tenía menos clientela, lo que resultaba extraño a ojos de muchos.

Mi abuela, entre esas dos opciones, por asuntos de economía, eligió a Antonio, ignorando lo que ocultaban su mirada y nariz. Al inicio, en la primera semana, su servicio era impecable, siempre puntual, sobrio y respetuoso; incluso, superaba con creces a su antagonista Piculín. La felicidad no pasó de ahí. La segunda semana salió el verdadero rostro de Antonio, su nariz se veía más roja de lo habitual, un tufo nauseabundo de alcohol dominaba su entorno, creo que hasta su caballo, llamado Caballo, era esclavo del ron, porque muchas fueron las veces que vi al pobre animal trastabillarse con el suelo.

Antonio vociferaba a los cuatro vientos lo que pensaba, le importaban un bledo los sermones de mi abuela; decía palabras obscenas a las maestras que salían caminando de mi colegio; cantaba boleros improvisados a su bestia Caballo. A los niños que transportaba nos ponía a hacer los coros de sus canciones. Y mientras él cantaba el verso: “Caballo me dice”; nosotros respondíamos a coro: “No pueeeeeedooo…”

Con Antonio todo eso era normal y los niños lo disfrutábamos. Pero la cosa más extraña ocurrió un día de retorno a casa. Piculín y Antonio se encontraron en el camino; ambos dirigiéndose al mismo lugar y con ansias de vencer a su rival; las miradas lo decían todo. En una esquina, mientras se encontraban uno al lado del otro, decidieron poner a correr a sus caballos con toda la fuerza que la naturaleza les había dado. Estábamos observando una carrera de cocheros dentro de la misma acción, no lo podíamos creer. Los caballos parecían expulsar fuego por sus bocas, los jinetes se veían como seres endemoniados detrás de almas incautas.

No puedo negar mi asombro por el esfuerzo que Antonio ponía en aquel duelo de titanes. Exigía a Caballo, cual inspector suizo, que corriera sin fallas. De verdad me deslumbró. Y ya en la recta final de ese encuentro pude notar como mi cochero hizo, junto a su animal, un último esfuerzo para derrotar a su rival Piculín. Ganó por una nariz y en las cercanías de mi casa.

Esa es una de las imágenes imborrables de mi niñez. Aquel hombre victorioso, con la cara al sol, se parecía al divino Alejandro Magno montado en Bucéfalo, luego de derrotar a Darío III, el persa, en las batallas de Issos y Gaugamela. El orgullo no le cabía en el pecho.

Mis andanzas con Antonio hasta ahí llegaron, esa fue la gota que derramó el vaso. Mi abuela se enteró de todo y pasé de niño privilegiado, transportado en coche, a simple niño peatón.